Todo empezó, el primer día de colegio, tres cursos atrás. En el mismo momento en que mis compañeros y yo entramos en clase, supimos que algo había cambiado, aunque no esperábamos que seria tanto. Ya éramos adultos. Habíamos dejado atrás la primaria y estábamos apunto de empezar una nueva etapa, la secundaria. Al entrar en clase, nos sentamos por orden de lista y nos encontramos a un profesor serio y callado; sentado en su silla. Primero se presentó y luego pasó lista. Estábamos todos, no faltaba nadie. Don Ramón, que así se llamaba, nos explicó que en la ESO, se tenían responsabilidades, que esto ya no era primaria y que los profesores no irían detrás de nosotros para decirnos los deberes y preguntar como estamos. Todos nosotros nos quedamos en silencio, prestando atención. Fue un cambio brutal en nuestro día a día, ya que los horarios, los profesores, el nivel, y la organización habían cambiado. Ahora se exigía más. Cada tarde nos enviaban un montón de deberes. Y trabajos que antes nunca hubiéramos imaginado hacer. Que por tanto repercutían en nuestra forma de vida.
Las primeras semanas fueron agotadoras, pero con el tiempo fueron mejorando, hasta que ya nos acostumbramos y nos comportábamos como si toda la vida lo hubiéramos estado haciendo.
Hay veces que me pongo nostálgico, y que me gustaría volver a jugar en las cabañas del patio, y sentarme en los pupitres donde en otro tiempo me senté yo.
Nici