Hay en el trabajo manual y en general en el trabajo práctico, que es el trabajo propiamente dicho, un elemento irreductible de servidumbre que ni la más perfecta equidad social podría borrar. Se trata del hecho de que este trabajo está gobernado por la necesidad, no por la finalidad. Se lleva a cabo por causa de una necesidad y no para obtener un bien; “porque hay que ganarse la vida”, como dicen quienes pasan su existencia dentro de él. En él se aporta un esfuerzo después del cual, a todas luces, no tendremos más que lo que ahora tenemos. Sin ese esfuerzo, perderíamos lo que tenemos.
Pero en la naturaleza humana no existe otra fuente de energía para el esfuerzo más que el deseo. Y al hombre no le es dado desear lo que ya tiene. El deseo es una orientación, el comienzo del movimiento hacia algo. El movimiento es hacia un punto donde no estamos. Si el movimiento, apenas iniciado, vuelve sobre su punto de partida, daremos vueltas como una ardilla en una jaula, como un condenado en una celda. Y dar vueltas y vueltas produce rápidamente el hastío.
El hastío, el cansancio, el asco es la gran tentación de aquellos que trabajan, sobre todo si están en condiciones inhumanas, e incluso cuando no es así. A veces esta tentación se ceba más en los mejores.
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La unidad de tiempo en esa situación es la jornada. En ese espacio se dan vueltas en círculo. En él se oscila entre el trabajo y el descanso como una pelota que botara de un muro al de enfrente. Se trabaja solamente porque se tiene necesidad de comer. Pero se come para poder continuar trabajando. Y nuevamente se trabaja para comer.
Todo es intermediario en esa existencia, todo es medio, la finalidad no se fija en ninguna parte. El objeto fabricado es un medio; será vendido. ¿Quién puede poner en él su bien?. La materia, el útil de trabajo, el cuerpo del trabajador, su misma alma, son medios para la fabricación. La necesidad está en todas partes , el bien en ninguna.
No hay que buscar más causas a la desmoralización del pueblo. La causa está ahí; es permanente; es esencial a la condición del trabajo. Hay que buscar las causas que, en períodos anteriores, impidieron que la desmoralización se produjera.
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Una gran inercia moral, una gran fuerza física que haga el esfuerzo casi insensible permiten soportar ese vacío. Si no es así, son necesarias compensaciones. Una compensación es la ambición de una condición social distinta para sí mismo o para los hijos. Otra son los placeres fáciles y violentos, compensación de la misma naturaleza; es el sueño en lugar de la ambición. El domingo es el día en que se quiere olvidar que existe la necesidad de trabajar. Para ello hay que gastar. Hay que vestirse como si no se trabajara. Hay que obtener satisfacciones de la vanidad e ilusiones de potencia que la licencia proporciona con gran facilidad. El exceso tiene exactamente la función de un estupefaciente, y el uso de estupefacientes es una tentación constante para aquellos que sufren. Finalmente, la revolución es también una compensación de esta misma naturaleza; es la ambición transportada al colectivo, la loca ambición de una ascensión de todos los trabajadores más allá de la condición de trabajadores.