Espanya davant del col·lapse

Continuació del seu anterior post (http://crashoil.blogspot.com.es/2017/06/cataluna-ante-el-colapso.html), Antonio Turiel desgrana poc a poc el que pot passar a la península Ibèrica en funció de l’evolució dels recursos (tant energètics com no energètics). L’anàlisi no tant sols afecta a Catalunya i Espanya sinó que també parla d’Europa i els USA.

martes, 13 de junio de 2017

España ante el colapso

Queridos lectores,

En el post anterior discutíamos cómo una eventual secesión de Cataluña podría acelerar el colapso de España (posiblemente aderezado con la secesión de más territorios, como comentábamos hace tiempo). Un colapso temprano y precipitado como el que sobrevendría es lógicamente percibido como algo negativo por nuestras élites, por todo por lo que les supondría de pérdida de poder tanto político como económico, y la final y efectiva desintegración de nuestro sistema económico. Justamente por eso, dado su carácter destructivo e inestable (ahora más que insostenible), un colapso rápido de nuestro sistema económico evitaría profundizar más en la degradación ambiental y también en el agotamiento de recursos básicos para nuestra supervivencia futura, ya que cuando los combustibles fósiles avancen en su declive terminal será el medio natural el que, como habitualmente a lo largo de la Historia, nos proveerá de los recursos que necesitemos.

Delante del desafío independentista catalán, desde España sólo se ha sabido dar una respuesta autoritaria y poco abierta a la negociación. Eso, por supuesto, ha espoleado el sentimiento nacionalista e independentista entre una buena parte de la población catalana, ya bastante avivado por los muchos años de agravios en la gestión de la cosa pública que muchas veces miraba a Cataluña como un recurso a explotar y cuyas demandas simplemente se ignoraban. Esa visión extractivista de la periferia que sostienen las élites españolas no se ha dado, por supuesto, sólo hacia Cataluña (durante mi infancia y adolescencia en León, no pocas veces pude escuchar críticas hacia el hipercentralismo, y contra el desdén respecto a las necesidades de los que vivíamos “en provincias”), pero siendo Cataluña un territorio más rico en lo económico y con una cultura y lengua propia en lo cultural es en ese territorio que se ha podido hilvanar un relato más consistente que en otros lugares, un relato que describe el extractivismo centralista de un conflcito de “ellos contra nosotros” (cosa nada fácil de hacer en un lugar como León, por ejemplo, pues tal distinción está lejos de ser evidente). Pero teniendo en cuenta, precisamente, la historia común de Cataluña con España, la disgregación del territorio de Cataluña no es ni mucho menos el único ni necesariamente el más probable de los escenarios en el corto plazo para España.

Cuando escribo estas líneas, el Govern de la Generalitat ha anunciado ya la fecha y pregunta del referéndum que dicen querer realizar el próximo otoño para preguntar a la población de Cataluña sobre la continuidad de esta hoy comunidad autónoma en el seno de España. El Gobierno de España está en una posición de esperar acontecimientos, y es seguro que en cuanto el Govern firme la primera ley o decreto con la que pretenda dar cobertura legal al referéndum y al proceso de autodeterminación, el Gobierno de España comience a recurrir todas esas disposiciones legales ante las instancias jurídicas… españolas, pues, ¿en qué otro lugar podría hacer tal cosa? Pero si justamente éste es un conflicto de legitimidad, y no de legalidad, la respuesta no podría ser más errónea. Pues al final de ese camino sólo queda una salida: si, de acuerdo con la vía que ya ha utilizado anteriormente y que previsiblemente utilizará en el futuro, el Gobierno español consigue que se consideren ilegales todos esos actos de la Generalitat, el paso siguiente e inevitable es la aplicación del código penal español; y en caso de resistencia tendrá que ser usando el monopolio legítimo de la violencia que le da el ser un Estado. Pero, justamente, lo que está en cuestión es la legitimidad, y este choque de legitimidades sólo puede terminar, de proseguir por ese camino, en violencia, violencia legítima contra ilegítima, al decir de unos, o al revés, al decir de los otros (quizá para reclamar el monopolio de la violencia legítima es por lo que el ejecutivo catalán ha incluido de manera alambicada la palabra “Estado” en la pregunta del referéndum). Para el ejecutivo español, la celebración del referéndum es un casus belliabsoluto, pues saben de sobras que el resultado del mismo podría perfectamente ser un “sí” a la independencia (las tornas están bastante igualadas, pero la intransigencia española y el grado de corrupción de las altas magistraturas españolas no ayudan demasiado a la causa del “no”). Desde la perspectiva centralista y extractiva del gobierno de Madrid, la eventual secesión de Cataluña es completamente inaceptable, de ahí su completa y rotunda negativa a la celebración del referéndum, usando complicadas perífrasis para intentar justificar que lo más democrático “es no votar”.

Mis amigos independentistas están convencidos de que la presión internacional obligará a España a negociar, y que en realidad el proceso de secesión de Cataluña llevará el tiempo, años, que se requiere para hacer efectiva una separación de esta complejidad. Por mi parte, con un pie a un lado y otro de la frontera que separa Cataluña de lo que aún se puede llamar “el resto de España”, estoy convencido de que la respuesta española será el uso de la fuerza. Los más enardecidos en el campo nacionalista catalán están deseando que las imágenes de la represión española salten a los noticiarios de los principales países europeos y que al final el clamor de la denominada “comunidad internacional” obligue al Gobierno español a detener la violencia, y como consecuencia a aceptar que no le queda otra que negociar con el separatismo catalán. Que se llegue a tal situación o no depende, fundamentalmente, de los pros y contras económicos de tal secesión, sin olvidar que la eventual separación de Cataluña de España daría brío renovado a tantos movimientos separatistas en Europa, hasta ahora bastante acallados,desde Escocia hasta la Padania, desde Córcega a Baviera, desde Bretaña hasta Euskadi.

Aunque no se puede descartar la “salida negociada” a la crisis, creo que, para desgracia de quienes creen en una salida de Cataluña relativamente poco traumática,  los vientos de la Historia hace tiempo que han cambiado en Europa y soplan ahora de proa. Pues hace tiempo que Europa, que en otro tiempo se llenó la boca de “respeto a los derechos humanos”, ha caído en una espiral belicista y autoritaria, imparable sin una revolución de base. Una Europa que ignoraría el clamor catalán aunque fuera reprimido a sangre y fuego. Y la razón de este giro deshumanizante radica, a mi entender, en la estrategia de las élites europeas para abordar la escasez de recursos naturales que viene.

El problema de la escasez de recursos naturales, que es sobre el que gravita todo este blog, es conocido desde hace mucho tiempo por las élites europeas. Numerosos son los documentos de trabajo que lo recogen, e incontables las reuniones de diversas comisiones, con asistencia de expertos, donde el tema se ha tratado. Todo es conocido sobradamente, y aunque a veces hay destellos de tecnooptimismo infundado, confiando en la tecnología extractiva del día, lo cierto que esnuestras élites son mucho más conscientes de la magnitud del problema de lo que quieren reconocer públicamente. En los últimos tiempos se ha utilizado el espejismo del coche eléctrico como un elemento discursivo tranquilizador de las clases medias mayoritarias en Occidente, a pesar de que las propias élites son más que conscientes de que el coche eléctrico es una quimera y que no va a la raíz del problema, que es la progresiva disminución de la cantidad de energía que va a llegar a Europa durante las próximas décadas. En todo caso, las élites europeas hace tiempo que saben perfectamente cuál es el camino a seguir, y la elección de Trump en los EE.UU. empuja con más fuerza a Europa a seguir ese camino: el del autoritarismo dentro de sus fronteras y de la guerra fuera.

Los últimos movimientos de Donald Trump en los EE.UU. hacen cada vez más evidente algo que ya señalamos aquí hace tiempo: los EE.UU. están tendiendo a desviar fondos para rescatar a su industria extractiva (fundamentalmente, la petrolera), que está en franca bancarrota. La idea es que, a base de desviar recursos públicos para apuntalarla (indirectamente vía reducción de impuestos, directamente vía subvenciones y rescates), se consiga que los recursos fósiles estadounidenses sean explotados. EE.UU. tiene la suerte (desde el punto de vista de sus élites extractivas) de contar con abundantes recursos autóctonos de combustibles fósiles, pero aquellos de mayor calidad hace tiempo que están en retroceso, y lo que le va quedando es de una calidad tan baja y es tan difícil de explotar que ha llevado a numerosísimas empresas a la quiebra durante la última década, tanto en el sector del carbón como en el del gas y, por supuesto, el del petróleo. Se alude continuamente a que los bajos precios actuales son los que causan esta debacle, cuando se sabe perfectamente que en el período con los precios medios del petróleo más altos de la historia la industria perdía dinero a manos llenas (y obviamente mucho más ahora mismo). Por otra parte, y a pesar de la frecuente alusión al militarismo de Trump, sus acciones son generalmente más dirigidas a un cierto repliegue táctico que no al avance militar. Es en este contexto que se tienen que entender las declaraciones de Trump al poco de tomar posesión de su cargo: los aliados tienen que asumir el coste económico de las aventuras militares en el exterior, pues EE.UU. se ha cansado de hacer el trabajo sucio pro bono. Y es que, en la visión de los halcones que ahora sobrevuelan Washington, EE.UU. tiene recursos para ir tirando durante una temporada larga, aunque eso suponga la reducción de prestaciones sociales y que una parte importante de su población se hunda en la Gran Exclusión, en tanto que los recursos que puede conseguir manu militarien el exterior resultan ser mucho más caros y menos rentables. En suma, EE.UU. no necesita recurrir a las armas para garantizarse durante las próximas décadas un cierto grado de bienestar (menor que el actual, pero aún considerable), mientras que el beneficio de las guerras exteriores no paga en absoluto sus costes. Pero ésa no es, en absoluto, la situación de Europa.

Europa dispone de escasos recursos fósiles propios, los que hay están muy explotados (petróleo y gas del Mar del Norte, carbón en Alemania y Reino Unido) y se están usando todo lo que se puede (véase, por ejemplo, el recurso creciente al carbón nacional en Alemania, en medio de su famosa y muy publicitada pero poco conocida Energiewende). Para Europa, continuar con algo parecido a la sociedad industrial actual implica conseguir fuera de sus fronteras los recursos fósiles y el uranio que necesita para mantener sus fábricas en marcha. Pero, ay, el mundo en su conjunto ya está muy explotado, y aunque las cantidades de recursos que quedan por explotar son aún vastísimas, ya no dan para satisfacer el voraz apetito de tantos comensales; encima, los que se han unido más recientemente al banquete reclaman con fuerza (y con razón) su parte. A Europa, que hasta ahora había confiado en el denominado “libre mercado” como vía principal para garantizarse el acceso a esos recursos, no le queda ya más remedio que ir a la guerra para asegurarse que estas materias van a donde deben ir. Así se metió Francia en la guerra de Malí y por motivos similares en la de Siria, y así se irán metiendo progresivamente las potencias europeas en otras guerras, en ocasiones contratando los servicios mercenarios del ejército de los EE.UU., el cual su presidente ha puesto a disposición del mercado. En esencia, EE.UU. no va ayudar a Europa a salir de su pozo, sino que se va a centrar en no caer él mismo en esa sima; pero si los europeos quieren contratarles, pues perfecto: a fin de cuentas, el estadounidense es el ejército mejor pertrechado del mundo y de hacer la guerra saben un rato largo.

No falta demasiado tiempo para que las restricciones que imponen la escasez de recursos comiencen a manifestarse indisimulablemente en Europa en general y en España en particular. De momento, Europa adopta un plan de abandono nada progresivo y sí muy agresivo de los coches de diésel, con el aliento del pico del diésel en el cogote. El problema que plantea la caída de la producción de diésel, más temprana y más precipitada que la del petróleo, era algo que se podía haber anticipado hace años, pero la doctrina neoliberal que impera en el pensamiento económico hoy en día hace imposible hablar de mecanismos de ajustes entre oferta y demanda diferentes de los de un mercado presuntamente libre y eficiente. De la misma manera, se empieza a hablar de manera abierta de que los milennials tendrán menos coches y recorrerán menos kilómetros, y que la fórmula de movilidad del futuro que adoptarán estas nuevas generaciones de jóvenes decididos son la compartición de vehículos y el redescubrimiento de lo local, toda una loa a hacer de la necesidad virtud. Por la misma razón, la imposibilidad de los países occidentales de incrementar su consumo de petróleo por el estancamiento, si no declive, de la producción mundial, y la competencia de otras regiones por esos mismos recursos, se vende bajo el falaz discurso del “pico de demanda” o peak demand (cosa que sabemos que los datos no sustentan mínimamente). Estamos viendo que el relato colectivo que poco a poco se va haciendo permear, en el que las sociedades occidentales van siendo lentamente adoctrinadas, es uno en el que se aceptan como decisiones razonables de consumidores concienciados y responsables lo que no es más que una imposición externa, una imposibilidad de seguir creciendo en nuestro consumo, una necesidad de adaptarse a un mundo con límites.

No todo va a ser tan sencillo; la publicidad o propaganda tiene una efectividad muy grande, pero no ilimitada. Al recurrir a recursos conTasas de Retorno Energético (TRE) cada vez más bajas, una proporción cada vez mayor de la población tendrá que trabajar en la mera producción de energía y mucha gente se verá reducida a la mera subsistencia. De hecho, el intento de mantener un sistema económico orientado a la producción y al consumo a pesar de la evidencia creciente de la escasez de recursos lleva a plantearse graves dilemas sobre el futuro del orden social, y en última instancia sobre la viabilidad o incluso el interés de mantener este sistema económico y productivo. Dada la inercia mental y social de las élites, que ven cualquier posible cambio como una amenaza a su status quo, lo más probable es que intenten mantener a ultranza el sistema actual, usando para ello los resortes de la violencia legítima de los Estados, los cuales ya hace tiempo que han cooptado (¿a quién se le oculta que los Estados legislan y ejecutan más en favor de las grandes corporaciones que de los ciudadanos de a pie?). Por eso, a medida que una proporción mayor de la población caiga en la semiesclavitud y la exclusión, simplemente para mantener lo que se pueda mantener de la sociedad industrial, será necesario usar cada vez dosis mayores de represión y legislación cada vez más autoritaria, eventualmente llegando a la supresión de derechos civiles hoy en día considerados irrenunciables e inalienables.

¿Cómo queda España en este contexto? Teniendo en cuenta el seguidismo cerril que hacen nuestras élites de las élites europeas, y que en Europa el escenario que se prefigura es el del autoritarismo y el belicismo, lo más probable es que España acabe embarcándose en aventuras militares en el exterior, de la mano de sus aliados, al tiempo que incrementa la presión interior para reprimir la disidencia. No debemos olvidar que en Francia el estado de emergencia (que se prolonga ya desde hace dos años) permitió una represión violenta de los grupos ecologistas que quisieron manifestarse contra la farsa de los acuerdos de la cumbre sobre el clima de París, en diciembre pasado. En España tenemos ya una ley, denominada por muchos “mordaza”, que permite a la policía perseguir y encausar a personas que osen fotografiarlos por la calle, o incluso simplemente protestar verbalmente por abusos patentes de la autoridad. Tal y como están las cosas, no debería extrañarnos ver dentro de unos años una misión militar europea con la participación de España a Argelia o algún otro país norteafricano (o incluso más al sur), intervención que será jaleada por los medios de comunicación sin duda.

El gran problema de las guerras como método de asegurarse recursos es que solamente el pillaje tiene un retorno energético y económico suficientemente bueno. Pero asegurarse el flujo de recursos minerales, particularmente petróleo, implica un gran esfuerzo de control sobre el terreno, pues las minas se han de mantener abiertas y los pozos bombeando, y eso tiene un coste y un desgaste enorme, como se ha visto con la intervención militar de los EE.UU. en Irak. Sin ese control férreo, la producción del país “liberado” cae en picado en medio del colapso social y la lucha abierta entre facciones dirigidas por señores de la guerra. Como ejemplo próximo en el espacio y en el tiempo, fíjense en la situación de Libia, actualmente dividida en dos grandes facciones y decenas de otras más pequeñas, y donde la producción de petróleo pasó de los 1,6 millones de barriles diarios en la época de Gadafi a los poco más de 200.000 de ahora mismo, la mayoría de los cuales usados para engrasar el conflicto interno, que tiene todos los visos de enquistarse ad eternum. Por tanto, las campañas militares que emprenderá España junto con sus igualmente desesperados aliados europeos serán costosísimas en términos económicos y humanos, y sus costes no serán compensados por los beneficios conseguidos. Beneficios, además, que serán cada vez repartidos entre menos, lo cual acrecentará el descontento social en España (y por ende en Europa), y eso obligará a más autoritarismo y más represión.

A la larga, después quizá de una o dos décadas de campañas militares ruinosas, probablemente después de un desastre militar (pues el propio ejército se resentirá después de años de restricciones también en su presupuesto), el Estado español colapsará, de manera rápida, dramática y probablemente violenta. En ese proceso de colapso, todas las nacionalidades reprimidas aflorarán con fuerza, con lo cual lo más probable es que la nación española se disgregue en al menos media docena de nuevas naciones. Este escenario de colapso tardío, cuando procesos similares estarán teniendo lugar en Europa, es mucho peor que un escenario de colapso rápido y relativamente temprano que proporcionaba la secesión de Cataluña que comentábamos en el postanterior, entre otras cosas porque la probabilidad de que muchas de las nuevas naciones acaben en un régimen de tipo feudal será más elevado. Por eso, no es evidente que la más que previsible represión del separatismo catalán sea el mejor camino por el que pueda transitar España.

En cuanto a mi, y reflexionando en todo lo que arriba he expuesto, creo que quizá dentro de unos meses tenga que pasarme una temporada en el campo, en la masía, recluido y alejado del fragor de lo que pase 150 kilómetros más al sur (esta distancia sí que me la sé), a esperar que las aguas se calmen. Ojalá que cuando eso suceda lo que nos encontremos no sea un cenagal.

Salu2,
AMT

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