Pel futur del planeta, apostem per emissions zero

Si volem evitar els efectes més perillosos del canvi climàtic, les emissions mundials de diòxid de carboni han de desaparèixer a mitjan segle.
Al Regne Unit, ja hem aconseguit reduir les emissions un 40 per cent respecte als nivells de 1990, l’any utilitzat com a base. Aquesta xifra ja és la meitat del límit que es va fixar en la Llei de Canvi Climàtic de 2008.
És clar que aquesta transició tindrà un preu, però cal tenir en compte que els costos de les tecnologies netes estan caient ràpidament i no oblidem que el cost d’un canvi climàtic sense control pot ser enorme.

https://www.eldiario.es/tribunaabierta/futuro-planeta-apostemos-emisiones-cero_6_909619048.html

El lecho del Mediterráneo convertido en un basurero. Un oso polar desesperado, saltando de un pequeño trozo de hielo a otro. El cielo que cubre nuestras capitales teñido de marrón grisáceo. Todos hemos visto estas imágenes o, si no, otras parecidas, que ponen de manifiesto cómo el medio ambiente está cambiando y la urgencia con la que debemos actuar antes de que sea irreversible. Continua la lectura de Pel futur del planeta, apostem per emissions zero

El genoma de l’ametller revela com les ametlles van deixar de ser amargues i tòxiques

Un equip internacional, liderat pel CSIC, aconsegueix la seqüenciació del genoma complet de l’ametlla, descobrint com va passar de tòxica a dolça i comestible, la qual cosa beneficiarà als productors

Una petita mutació d’un únic gen va desactivar la síntesi de amigdalina, el compost que les feia incomenstible.  La domesticació de l’ametlla va ser possible mitjançant la selecció de genotips que alberguessin grans dolços.

El seu origen se situa a l’Àsia Central (Pèrsia i Mesopotàmia), on es conrea des d’èpoques remotes (5000-4000 a.C.). A Espanya, probablement va ser introduït pels fenicis i, posteriorment, els romans van estendre el seu cultiu, des d’on arribaria fins a Amèrica.

https://www.lavanguardia.com/ciencia/20190613/462854576334/genoma-almendras-amargas-dulces.html

Hace miles de años, las almendras no eran para nada apetecibles. No sólo eran extremadamente amargas,también tóxicas. Pero, en algún momento, la humanidad transformó el almendro en un árbol con frutos dulces, cuyo cultivo se expandió por el mundo. Actualmente, cada año se producen 2,2 millones de toneladas de almendras –contando sólo la parte comestible– y su venta genera más de 7.500 millones de dólares. Todo gracias a una minúscula mutación en un gen.

Es la principal conclusión a la que ha llegado una investigación internacional liderada desde el Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS-CSIC), en Murcia, que ha secuenciado el genoma del almendro. Los resultados, publicados hoy en la revista Science , abren la vía a mejorar el cultivo de este árbol frutal, del que España es uno de los principales productores mundiales.

Las almendras de los árboles salvajes contienen un compuesto llamado amigdalina. Cuando los animales lo ingerimos, se transforma en azúcar, benzaldehído –el responsable del sabor amargo– y cianuro. El cianuro es una sustancia muy tóxica que inhibe la respiración en los tejidos: detiene el funcionamiento de las mitocondrias, las centrales energéticas de las células. La amigdalina es, pues, un potente mecanismo de defensa para evitar que los animales se coman las almendras y acaben con las semillas. En cantidades suficientes, es mortal incluso para un humano. “Según un estudio, bastan 50 almendras para matar a una persona, aunque depende del peso. Yo creo que con 20 hay suficiente. Y en el caso de un niño, bastaría con un puñado”, explica Raquel Sánchez Pérez, autora principal del trabajo e investigadora Ramón y Cajal en el CEBAS. Sin embargo, no es necesario preocuparse, porque “nadie se va a comer más de una almendra amarga”. Y, si se cocinan, “el cianuro y el benzaldehído se evaporan. No te vas a intoxicar inconscientemente”, puntualiza.

Mecanismo de defensa

La amigdalina de las almendras salvajes libera cianuro, una sustancia muy tóxica

Se piensa que, hace miles de años, antiguos pobladores de Asia oriental dieron por casualidad con árboles que producían almendras dulces. Al seleccionar esas plantas para cultivarlas, las domesticaron y crearon nuevas variedades comestibles con cantidades ínfimas de amigdalina y que más tarde se extendieron hacia el oeste. Hasta ahora, la genética detrás de ese proceso evolutivo era un misterio.

Desvelarlo era el objetivo de Raquel Sánchez Pérez, junto con investigadores de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) y de la Universidad de Bari y Foggia (Italia). El equipo internacional ha secuenciado por primera vez el genoma completo de una variedad francesa de almendro dulce, llamada Lauranne, muy utilizada en programas de mejora. Y, al comparar el genoma de esta variedad con otra de almendras amargas, han hallado la clave que estaban buscando.

Un cambio de nucleótido en el gen ‘bHLH2’ evita que en las almendras se produzca amigdalina, con lo que se vuelven dulces

Se trata de una única mutación de un solo nucleótido –una letra en la secuencia de ADN– en un gen llamado bHLH2. Este gen regula a su vez la actividad de otros dos genes que son los responsables de las primeras etapas de producción de la amigdalina en las almendras. En los almendros domésticos, este pequeño cambio hace que la proteína bHLH2 ya no sea funcional, lo que detiene la síntesis de esta sustancia, y por eso sus semillas no son ni amargas ni tóxicas. “Es como si tienes un coche, con ruedas gasolina y todo, pero la llave se ha roto. Aunque lo tengas todo preparado, no puedes arrancar el coche”, ilustra Raquel Sánchez Pérez.

Muchos almendros domésticos tienen una copia defectuosa del genbHLH2, que basta para que sus almendras ya no puedan producir amigdalina. Sin embargo, al cruzarse entre ellos, sus descendientes pueden heredar dos copias funcionales del gen y volver a generar almendras amargas. Antes de conocer la base genética, los mejoradores que criaban almendros para el cultivo tenían que esperar hasta que salieran las primeras flores, al tercer o cuarto año, para saber si daban almendras dulces o amargas. “Ahora, gracias al genoma, podremos diseñar una prueba de ADN que permita comprobarlo a los tres o cuatro meses, cuando salgan las primeras hojitas”, declara Sánchez Pérez.

https://www.alimente.elconfidencial.com/consumo/2019-06-14/cientificos-espanoles-erradicar-almendras-amargas_2069227/