Espanya, cada cop més assetjada per la desertificació

La desertificació assetja Espanya. El país cada vegada és més àrid i sec, cosa que impulsa l’avenç de la degradació del territori, segons el recentíssim diagnòstic científic de l’esborrany d’Estratègia nacional de lluita contra la desertificació.

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Este fenómeno supone una combinación de agresiones y abusos sobre el territorio que dejan a la tierra exhausta, incapaz de mantener la biodiversidad y la productividad. La degeneración que causan la aridez, la sequía, la presión sobre la vegetación y el agua o la urbanización “afecta enormemente” a España, según admite el Ministerio de Transición Ecológica. El 75% del suelo es vulnerable y va en aumento. 

La crisis climática engorda la España árida

Desde 1990 se ha constatado un incremento de la aridez en España, es decir, de la falta de agua en el suelo y humedad en el aire. Los aumentos se han extendido por buena parte del centro y este de la península ibérica, lo que abarca la Comunidad de Madrid, Castilla-La Mancha y el centro de Comunidad Valenciana, recoge el borrador gubernamental.

Incrementos de aridez en la Comunidad de Madrid, Castilla-La Mancha y el centro de Comunidad Valenciana, Orense, Navarra, centro y oeste de Aragón, los Pirineos orientales, la Región de Murcia, la provincia de Alicante y sur de la provincia de Almería

Borrador de la Estrategia nacional contra la desertificación

También ha avanzado por Extremadura y zonas montañosas de Andalucía. Además, “de forma más dispersa o con menor intensidad” se ha detectado incremento en Orense, Navarra, centro y oeste de Aragón, los Pirineos orientales, la Región de Murcia, la provincia de Alicante y sur de la provincia de Almería. La España árida ha engordado.

Estrechamente ligada a la aridez, está la falta de lluvias. Los periodos de sequía meteorológica “se han ido acentuando a lo largo de los años tanto en frecuencia como en intensidad, advirtiendo sobre las posibles consecuencias del cambio climático”, describe el borrador.

Las alteraciones del cambio climático convierten a España en pasto de la desertificación. Ilustra cómo han empeorado las cosas el hecho de que los datos muestren que “desde el comienzo del siglo XXI, se han registrado dos de los años más secos” desde que hay seguimiento científico: 2005 y 2017.

Presión sobre un suelo frágil: regadío, estrés hídrico e incendios

En un territorio donde llueve menos y, por tanto, el suelo se vuelve más y más reseco, se está ejerciendo, además, una presión más fuerte. El diagnóstico de situación explica que se han ido abandonando los cultivos de secano por el regadío y las explotaciones agrarias son más intensivas. “Entre 2010 y 2019, la superficie cultivada de regadío se ha incrementado un 14% mientras que la superficie cultivada total se redujo un 1,3%”.

Con esa dinámica, el índice de explotación de agua (la proporción de líquido disponible que se utiliza) en la cuenca del Segura supera el 70%, en el Guadalquivir y el Júcar rebasan el 50%, en el Guadiana el 35%, en el Ebro un 39% y en la Cuencas Catalanas un 33%, según los registros de Transición Ecológica. Un valor por encima del 20% indica estrés hídrico y más allá del 40% los técnicos considera que se da “fuerte competencia con dificultad para mantene ecosistemas sanos”.

Otro de los factores que generan desertificación son los incendios forestales. La superficie total quemada ha caído respecto a la segunda mitad del siglo XX, pero lo que han observado los analistas es cómo han ganado terreno los incendios muy devastadores. Tanto el valor medio de la superficie que abrasan como la repetición de estos incendios que superan las 500 hectáreas.

Erosión, sal y agua en mal estado

Así las cosas, el 20% del territorio español está catalogado como “degradado”, es decir, “ zonas con valores relativamente bajos tanto de biomasa como de productividad”. Otro tercio se considera en niveles bajos, aunque recuperables. “El fuerte incremento de la superficie artificial a costa del suelo forestal y agrícola (…) es uno de los cambios de uso cuantitativamente más importantes en España”, sentencia el análisis.

Todos estos agentes transforman el suelo en algo frágil. Presa más sencilla para la erosión, la salinización o que se degrade el agua:

  • Erosión: la situación es variable según donde se mire. Destacan Andalucía y Cataluña donde la quinta parte de su territorio tienen procesos erosivos altos (rebasan holgadamente las 20 toneladas por hectárea anuales). Cantabria, Asturias, Galicia y Navarra superan la media nacional.

Las tierras cultivadas se erosionan más, sobre todo en cultivos leñosos como los olivares realizados sobre pendientes y sin cuidar la cubierta vegetal, sentencia la Estrategia: “La clave está más que en el tipo de planta en cómo se maneja el suelo”.

  • La salinización: la acumulación de sales en el terreno proviene del uso de agua de mala calidad para regar y el abuso de fertilizantes. En todo caso conllevan “el empobrecimiento del suelo”. En España el 3 % de los 3,5 millones de hectáreas de zonas irrigadas está severamente afectado por esta presión y un 15% se encuentra en riesgo. “La salinización de los suelos en uno de los problemas más preocupantes” para este sector, según el Ministerio de Agricultura. Los problema son más acuciantes en el valle y delta del Ebro, el curso bajo del Segura, el curso medio bajo del Guadalquivir, el Campo de Cartagena, el valle del Guadalentín, las zonas costeras de la Comunidad Valenciana y Cataluña y el curso bajo de los ríos Tinto y Odiel en Huelva.
  • Masas de agua empobrecidas: uno de los procesos de degradación del terreno que más afectan a España. Las últimas evaluaciones que se han llevado a cabo para la planificación hidrológica evidenciaron que el 40% de las masas de las que depende España están en mal estado ya fuera por estar sobreexplotadas, contaminadas o deterioradas ecológicamente.

Una tierra empobrecida, es decir, desertificada, es un escenario perfecto para que la población la abandone –fenómeno que empeora la degradación–. España es uno de los países de la Unión Europea con peores perspectivas: 1,1 millones de hectáreas agrícolas están en peligro de verse abandonadas, según los cálculos de la Comisión Europea. Es un 5% de este tipo de suelo.

Las zonas más afectadas dependen de muchos factores, pero el panorama más pesimista se concentra en el sureste de la península ( Región de Murcia, Almería, Granada, Málaga, sur de Alicante y Albacete), la depresión del Ebro (Zaragoza, Huesca, norte de Teruel, La Rioja y Navarra) y toda el área del noroeste peninsular.