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Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley

 Este monstruo fue concebido en una casa de campo en el año 1816, cuando Mary Shelley y su marido se encontraban con Lord Byron y su amante Claire Clairmont, compitiendo para ver quien podía escribir la mejor historia de terror. Mary Shelley, antes de ir a dormir, escuchó cómo discutían su marido y Byron los últimos experimentos de Erasmus Darwin, que había dado vida a un trozo de espaguetti con la ayuda de una descarga eléctrica. Aquella noche Shelley soñó la parte central de su novela, transmutando al Dr. Darwin en un “pálido y desencajado estudioso de las artes desconocidas, que se arrodillaba al lado del monstruo que había ensamblado.”
La pesadilla de aquella mujer inglesa fue el desencadenante para la creación de esta novela,que ha devenido en una de las novelas de terror más importantes de la historia de la literatura.

En la cabecera podéis observar la ilustración del frontispicio que acompañó a la edición de 1831.

Annabel Lee

 Continuando con nuestro pequeño homenaje a Poe, os transcribo el poema “Annabel Lee”, que sigue un tópico obsesivo para el autor, como es el de la muerte de la amada, una mujer hermosa y joven. Algunas teorías aseguran que Annabel Lee se basa en la esposa de Poe, Virginia, que había muerto dos años antes de la escritura del poema y que, como sabéis, murió tras enfermar de tuberculosis siendo aún muy joven.

Debajo del poema tenéis un video del tema de Radio Futura que recrea este poema.

Annabel Lee 

Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella
cuyo nombre era Annabel Lee;
y vivía esta doncella sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.

Yo era un niño, una niña ella,
en ese reino junto al mar,
pero nos queríamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que los serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.

Tal fue esa la razón de que hace muchos años,
en ese reino junto al mar,
soplara de pronto un viento, helando
a mi hermosa Annabel Lee.
Sus deudos de alto linaje vinieron
y se la llevaron apartándola de mí,
para encerrarla en una tumba
en ese reino junto al mar.

Los ángeles, que no eran ni con mucho tan felices en el Cielo,
nos venían envidiando a ella y a mí…
Sí: tal fue la razón (como todos saben
en ese reino junto al mar)
de que soplara un viento nocturno
congelando y matando a mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el amor de nuestros mayores,
de muchos que eran más sabios que nosotros,
y ni los ángeles arriba en el Cielo,
ni los demonios abajo en lo hondo del mar,
pudieron jamás separar mi alma
del alma de la hermosa Annabel Lee.

Pues la luna jamás brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
ni las estrellas se levantan sin que yo sienta los ojos luminosos
de la bella Annabel Lee.
Así, durante toda la marea de la noche, yazgo al lado
de mi adorada -mi querida- mi vida y mi prometida,
en su tumba junto al mar,
en su tumba que se eleva a las orillas del mar.


La noche oscura

Os dejo aquí la recreación mística del Cantar de los Cantares bíblico que hizo el poeta renacentista san Juan de la Cruz. La interpretación del poema, como del texto bíblico, puede tener una doble interpretación: en este caso, san Juan nos habla del encuentro de dos amantes y, al mismo tiempo, reproduce el ansiado encuentro del alma del poeta con Dios. Fijaos en lo hermoso de la ambigüedad:

La noche oscura

En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada,

(¡oh dichosa ventura!)

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,

por la secreta escala disfrazada,

(¡oh dichosa ventura!)

a oscuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz ni guía

sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guïaba

más cierta que la luz del mediodía,

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que me guiaste!,

¡oh noche amable más que el alborada!,

¡oh noche que juntaste

amado con amada,

amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,

que entero para él solo se guardaba,

allí quedó dormido,

y yo le regalaba,

y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,

cuando yo sus cabellos esparcía,

con su mano serena

en mi cuello hería,

y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.