Sense lloc per amagar-se del canvi climàtic al Pacífic Sud

La denominació Emigrant Ambiental o Refugiat Ambiental al·ludeix a la població que es veu obligada a migrar o ser evacuats de la seva regió d’origen per canvis ràpids o a llarg termini del seu hàbitat local, la qual cosa inclou sequeres, desertificació, la pujada del nivell del mar, o fenòmens climàtics de temporada com el monsó. La migració ambiental ha augmentat, en la primera dècada del segle 21 convertint-se en tema de preocupació dels responsables polítics, científics socials i ambientals.

Subjectes polítics al seu país, però sense estatut jurídic en el seu èxode, els migrants climàtics s’han convertit en subjectes de segona classe. No estan, però són retinguts. El resultat d’aquesta indefinició és la paradoxal figura dels «expulsats retinguts». Meres existències de frontera. Vides nues davant el poder sobirà de la Naturalesa i de l’Estat, a la qual queden reduïts els éssers humans sense dret ni ciutadania. En ells la trilogia clàssica estat-nació-territori queda truncada. Però des del seu abandonament i desprotecció ens interroguen. Posen en qüestió el nostre estatut de ciutadans de la Unió Europea, blancs i occidentals, titulars de drets.

https://es.wikipedia.org/wiki/Refugiado_medioambiental

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=236150&titular=sin-lugar-para-esconderse-del-cambio-clim%E1tico-en-el-pac%EDfico-sur-

TOGORU, Fiyi, 2 ene 2018 (IPS) – A medida que el agua se traga las playas de Fiyi, ni los muertos encuentran paz. El cementerio de Togoru, una aldea en la mayor de las islas de este país insular, quedó sumergido bajo el mar, y ya no se leen los nombres en las lápidas, golpeadas por el mar.

“¡Bula!”, le dijeron a IPS los residentes locales, sorprendidos de ver a un visitante. Fue fácil encontrar al jefe de la aldea, con solo tres casas en pie. En la playa, James Dunn, de 72 años, señala a los muertos ahora sumergidos.

“En 20 años, el mar avanzó unos cientos de metros. La casa en la que nací desapareció”, relató el patriarca.

Los árboles se pudren por el oleaje y se caen cuando se lava el suelo que aguanta sus raíces. El campo deja de ser apto para la agricultura y lo que queda de la aldea se inunda cuando hay marea alta. “Las olas golpean a mi puerta”, contó Dunn.

Su tatarabuelo llegó de Irlanda para construir esta aldea y cinco generaciones después es muy probable que Dunn sea el último jefe de Togoru, una de las más vulnerables al cambio climático.

Moverse o ahogarse

Fiyi y otros países del Pacífico sur son extremadamente vulnerables al aumento del nivel del mar. La mayoría de estos estados insulares son pobres y de tierras bajas. El agua se elevó 25 centímetros en promedio desde 1880, lo que alcanza para borrar a Togoru del mapa, que, de hecho, ya no figura más en Google Maps.

“El mar nos roba la tierra”, señaló Dunn. “Las playas en las que solía jugar de niño están ahora bajo agua. Hacíamos carreras de caballos, ahora es imposible”, recordó.

Togoru construyó cinco muros para contener el mar en los últimos 25 años, y ninguno pudo contener su avance.

Si se logra mantener el aumento de la temperatura promedio en 1,5 grados centígrados, el mar igual se eleverá otros 50 centímetros. Pero aun ese pronóstico optimista es desalentador para las miles de comunidades de las zonas costeras y vulnerables.

Desde la playa de Togoru se ve Suva, la capital fiyiana. “El primer ministro vino de visita y dijo que teníamos que despedirnos de nuestra aldea. Por suerte, no nos abandona”, relató Dunn.

El gobierno publicó una lista de 60 aldeas que se reubicarán, lo que es mucho para este país de apenas un millón de habitantes.

La sobrina de Dunn, Anne, fue Miss Fiyi y Miss Islas Pacífico en 2016 y aprovecha su posición para abogar por medidas contra el recalentamiento planetario.

“El cambio climático significa para mí no haber podido enterrar a mi padre ni a mi tío en nuestro cementerio tradicional”, explicó emocionada, cuando participó en la 23 Conferencia de las Partes (COP23) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), realizada en la ciudad alemana de Bonn.

“Afecta nuestra identidad. Somos isleños y nuestra forma de vida está en riesgo”, denunció, para llamar la atención sobre una situación que su país, que presidió la COP23 del 6 al 17 de noviembre de 2017 y sin recursos para frenar el avance del mar, denuncia con fuerza.

Más de 80.000 turistas llegan hasta las playas blancas y los coloridos arrecifes de coral de este país. Pero los centros turísticos tienen que nivelar sus playas.

El azúcar, segundo pilar de la economía nacional, también está en riesgo, pues la salinización destruye cada vez más cañaverales.

Clima extremo

Fiyi solo es responsable de 0,01 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono globales, pero sufre tormentas climáticas sin tregua.

El 20 de febrero de 2016, el ciclón Winston arrancó el techo de la casa de Malela Dakui, de 53 años, jefe de la aldea Rakiraki, y unos minutos después tiró las paredes. Él se salvó del viento de 325 kilómetros por hora escondiéndose debajo de una mesa.

El ojo de la tormenta pasó justo por encima de esa localidad costera. Si bien este país ha experimentado varios ciclones, ninguno con la fuerza de Winston, el más poderoso observado en el hemisferio sur.

“Cuando terminó, estaba toda arrasada. Se podía ver a kilómetros de distancia”, recordó Dakui, testigo del fenómeno climático extremo.

Por suerte, ninguna persona resultó herida, pero en otras partes del país hubo 44 muertos y el costo de los destrozos se elevó a 1.400 millones de dólares, una tercera parte del producto interno bruto de Fiyi.

Dos años después de aquel desastre, Rakiraki todavía no se ha podido reconstruir. Desde Winston nadie quiere vivir en chozas, pero las casas de material son caras.

“Tenemos menos peces porque los arrecifes de coral están muriendo”, observó Dakui. “Hace demasiado calor para el taro, un vegetal popular en la dieta local. Los agricultores plantan mandioca y boniato, pero no dan tantos beneficios”, acotó.

“La estación de lluvia solía empezar todos los años en la misma fecha. Ahora las estaciones están perturbadas”, añadió.

Rakiraki tiene suerte porque logra reconstruirse, en cambio hay otros pueblos que se perdieron para siempre.

Una historia perdida

Los refugiados climáticos no son un fenómeno nuevo en Fiyi, y Tukuraki es el campeón no deseado de la relocalización. Ese pueblo volcánico de las montañas del interior de este país se tuvo que mudar tres veces en cinco años.

En 2012, Tukuraki sufrió una gran deslizamiento de terreno por las lluvias extremadamente prolongadas. Diez meses después, el ciclón Evan destruyó los refugios temporales, y luego Winston arrasó su tercera ubicación. Las personas que quedaron sin hogar tuvieron que alojarse temporalmente en una cueva.

“Para los fiyianos, la tierra es lo más importante, nos une. Cuando perdemos nuestra tierra, nos sentimos vulnerables y desamparados”, explicó Livai Kidiromo, uno de los ancianos de la aldea.

El cuarto Tukuraki es su último hogar. La nueva aldea resistente a desastres se construyó con apoyo económico de la Unión Europea. Las residencias actuales pueden resistir un ciclón de categoría cinco, pero no preservan su estilo de vida tradicional.

La nueva aldea está en una meseta en medio de un paisaje encantado. Desde lo alto se ven los restos de la aldea original, casi toda tomada por la selva y de la que solo queda la iglesia intacta.

“La aldea es mucho más confortable que la anterior. Pero tuvimos que dejar nuestro pasado y es doloroso”, confesó Josivini Vesidrau, la joven esposa del jefe de la aldea, Simione Deru.

Además de Fiyi, los refugiados climáticos son una realidad actual de Samoa, Tuvalu y Vanuatu, así como de muchos otros países insulares vecinos.

Kiribati trata de prepararse para su propia desaparición, pronosticada para 2050. El gobierno compró 2.500 hectáreas en Fiyi para reubicar a 105.000 personas para cuando el agua cubra los últimos restos de su territorio.

Con el aumento de la temperatura y la mayor ferocidad de las tormentas, las poblaciones costeras deben elegir entre irse o pelear.

El primo de Dunn, el pescador irlandés-fiyiano, limpia el jardín para la Navidad, quizá la última que pasen aquí. “Togoru desaparecerá pronto, y con ella nuestra historia”, reconoció, mirando los restos de las tumbas de su familia.

Todavía no sabe a dónde se irá. “Escapar no es una opción. Fiyi no es grande, no podemos seguir mudándonos”, explicó.

(*) Líderes de movimientos climáticos y de justicia social de todo el mundo se reunieron en Suva, Fiyi, del 4 al 8 de diciembre durante la Semana Internacional de la Sociedad Civil.

Traducido por Verónica Firme

Fuente: http://www.ipsnoticias.net/2018/01/sin-lugar-esconderse-del-cambio-climatico-pacifico-sur/

http://www.eldiario.es/andalucia/NovusOrbis/Migraciones-cambio-climatico_6_683541643.html

Los migrantes, una nación sin pueblo, no sólo tienen que huir de otros hombres para sobrevivir, con el colapso climático, también deben huir del planeta. Son los migrantes climáticos. Sienten en su cuerpo la inhospitalidad de la Tierra y además reciben en su rostro la escasa solidaridad y ausencia de fraternidad de sus nuevos vecinos. La patria, para aquellos a los que esta palabra todavía dice algo, sólo significa la imposibilidad de sobrevivir. Son nuda hominum. Hombres desnudos, despojados de todo estatuto jurídico, al no ser reconocidos por el derecho internacional como refugiados y no haber ningún régimen legal que los proteja.¿Puede llegar a ser el colapso climático un instrumento biopolítico de control de flujos migratorios y dominación?

Sujetos políticos en su país, pero sin estatuto jurídico en su éxodo, los migrantes climáticos se han convertido en sujetos de segunda clase. No están pero son retenidos. El resultado de esta indefinición es la paradójica figura de los «expulsados retenidos». Meras existencias de frontera. Vidas desnudas ante el poder soberano de la Naturaleza y del Estado, a la que quedan reducidos los seres humanos sin derecho ni ciudadanía. En ellos la trilogía clásica estado-nación-territorio queda truncada. Pero desde su abandono y desprotección nos interrogan. Ponen en cuestión nuestro estatuto de ciudadanos de la Unión Europea, blancos y occidentales, titulares de derechos.

Europa es un punto neurálgico para las migraciones climáticas que llegan desde África y Oriente Próximo. Pero para muchas personas será imposible huir. Sólo quienes gozan de buena salud o posen más recursos podrán emprender el éxodo, el abandono de todo lo que son y de todo lo que tienen. Las poblaciones inmovilizadas entretanto habrán de padecer situaciones humanitarias más graves que quienes emigran. Muchos serán abandonados a su suerte en zonas semiabandonadas, inhóspitas, sin la protección del estado y en contextos angustiosos. Es necesario preguntarse, por ello, si cuando el colapso climático se haga más profundo, estas regiones pueden llegar a convertirse en «espacios de excepción» donde todo sea posible, a modo de modernos campos de concentración. Sin alambres de púas, barreras, rejas, sólo con barreras climáticas.

 

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Pero las migraciones climáticas no son un patrimonio exclusivo de los países pobres. Habrá también desplazamientos climáticos masivos en el interior de los países ricos. Dentro de la propia Unión Europea. Y en el interior de los países que la integran: Almería y Murcia comenzarán a despoblarse a partir de 2040, debido a la sequía y al aumento de la temperatura. Y también los habrá de países ricos hacia países pobres: desde EE.UU. hacia México, como prevé el gobierno de este país.

¿Cuáles son entonces los derechos de los migrantes climáticos? ¿Quién será responsable del bienestar económico y de la nueva ubicación de las masas de desplazados en un planeta más caliente, que hoy hace huir a 25 millones de personas, que se espera se incrementen hasta los 250 millones en 2050 y que sean 1.200 millones en 2080, según la ONU y ACNUR? ¿Quién garantizará los derechos de quienes queden inmovilizados en sus lugares de origen?

Hasta ahora estas preguntas se han respondido desde el puro azar de haber nacido en uno u otro lugar: no hay distinción entre nacimiento, nación y ciudadanía. Los «derechos son atribuidos al hombre en cuanto soporte del ciudadano» de un estado-nación. El migrante climático –al igual que todo refugiado− rompe esa unidad. La inclusión diferenciada de nacionales y de migrantes −a los que se les reconocen derechos civiles y sociales pero no derechos políticos−, hoy es una concepción obsoleta de la ciudadanía. La dinámica planetaria de la crisis climática no conoce contextos de interacción enmarcados dentro de las fronteras y la exclusión de los migrantes –también climáticos− es incompatible con la igual relevancia moral de todos los seres humanos. Esta dinámica deja al desnudo la política migratoria de la UE: insolidaria y con un alto coste económico y moral, al desplazar a terceros países las masas de desplazados −y con ellos las consecuencias de la depredación de esos países y la emisión sin control de emisiones de CO2, realizadas durante más de 150 años por los países que la integran y el resto de países de industrialización temprana— para contener a los migrantes en las fronteras de esos países, a cambio de elevadas cantidades de dinero −caso de Turquía o Marruecos−.

El colapso climático y los desplazamientos humanos masivos han colocado sobre la mesa la necesidad de una nueva concepción de la ciudadanía y el debate fronteras abiertas/fronteras cerradas. Constata este evento la necesidad de desplegar políticas de protección, no de seguridad.

Habrá que definir, por tanto, un nuevo marco conceptual que defina el estatuto de quienes huyen, de quienes quieren huir y no pueden y de quienes no huyen. G. Agamben nos muestra cual puede ser el camino: el abandono de los conceptos fundamentales que representan los sujetos de lo político −el hombre, el ciudadano y sus derechos, el pueblo soberano, el trabajador− y la reconstrucción de la arquitectura política desde la figura del refugiado: «el concepto guía ya no sería el ius del ciudadano, sino el refugium del individuo.» El refugiado aparece como una categoría ético-política que delimita las otras categorías clásicas que han servido para validar las estructuras e instituciones en que nos movemos. «En cuanto habitante externo de un orden que no le reconoce como ciudadano pleno, contiene la potencialidad ética y política para cuestionar ese orden.»

El colapso climático plantea la paradoja que el planeta es nuestro único refugio, al tiempo que más partes del mismo dejan de serlo cada día. Esto convierte a las ciudades, cada vez más, en espacios de refugio, no sólo para los que huyen, también para para quienes no huyen. Significa esto que todos debemos aprender a reconocer el refugiado que somos, aunque estemos inmóviles. Así está nuestro paraíso azul.

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