La crisi energètica a la Xina amenaça amb obstruir l’economia internacional

La xarxa elèctrica xinesa encara genera dues terceres parts de la seva capacitat de el carbó, amb un rebut, fins ara, altament subvencionat i barat. La indústria absorbeix el 59% del subministrament total. L’encariment de la factura fa tremolar als seus clients exteriors.

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El gigante asiático ilustra como pocas otras latitudes la batalla de la vieja economía por tratar de mantener el status quo energético actual. Porque el viaje hacia las renovables, cincelado por Xi Jinping en el decimocuarto plan quinquenal chino (2021-25), diseñado para consumar el salto hacia el liderazgo global a través, entre otras recetas estratégicas, de una transición energética que certifique unas emisiones netas cero de CO2 en 2060 en la economía más contaminante del planeta, podría encallar a las primeras de cambio. A tenor de las señales de alta dependencia de la Gran Factoría Mundial de una fuente de energía, la electricidad, que ha sumido a la segunda economía global en unas presiones inflacionistas que revelan una profunda dicotomía. El desafío incentivador de las renovables es, incluso, más imperioso para Pekín que el mensaje presidencial del líder chino, dada su extrema sumisión a la importación de gas y petróleo y su adicción a la producción de carbón doméstico. Pero, hasta que la neutralidad energética se consume, China va a caer en la tentación de relanzar la cadena productiva del carbón -y pagar el exceso de precio por el gas y el petróleo- para abastecer su poderoso sector manufacturero. Como, de hecho, ya está aconteciendo en las minas del norte del país. La primera gran crisis energética de la era de la sostenibilidad -sustentada en la nueva economía y la revolución digital- ha irrumpido con brío en el mercado más dinámico del planeta.

David Fickling, columnista de Energía en Bloomberg, lo resume de manera elocuente: un villano, el ineficiente y sucio carbón, ha vuelto al sistema productivo chino para calmar las presiones de los precios de la electricidad. Mientras el héroe, la energía renovable, necesita el impulso que le encarame al reinado en el mix energético -y eléctrico- de la nación que más polución traslada a la atmósfera. El hub del carbón de la provincia de Shanxi ya registra subidas de ingresos de sus compañías, que han empezado a abastecer con más volumen y a mayores precios las turbinas que deben llevar la electricidad a las frías regiones del norte del país. En previsión de un invierno especialmente riguroso.

El primer pulso entre la vieja y la nueva economía -entre la vetusta industria y la tecnología de unas renovables aún en pañales, en función de su escasa cuota productiva actual- se ha hecho realidad. Y la ventaja es para el modus operandi tradicional. Una iniciativa que debería poner en guardia a la incipiente recuperación global. Porque del grado de tensión que ejerza la crisis de la energía en China dependerá, en gran medida, el dinamismo del ciclo de negocios post-Covid. Un dato clave desvela el trascendental peligro de un energy crunch en China. Mercado en el que el sector manufacturero reclama el 59% de la demanda eléctrica del país. Frente al 25% que absorbe la industria estadounidense de la capacidad utilizada en EEUU. El poder de gasto de luz por parte de este poderoso segmento productivo -abastecedor en casi todas las partes del globo de alguno de sus componentes- supera, por ejemplo, a la suma de la demanda eléctrica de los hogares, las oficinas y los comercios chinos. Con un agravante añadido: un precio bajo de energía que ha sido determinante en el fulgurante desarrollo de China y que Pekín ha manejado con un instrumental de subsidios y controles de costes a familias, empresas e industrias, explica Fickling.

China culpa de alta contaminación al acero o las refinerías, pero deja un mayor uso del carbón, por la demanda eléctrica

Con la inestimable aportación de un carbón que ha contribuido a generar dos terceras partes del mix eléctrico. Y un acontecimiento inédito en las últimas décadas. El carbón también se ha vuelto caro. Después de un periodo de deflación anterior a 2016, se encareció en un 40% al año siguiente. Descendió durante la Covid-19 de forma modesta y ha rebotado con un alza del 57% entre agosto de 2020 y el mismo mes de este ejercicio. En un instante, el de la recuperación de la Gran Pandemia, en la que el consumo per cápita de electricidad en China supera al de Italia o Reino Unido. En el que el Gobierno del primer ministro, Li Keqiang, ha declarado culpables a los sectores de “alta dualidad”; es decir, los que mantienen altas tasas de consumo energético y de emisiones de CO2, que han crecido de manera fulgurante en el pasado reciente, como el acero, el cemento, los metales, refinerías de petróleo y productos químicos o el vidrio, y cuyas fábricas son las responsables de más de la mitad de los gases contaminantes de China.

China ha declarado culpables de alta contaminación a sectores de alto consumo energético como el acero o las refinerías, pero al mismo tiempo ha permitido un mayor uso del carbón, en tasas también caras, para abastecer la demanda eléctrica

El poder de China en la coyuntura energética global

La reconversión hacia la sostenibilidad de China no será fácil. Sin una taxonomía clara que aúne los intereses y objetivos de la política medioambiental y energética del país. Para lo que la hoja de ruta del plan quinquenal en marcha debería haber impuesto “una estrategia más agresiva para promover las energías renovables en el transporte y la industria”. Con metas intermedias de conciliación entre el consumo de combustibles fósiles y las preferencias renovables que fija la transición energética oficial. Es la opinión de Jeff Moore, gestor para Asia de Platts Analytics, para quien “la demanda de gas en la economía china crecerá un 41% en los próximos cinco años, con crecimientos constantes de la producción nacional, pero también de los flujos llegados a través de los gaseoductos con los que abastece desde el exterior sus necesidades industriales, que aumentarán en un 26% durante el periodo de vida del plan recién aprobado”.

Para lo cual, los gobernadores han recibido importantes incentivos de Pekín para iniciar el viraje desde la constreñida, inflacionista y contaminante industria fósil a la eólica, solar y de hidrógeno, con costes fijos altamente subvencionados. Dentro de una táctica oficial que, como dice Oceana Zhou, de Standard & Poor’s Global Intelligence, pretende entre 2021-25 “espolear la economía doméstica” mediante “innovación tecnológica y proyectos de sostenibilidad medioambiental”, con objeto de reducir la dependencia de China de las materias primas “en los próximos años”. En la actualidad, y a falta del más reciente impulso al hidrógeno, el último dato de la Agencia Nacional de la Energía (NEA) habla de una aportación de la energía solar y eólica al mix eléctrico del 11% para el conjunto de 2021, frente al 9,7% del ejercicio precedente. Tránsito que también deben recorrer los emporios estatales del petróleo. PetroChina ya ha combinado en sus planes estratégicos fórmulas de integración de sus producciones fósiles y renovables, con un amplio abanico de opciones, desde el gas, la geotermia, la solar y la eólica, a través de proyectos piloto entre los que ha integrado en su cadena de valor, en 2020, el hidrógeno. CNOOC apostó en 2019 por la energía eólica y alguna de sus centrales, como la de la provincia de Jiangsu, ya produce la totalidad de su producción con esta fuente energética. Zhou aventuraba desregulaciones en el sector de la energía, sin que las autoridades, de momento, “levanten la banda de fluctuación de precios de los combustibles fósiles en el mercado doméstico”. Antes de la crisis energética global que ha tenido en China uno de sus epicentros. Y del estallido del escándalo Evergrande.

Ahora, está por ver si el control de precios se instaura de manera más rigurosa ante la escalada de los precios y el riesgo de que China, con la trascendental cumbre de la COP26 de Glasgow a la vuelta de la esquina -en la que se revisarán, por primera vez, los compromisos nacionales de los Acuerdos del Clima de París- vuelva a ocupar el papel de villano mundial. Con más de 9,3 GT (GigaTones) de emisiones de CO2 a la atmósfera, el 27,9% del total del planeta; casi el doble que EEUU, con el 14,5% de gases contaminantes producidos en su mercado. El optimismo surge del lado de las declaraciones oficiales. Donde Wan Jinsong, director de la NDRC (Comisión Nacional de Reformas y Desarrollo), entidad encarcaga de plasmar en realidad la doctrina de los planes quinquenales, considera que “la banda de fluctuación de precios energéticos abrirá una barrera entre las empresas ineficientes y las que añadirán valor en el futuro”. Dejando entrever que se seguirá manteniendo, en vez de establecer precios fijos de la energía. Pero de evitar este paso, las presiones inflacionistas seguirán durante algún tiempo, avisan los analistas, que se hacen eco de la lectura más pesimista y que se decantan por ver un encarecimiento gradual, en este caso, de las exportaciones manufactueras chinas y, por ende, en una repercusión de precios más elevados sobre el producto final entre los consumidores de sus mercados exteriores. Por los mayores costes asociados por transporte, fletes internacionales -con el comercio naviero aún sin restablecer los flujos habituales y con el precio de los contenedores en cotas históricas- y, por supuesto, en el valor final de unos materiales que todavía no han retornado a la normalidad en sus cadenas de suministro originarias, cuyo funcionamiento se ha encarecido por los precios de la energía.

Este triple contagio vía precios ha sido diagnosticado por el FMI en su reciente cumbre otoñal. En la que sus expertos reconocen que las presiones inflacionistas de la energía, sus disrupciones en el lado de la demanda, y la complejidad que están tomando las relaciones comerciales, han generado incertidumbre coyuntural, como enfatizó su economista jefa, Gita Gopinath. Antes de fiar su contención al mantenimiento de las políticas monetarias laxas desde los bancos centrales por su apuesta por una inflación pasajera, que devuelvan los IPC a los niveles previso a la Covid a mediados de 2022. En un momento crucial, con una deuda global de Gobiernos, empresas y hogares histórica, de 226 billones de dólares; tres veces por encima del PIB del planeta. Después de que se añadieran 27 billones más a la factura internacional conjunta de 2019. Tanto como la suma de las economías de EEUU y Japón; primera y tercera del mundo. Y de que la comunidad internacional “deba abordar trascendentales esfuerzos” contra el cambio climático. Mientras la pandemia sigue retrayendo actividad en los mercados emergentes y en desarrollo, tal y como advirtió Gonipath quien descarto, de momento, episodios de estanflación. De lograr frenar los cuellos de botella en los suministros energéticos y comerciales. Algo que aterroriza a las bolsas, que manifiestan sieras dudas sobre el comportamiento de la inflación. Dentro de un sentimiento inversor enrarecido, propenso a la volatilidad, con temores de drásticas correciones de valores y activos y que Tobias Adrian, director del poderoso Departamento de Mercados del Fondo, cree que podrían producirse en caso de un cambio drástico en las políticas monetarias. Por ejemplo, de una retirada inminente de los programas de compra de deuda o de subidas de tipos de interés ante la creciente escalada de los precios. De producrise, ante las tensiones inflacionistas, el daño al ritmo de crecimiento -y, por ende, a una etapa de estanflación- sería irremediable. Y generaría “desórdenes” en los mercados de capitales, avisaba Adrian.

EL FMI y la IEA piden más esfuerzos en  la sostenibilidad del cambio climático que en contener la crisis de la energía

Tampoco desde la IEA, la Agencia Internacional de la Energía, rebosan optimismo. Ni sobre los esfuerzos nacionales contra el calentamiento global, insuficientes, a las puertas de la COP26, ya que, con los niveles de contaminación actuales, sólo se reduciría en un 40% la meta de emisiones netas cero para 2050. Ni sobre el restablecimiento de la demanda de energía -en especial, del gas, principal causante de la crisis de suministro- sin una acción decidida de países productores. El equilibrio inicial del mercado será esencial para sentar las bases de la transición ecológica y de la sostenibilidad del ciclo de negocios post-Covid, dicen los analistas de la IEA. Aunque confían en que los 300.000 barriles diarios adicionales, hasta los 5,5 millones, y el compromiso de Rusia de añadir más gas al mercado, logren restablecer las cadenas de valor a lo largo de este trimestre y el primero de 2022, contengan el precio de las materias primas -en especial del crudo y del gas para su trasvase como fuentes de generación eléctrica- y, con ello, detengan la subida de los IPC y estimulen el crecimiento. Para lo cual, la industria china debe volver a la estabilidad de precios.