El canvi climàtic aguditza les desigualtats socials

Entrevista al catedràtic de Geografia Física Javier Martín-Vide, que també coordina el Grup d’Experts en Canvi Climàtic de Catalunya, per analitzar els resultats d’una COP26 en què hi ha hagut millores, però que són insuficients. Defensa la necessitat de canviar de model econòmic per pal·liar els efectes de l’emergència climàtica i explica els impactes que té a Catalunya.

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La COP26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada recientemente en Glasgow (Escocia), no ha sido un fracaso rotundo, pero lo acordado no es suficiente para evitar que la temperatura global haya aumentado más de 1,5 grados a finales de siglo respecto a la era preindustrial. Para alcanzar este objetivo, la clave sería dejar atrás un modelo económico “basado en un crecimiento continuo, cuando esto es físicamente imposible en un planeta con recursos finitos”. Esta es la valoración de Javier Martín-Vide, catedrático de Geografía Física de la Universitat de Barcelona, coordinador del Grupo de Investigación de Climatología del mismo centro y a la vez coordinador del Grupo de Expertos en Cambio Climático de Catalunya.

Nos encontramos con él para analizar los resultados de la conferencia de Glasgow y durante la conversación defiende la necesidad de actuar ya de forma contundente para reducir las emisiones y advierte que si no se cambia el rumbo actual tendremos un mundo aún “más injusto y más desequilibrado” donde las desigualdades se acentuarán. También expone los impactos de la emergencia climática en Catalunya: dentro de tres décadas tendremos un país más cálido y más seco, en el que ciudades como Barcelona sufrirán olas de calor más frecuentes que aumentarán la mortalidad de la población más vulnerable. Con este escenario de fondo, Martín-Vide considera que plantear proyectos como la ampliación del aeropuerto de El Prat o la candidatura para realizar unos Juegos Olímpicos de Invierno en el Pirineo envían “un mensaje equivocado”.

La valoración generalizada de la COP26 es que los resultados no son catastróficos, pero que los compromisos son insuficientes para garantizar una reducción suficientemente rápida de las emisiones que permita limitar el incremento de la temperatura global a 1,5 grados a finales de siglo ¿Qué balance hace?

Quedé algo desengañado del resultado final. Es cierto que ha habido progresos en adaptación, mitigación y financiación, también un acuerdo para reducir las emisiones del metano y se ha vuelto a insistir en la protección y recuperación de los bosques, particularmente intertropicales, pero la clave para mí ha sido cambiar en el último momento la mención a la eliminación del carbón por una reducción paulatina. Quien ve el vaso medio lleno dice que por primera vez en una COP de este estilo se hace mención al carbón y al petróleo, pero que se mantengan el carbón y los subsidios a los combustibles fósiles es flagrante.

“Detrás del problema del cambio climático existe un modelo económico basado en un crecimiento continuo, cuando los recursos son finitos”

Si lo enfocamos desde un punto de vista más general, estoy convencido de que todos los participantes y los políticos asistentes a la COP de Glasgow tienen la conciencia de que éste es un reto importante y estoy seguro de que no quieren que ningún humano muera a causa del cambio climático. Pero, porque no tienen las herramientas o porque no se atreven, son incapaces de cambiar el modelo económico, que es lo que está detrás de la problemática. Un modelo económico consumista, basado en el consumo de unos recursos naturales que son finitos y, muchos de ellos, fungibles. Este año el día de la sobrecapacidad de la Tierra ha llegado el 29 de julio, lo que significa que necesitamos 1,7 planetas para cubrir las demandas de un solo año. Estamos produciendo una deuda ecológica para nuestros descendientes. Deberíamos cambiar el modelo económico, basado en el desperdicio, y esto se traduce en cambiar el modelo energético y en reducir consumos.

Apunta que la clave final es el modelo económico, pero éste no es precisamente el principal tema a debate en cumbres como la COP de Glasgow.

“Con lo acordado en Glasgow la temperatura se irá bastante más allá de los 1,5 grados”

Sí, la clave de todo es cambiar un modelo, el capitalista, basado en un crecimiento continuo, cuando esto es físicamente imposible. Y pese a que hago esta valoración pesimista y negativa, no querría decir que la cumbre ha sido un fracaso, porque si lo hacemos estaremos haciendo el trabajo a quienes no quieren que nada cambie, porque dirán que no hay nada que hacer. El catastrofismo lleva a la inacción y ahora mismo de lo que se trata es de seguir actuando. Ha habido progresos. Si dibujamos un panorama muy oscuro no haremos nada. Cierto que hay mucha palabrería y el famoso greenwashing, pero si no se hubiera celebrado Glasgow estaríamos peor. Pero lo acordado en absoluto nos permite alcanzar el reto del 1,5 [grados], la temperatura se nos irá bastante más lejos. Lo que nos dicen es que en Egipto 2022 se van a actualizar al alza los compromisos nacionales de reducción de emisiones.

El centro de estudios Climate Action Tracker prevé que con los planes de acción presentados por los estados el incremento global de temperaturas a finales de siglo será de 2,4 grados, y critica la distancia entre las promesas que se hacen y la realidad.

Para mí, ni la COP de París ni ésta han tomado acuerdos realmente vinculantes, cuando ésta es la clave. En París casi 200 estados dijeron que reducirían tanto las emisiones, pero hasta ahora realmente no se han rendido cuentas y Glasgow tampoco es vinculante, sólo dilatamos el tiempo hasta el 2022, cuando cada estado debe presentar un plan nacional de reducción al alza [de las emisiones]. Pero después debería haber un control efectivo de que esto se cumple, al menos cada dos años, para que realmente sean vinculantes. Sin control, ¿a qué se vincula cada estado?

De hecho, los dos primeros grandes anuncios de Glasgow, la reducción de las emisiones de metano y acabar con la deforestación, no son vinculantes.

Sí y en 2009 en Copenhague, que fue un fracaso, se acordó la partida de 100.000 millones de dólares para apoyar a los países pobres en su adaptación al cambio climático, que debería ser efectiva a partir de 2020. Hubo una ayuda, pero no se logró la cifra. Los acuerdos para mí son vinculantes cuando realmente se cumplen. Coger el toro por los cuernos implicaría cambiar el modelo económico y esto son palabras mayores. Y después está la desconfianza de los países más poderosos, como China y Estados Unidos, y también una cuestión de solidaridad. Los países en desarrollo no han disfrutado como nosotros, que estamos consumiendo carbón, gas y petróleo desde el siglo XIX y nuestros ciudadanos han alcanzado cierto estatus económico. Ellos dicen que sin el carbón y los combustibles fósiles no podrán sacar de la pobreza a sus ciudadanos. Por eso Brasil en reuniones anteriores siempre decía que no podíamos comparar las emisiones actuales, sino el sumatorio histórico, es razonable. ¿Cuál es la solución? Que los países ricos ayuden a los países en desarrollo que no emitan compensándolos para que su población alcance un nivel de salud y bienestar equiparables. Sólo con promesas no alcanzaremos el objetivo de los 1,5 grados.

Aunque los objetivos se ponen a medio-largo plazo, como 2050 y 2100, los científicos insisten que los próximos ocho años son claves. ¿Por qué?

Porque en esta década divergen los escenarios climáticos futuros. Para alcanzar la neutralidad en carbono en 2050, es decir, que el mismo carbono que se emita quede absorbido por sistemas naturales o con alguna aportación de cariz tecnológico, debemos actuar en esta década con unas reducciones muy importantes, del 7,5% de emisiones anuales de CO2 respecto a 2010. El último informe del IPCC [el Grupo Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático] planteó cinco escenarios y sólo en el primero a finales de siglo nos quedamos en un incremento de 1,4 grados respecto al período 1850-1900, pero implica un esfuerzo mayúsculo de reducción empezando ya en esta década. En el resto de escenarios la temperatura se va y el último escenario implica un incremento de más de 4 grados, con lo que el planeta sería para mí inimaginable.

“El sistema climático tiene mucha inercia en su comportamiento, es uno como un transatlántico y no es fácil de cambiar”

Ahora ya estamos en un incremento de 1,1 grados respecto a la segunda mitad del siglo XIX y en el caso de la cuenca Mediterránea estamos en 1,4-1,5 grados, mientras que en Catalunya el incremento es de 1 ,8 grados desde 1950 y en Barcelona, de dos grados. Éste es el panorama. Si no empezamos a actuar ya, se va tanto la curva que ya es imposible. El sistema climático tiene mucha inercia en su comportamiento, no cambia fácilmente de estado. Es como un transatlántico, que si se aproxima al puerto a una velocidad equivocada o lleva un rumbo erróneo al final no podemos hacer nada y choca contra el muelle. El sistema climático tiene una alta inercia térmica, en parte porque forma parte del océano y al agua le cuesta calentarse y le cuesta enfriarse, por lo que al océano le costará mucho desprenderse del calor que ha ido almacenando las últimas tres o cuatro décadas. El planeta ve aumentar la temperatura de una manera muy rápida y doblar esto cuesta mucho.

El último informe del IPCC decía que algunos de los impactos del cambio climático son ya irreversibles. ¿Estos impactos avanzan más rápido que las medidas que se aplican para paliarlos?

Pues sí, la realidad supera clarísimamente lo que hacemos. Por primera vez el IPCC acepta que en el conjunto del planeta hay más extremos climáticos, es decir, más oleadas de calor, más lluvias torrenciales, más sequías, más incendios forestales… Hay nuevas realidades y más extremos, con los riesgos que esto conlleva para la salud humana. Hace unas semanas me encontré a una persona que conozco, que tiene una hija de 12 años que le preguntó por qué la gente hace caso a los científicos de los volcanes, pensando en La Palma, y no le hace a los científicos del cambio climático. Es muy ilustrativo, porque la condición humana es que a menudo no actuamos hasta que vemos el peligro al lado, hasta que es inminente. Con el cambio climático siempre pensamos que esto no es para este fin de semana. Es curioso, porque en el caso de España todas las encuestas indican que es uno de los países en los que los ciudadanos tienen un mayor nivel de conciencia de que el cambio climático es muy importante, pero esto no significa que actúen en consecuencia.

Antes de la pandemia vivimos movilizaciones importantes por el clima, protagonizadas sobre todo por la población joven. ¿Una mayor presión ciudadana es clave para que los estados apliquen medidas más radicales para afrontar la situación?

Sí, lo veo importante. Es evidente que por edad estoy distante del activismo juvenil, pero creo que sus acciones y reivindicaciones son importantes. Estos días me preguntaban si iría a Glasgow y yo respondía que era una reunión política y no científica y, por lo tanto, los que tenían que ir eran los políticos y lo que dice la ciencia ya estaba sobre la mesa. Yo allí no haría nada, salvo postureo, y podía seguir la reunión al minuto desde aquí a través de los medios. Y encima emitiría carbono viajando para ir. En cambio, veo bien la presión de la gente más joven y que esté al lado de la reunión para que se note que hay un grito ciudadano para que las cosas cambien de rumbo y conseguimos desviar el transatlántico que se va hacia el muelle de una forma imparable.

Uno de los impactos ya evidentes de la emergencia climática es el creciente número de refugiados climáticos. Asimismo, el déficit hídrico puede convertir el agua en el petróleo del siglo XXI, en el sentido de que será un recurso escaso y que habrá conflictos para acceder a él. ¿Vamos hacia un mundo más desigual y con nuevas tensiones geopolíticas derivadas de la situación climática?

“Vamos hacia un mundo más injusto y más desequilibrado. El cambio climático es global, pero desigual”

Si no cambiamos el rumbo de las cosas, vamos hacia un mundo más injusto y más desequilibrado. El cambio climático es global, pero desigual en cuanto a los efectos regionales y los efectos en las sociedades. Los países del sudeste asiático, que reciben cada año los tifones y están sometidos a veces a los monzones lluviosos, están ahora además expuestos al aumento del nivel del mar y a un nivel más extremo de estos tifones y temporales. Y esto recae sobre todo en las poblaciones más pobres, que carecen de los medios para resistir a estos embates. El cambio climático agudiza claramente las desigualdades sociales. De ahí que esté plenamente justificado que los países ricos apoyen a los países pobres. Por justicia planetaria, pero también porque vamos en la misma nave. Si no lo hacen por solidaridad, por un principio ético, que lo hagan por su propio interés, porque al final los países ricos y las empresas ricas también lo sufrirán. La principal distribuidora de café del mundo probablemente es Starbucks, y sabe que si la temperatura sigue aumentando los cafetales que se producen en el mundo tropical pueden estar en crisis. Incluso las grandes empresas, que a veces han adoptado una mera cosmética verde, saben si sigue el calentamiento les va el negocio y aunque sea por interés propio algunas tendrán que actuar.

El cambio climático también tiene efectos claros en Catalunya. ¿Cuáles serían los más destacados?

El Observatori Fabra, que está junto al Tibidabo a 410 metros [sobre el nivel del mar], es una atalaya magnífica de observación y sus datos son un tesoro para un climatólogo, y la temperatura que hay ahora es como la que teníamos en el centro de Barcelona hace 40 o 50 años. Ha habido un incremento de dos grados respecto a 100 años atrás. En cambio, en cuanto a la lluvia, todavía podemos decir que en gran parte de Catalunya llueve lo mismo que hace 100 años, aunque la forma de llover es algo diferente. En un período largo, llueve lo mismo en Barcelona ahora que a finales del siglo XIX, si bien es cierto que últimamente se han acumulado algunos años muy secos. ¿Qué pasará de cara al futuro? En Catalunya la temperatura seguirá subiendo hasta mediados de siglo con toda seguridad. Y en cuanto a la lluvia, aunque tenemos más incertidumbres, no podemos esperar que llueva más, lloverá lo mismo o menos. Si combinamos ambos factores, temperatura claramente más alta y lluvia algo menor, el resultado es que los recursos hídricos serán inferiores. Aunque lloviera lo mismo, si la temperatura es más elevada hay mayor evaporación. Dentro de tres décadas, por tanto, tendremos un país más cálido y más seco.

¿Cuáles son las áreas más afectadas?

“Dentro de tres décadas Cataluña será más cálida y más seca”

Hemos identificado claramente dos: la franja litoral y la alta montaña pirenaica. La franja litoral por la subida del nivel del mar y porque en ella vive un porcentaje elevado de la población y tiene una gran importancia económica. Ahora cada año el nivel del mar aumenta casi 4 milímetros, y es muy difícil transmitir preocupación a la población con este dato, pero supone cuatro centímetros en una década y dos palmos en un siglo. Y el ritmo probablemente se acelerará. Las zonas más críticas de la franja del litoral son la costa baja, las playas y, en particular, los deltas. Ya vimos qué ocurrió en el Delta del Ebro en enero del 2020 con el temporal Gloria, que le dejó bajo las aguas durante unos días. La situación de los deltas también viene provocada porque los sedimentos que los alimentan quedan retenidos en los embalses y no llegan a la desembocadura. La alta montaña porque existen muchas especies de animales y plantas que viven en ella y necesitan unas condiciones térmicas frías. Si la temperatura sigue subiendo, tal y como podemos afirmar de forma rotunda, tendrán que desplazarse hacia arriba, pero hay un momento en el que la montaña se acaba y estas especies tan particulares lo tienen bastante mal.

¿Qué riesgos serán más importantes para Catalunya en las próximas décadas?

“En Barcelona tendremos un montón de noches tropicales, con 20 grados o más de temperatura mínima, y ​​tórridas, por encima de los 25”

Las olas de calor, que tienen un efecto en la salud pública, y las sequías, que también tendrán efectos en la agricultura. Las olas de calor serán cada vez más frecuentes y sobre todo será grave su impacto en el centro de las ciudades. Por ejemplo, en el centro de Barcelona existe el fenómeno de las islas de calor, que es un calentamiento nocturno del centro de la ciudad en contraste con la periferia. Si vas en moto desde Nou Barris a la plaza Catalunya de noche, verás que en invierno se está mejor en el centro que en la periferia. A la ciudad llegan muchas fuentes de energía y se desprende calor, de día atrapa el calor y los materiales de construcción se calientan más que los naturales. ¿Qué ocurre entonces? Ya partimos del calentamiento global, estamos en la cuenca mediterránea, que es un hotspot [punto caliente] donde notamos más el calentamiento y si añadimos el plus térmico que supone la isla de calor nos encontramos con que tenemos un montón de las llamadas noches tropicales y noches tórridas. Son noches en las que la temperatura mínima es de 20 o más grados en el caso de las tropicales y de 25 o más en el de las tórridas. Son noches fatales para dormir y se ha visto que aumentan la morbilidad, los ingresos hospitalarios y la mortalidad de personas mayores o con enfermedades crónicas, especialmente si están en condiciones de pobreza energética y no tienen aire acondicionado o no lo utilizan por el precio del recibido.

En este sentido, el invento de las plazas duras de los años 80 y 90 es un desastre.

Totalmente. Lo que Barcelona era un modelo de diseño para las plazas duras… ¿Quién las utiliza ahora a media tarde en verano? ¡Ni los skaters! Ahora de lo que se trata es de esponjar la ciudad y ponerle más árboles, más parques y más jardines. Las supermanzanas para mí son una buena acción e importa mucho cambiar el suelo duro e impermeable, por el suelo permeable, que se impregne de agua cuando llueve y que entonces el agua se evapore desde el suelo y se obtenga pérdida de calor. Barcelona es una de las ciudades más densas de Europa y en toda la parte central apenas hay parques y básicamente se pueden realizar pequeñas actuaciones.

Teniendo en cuenta todo el escenario global, ¿qué opina de proyectos como la ampliación del aeropuerto de El Prat o la posible candidatura para organizar los Juegos Olímpicos de Invierno en los Pirineos en 2030?

Soy contrario a ambas propuestas. La ampliación del aeropuerto de El Prat no lo veo no tanto por la afectación a la Ricarda [un espacio natural], sino porque estamos en emergencia climática. Les preguntaría a los presidentes español y catalán si no han declarado la emergencia climática y si un proyecto como éste está en consonancia. ¿Para qué? ¿Para que vengan más turistas? Ampliarlo es dar el mensaje equivocado y es totalmente contrario a cómo debería actuar, generaría un incremento de las emisiones, aumentaría la congestión con más visitantes.

Sobre los juegos, siempre digo que todavía habrá buenas temporadas para los amantes del esquí en nuestro país, pero todas las tendencias van hacia que la nieve sea cada vez más escasa [en el Pirineo]. Siempre les digo a los empresarios que cambien el chip de estación de esquí a estación de montaña. La nieve no la tendrán siempre garantizada y si deben hacerla con cánones artificiales implica un consumo de agua y de electricidad, mientras que la montaña ofrece mucho más que la nieve: deportes de aventura, excursionismo, el libro de abierto de la naturaleza, aire puro, actividades de todo tipo. Y abre del 1 de enero al 31 de diciembre, mientras que las estaciones de esquí lo hacen 4 o 5 meses. Claro que un empresario de una estación de esquí tendrá que hacer un esfuerzo económico para diversificar la oferta, pero a medio plazo le saldrá a cuenta. Esto es una actuación de adaptación. No apostaría por hacer un Juegos de Invierno en el Pirineo porque necesitan nieve y unas temperaturas bajas, y hacerlos sería enviar un mensaje equivocado.