Aquellos simpáticos extraterrestres

Un camino lóbrego y siniestro se abría paso entre los fornidos árboles ahogados por la hiedra. La espesura de la niebla no dejaba ver más allá de unos cuantos metros de distancia y el inquietante silencio de la noche solo se veía interrumpido por el tímido ulular de los búhos. Estábamos explorando los montes Apeninos. Yo, Raffaello di Corleone, me había separado demasiado de la expedición y me hallaba completamente perdido e incomunicado, inmerso en un tétrico mar de nostalgia.

De repente, un enorme halo de luz verde sobrevoló mi cabeza y se perdió entre los árboles. El ensordecedor sonido que había traído consigo parecía un microondas cien veces amplificado y el vendaval que había desatado estuvo a punto de derribarme. Jamás había visto nada igual.

Mis compañeros andarían buscándome. Sabía que no debía aventurarme hacía lugares misteriosos, pero la curiosidad resultó ser más fuerte que la razón y me abrí paso entre los cedros en busca de respuestas. Lo que vieron mis ojos me dejó atónito y mi corazón se aceleró como nunca antes había experimentado.

Suspendido sobre las copas de los árboles flotaba un enorme platillo. Giraba sobre sí mismo y emitía unas resplandecientes luces que convertían la noche en día. El temor me invadió por completo, me paralizó, me provocó un irritante cosquilleo que me recorrió todo el cuerpo.

Jamás me había planteado la existencia de ovnis o extraterrestres, es más siempre había pensado que eran estupideces inventadas por cuatro frikis de Star Trek. Sin embargo, aquél objeto volador estaba ante mis propios ojos. La experiencia era real.

De repente, mis pies empezaron a distanciarse del suelo. Me encontraba completamente paralizado, no podía mover ni las piernas ni los brazos. No obstante, mi mente seguía en perfecto estado y un pensamiento revoloteaba por ella: ¡Esta cosa me está abduciendo!

Me encontraba en el interior de la nave y los raquíticos cuerpos de los extraterrestres me miraban con inexpresividad. Me sorprendió bastante que supieran hablar italiano y gracias a ello entablaron conversación conmigo. Me contaron que estaban de paso y solo querían filosofar un rato, tomar unas copas, intercambiar puntos de vista sobre el universo… En definitiva, aunque eran asquerosamente amorfos eran buena “gente”.

Siempre nos muestran a los extraterrestres como seres hostiles que quieren invadir la Tierra y esclavizar a la humanidad. Después de aquella noche descubrí el encanto y la amabilidad de aquellas amistosas formas de vida. Por otra parte, descubrí la ignorancia y la discriminación que ejerce la humanidad sobre todo aquello que no conoce.

Entre lágrimas, me despedí de los extraterrestres. Volvía a estar en el bosque y mis compañeros me habían encontrado. Estaban preocupados y yo les conté mi fabuloso relato.

Al día siguiente, me encontraba en un lugar muy blanco y limpió. Había gente extraña que gritaba y cantaba canciones mientras se arrastraba por el suelo. Estaba en un manicomio y seguiré en él hasta el fin de mis días.

 

                             Pseudònim: Ratón Callejero


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