D’apocalíptics, anticapitalistes i postcapitalistes

Dos articles de nou relacionats, però publicats en diaris diferents. El primer és el publicat en el bloc d’Antonio Turiel (veure http://crashoil.blogspot.com.es/2017/05/anticapitalismo-y-postcapitalismo.html), i és una interessant reflexió sobre el que passa quan una persona informada critica el capitalisme.

El segon, publicat al diari “Rebelión” (veure https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226559), va sobre el terme apocalíptic – utilitzat sovint de forma despectiva – que li colguen a un quan fa segons quines previsions després de criticar el capitalisme.

I és que el capitalisme, més concretament el BAU o paradigma actual basat en el créixer-créixer, es troba arrelat en el subconscient de la majoria de persones. D’això s’encarreguen els nostres polítics – triats per els que dominen el món – i els mitjans d’informació dòcils amb el poder. Tota crítica al paradigma, a la mamella d’or dels poderosos, significa rebre atacs per tot arreu……

El problema es que no fre res, deixar que tot segueixi igual, significa en aquests moments anar abocats cap el col·lapse……

jueves, 11 de mayo de 2017

Anticapitalismo y postcapitalismo

Queridos lectores,

Es una historia repetida. Una persona concienciada comienza a investigar sobre las graves cuestiones de sostenibilidad y de viabilidad que aquejan a nuestra sociedad, y a medida que se va acercando a las causas profundas de los problemas observados se va dando cuenta poco a poco de que el problema es completamente estructural, que surge de un grave error de diseño del edificio social. Es sólo cuestión de tiempo que pase de hablar de vaguedades (como “el sistema”, “escala de valores”, “hábitos” o “alienación social”) a hablar claramente de la raíz última de los problemas: “capitalismo”. Da igual si esta persona se interesa por los problemas de la desigualdad social, de la superpoblación, la pérdida de biodiversidad, el acceso al agua, la alimentación, el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la gestión de las ciudades, las pesquerías, los recursos boscosos, la conservación del patrimonio artístico, la exclusión social, la gentrificación, la especulación inmobiliaria, la locura de los derivados financieros, la corrupción política, la gestión del territorio… Al final, al cabo de mucho tiempo y aunque a veces sea de manera reluctante todos acaban yendo a cuestionar el capitalismo.

No somos niños, hemos crecido y hemos sido educados en esta sociedad y sabemos qué significa hablar mal del capitalismo. Es criticar al capitalismo y surgen sarpullidos en nuestros oyentes. Incluso aunque uno haga una exposición pausada, poco emocional, basada en datos y argumentos, en el momento en el que uno pone en cuestión el capitalismo se suele producir una reacción contraria, en ocasiones virulenta.

Para mucha gente, el capitalismo forma parte de un conjunto de verdades aprendidas, y que no puede ser cuestionada porque es la base de nuestro edificio social. De manera muy poco crítica, estas personas interpretan que criticar el capitalismo significa querer destruir esta sociedad, sin que a quien está criticando le importe el caos que suponen que sobrevendría al fin del capitalismo. Por esa razón, en no pocas ocasiones pronunciar ciertas palabras desencadena toda una retahíla de clichés, de respuestas aprendidas y estandarizadas, que intentan reducir tal tipo de razonamientos y posiblemente a quien los sustenta a la categoría de inadaptado social, enfatizando el peligro que supondría para la sociedad seguir tan estrambóticas, alocadas y poco reflexionadas ideas.

El adjetivo habitual con el que se cuelga un sambenito al crítico del capitalismo es el de “radical”. No quiere decir eso que no se pueda ejercer un cierto grado de crítica, pues hasta los más adeptos al presente sistema se dan cuenta de sus muchas disfunciones, pero lo que separa la crítica socialmente aceptable de la locura revolucionaria se marca con ese adjetivo, “radical”. Se puede ser “ecologista”  y defender la conservación de la naturaleza, los pajaritos y las flores y todas esas cosas, pero no se puede ser “ecologista radical” y pretender cosas como poner en peligro el crecimiento económico por futesas como el equilibrio térmico del planeta o el envenenamiento de ríos y océanos. Se puede ser “de izquierdas” y tener cierta preocupación social, afán redistributivo e inclinación hacia el igualitarismo, pero no se puede ser “de izquierda radical” y dejarse ir en una orgía estatalista y comunistoide que mataría al loado y muy eficiente libre mercado. Se puede, en suma, hacer una crítica social, pero no se puede ser radical y pretender cambiar todo, o peor que eso, lo que es intocable.

Dentro de la general perversión del lenguaje que domina nuestro tiempo (fenómeno éste, como otros observados, propio de las civilizaciones decadentes) está la confusión de términos. La palabra “radical” debería ser percibida como algo positivo, pero su uso repetido y único en cierto contexto la ha desposeído de su significado original y le atribuye otro diferente y negativo. Como tantas veces le he escuchando decir al maestro Pedro Prieto y a otros (hace unos días, a Marcel Coderch), ser radical es algo positivo, puesto que la palabra radical significa “aquello que va a la raíz”. Justamente es de análisis superficiales de lo que vamos sobrados, y lo que más se necesita es ir a la raíz de los problemas, entender su origen último para poder corregir los problemas, actuando ya desde su comienzo.

Es también común que la persona concienciada que comentábamos al principio del post, si persevera en su empeño, se vuelva radical en el sentido propio de la palabra (es decir, que se afane en buscar el origen último de los problemas); pero al encontrar una y otra vez reacciones desabridas a sus reflexiones y comentarios, y al desesperarse viendo la vigencia y urgencia de actuar contra los problemas que tiene bien identificados se acabe volviendo radical en el sentido impropio (es decir, alguien inadaptado socialmente y con una actitud combativa y deletérea con respecto al sistema social vigente), esencialmente adoptando el role que los otros le atribuyen. Lo cual contribuye a cerrar el círculo y ayuda justamente a perpetuar el mito del peligro de la radicalidad en sentido propio, al asociarse a su sentido impropio.

Un ejemplo de esta adopción en falso de la radicalidad impropia por la propia lo encontramos en el uso del término anticapitalista. El término anticapitalismo en sí mismo es una demostración acabada de la radicalidad impropia, puesto que define una posición ideológica (seguramente muy rica y fundada teóricamente) sobre la base de una oposición a algo, en este caso al capitalismo. Formulado así, el anticapitalismo no puede existir sin la existencia del capitalismo, al cual se opone y combate. De ese modo, la denominación anticapitalista lleva asociada la derrota implícitamente, pues lo que evoca es la oposición a todo aquello que la gente asocia al capitalismo (sea o no parte de él), que al final es la oposición a todo lo que la gente común es y aspira a ser. Y no es que no haya multitud de cosas en el capitalismo a las que se necesita oponerse firme y frontalmente; incluso, es lógicamente defendible que los problemas del capitalismo son tan fundamentales, están tanto en su raíz, son tan radicales en suma, que no queda más remedio que oponerse a su idea misma desde los primeros principios. Sin embargo, la denominación “anti”, por su carácter iconoclasta y de oposición, sólo puede generar el rechazo de los socialmente integrados y de los que sin serlo aspiran a ello; y rizando el rizo de la perversión lingüística, actúa como imán de ciertos inadaptados que, ellos sí, buscan la destrucción de todo por la destrucción misma. La perversión intelectual llega a su paroxismo cuando, ayunos de otros apoyos, las corrientes anticapitalistas abrazan a esos balas perdidas como “de los nuestros”, en algunos casos haciendo propias sus muchas veces absurdas y destructivas causas. Llegados a punto, la derrota intelectual y moral es completa.

No caer en las trampas del lenguaje que con cierta habilidad van tejiendolos adalides del capitalismo resulta fundamental si uno quiere que la empresa de superación de los errores del capitalismo tenga la más mínima oportunidad de éxito. Por esa razón, es preciso abandonar denominaciones como “anticapitalismo” en beneficio de otras más adecuadas, como por ejemplo podría ser “postcapitalismo”. Pues el objetivo final del activista social, ecológico o científico no es, o no debería ser, la destrucción del capitalismo, sino su superación. No se trata de destruir un edificio social que es fruto de una evolución con cierta lógica histórica y que ha cosechado muchos éxitos (aunque llevando consigo también muchos y muy graves fracasos), sino de hacerlo evolucionar para superar los problemas cada vez más graves y de abordamiento inaplazable. No se trata tanto de hacer una causa general contra los ganadores de la globalización y la hiperfinanciarización del mundo como de construir nuevas maneras de organizarse socialmente y de asignar los recursos en un mundo acuciado por tantas dificultades y limitaciones que impedirán que el capitalismo pueda durar ni tan sólo unas pocas décadas más, un mundo con unas reglas del juego nuevas que provocarían nuestro colapso si no somos capaces de abandonar el capitalismo por un sistema mejor adaptado a los retos del siglo XXI.

Es verdad que algunos sectores aspiran a propinar un cierto castigo de los promotores del capitalismo, pero, ¿quiénes han sido? ¿Hablamos de hombres que vivieron hace doscientos años o de los que hoy en día siguen haciendo las cosas del mismo y suicida modo?. Y si miramos el problema desde la perspectiva de quién se ha beneficiado, ¿a quién contaremos, a aquellos que se han beneficiado más? ¿Más con respecto a qué? Posiblemente un occidental de clase media se ha beneficiado mucho más que el 80% de la población del planeta. El revanchismo conlleva una cierta carga de moralización, de sentimiento de superioridad moral de la parte de quien aplica el castigo sobre el castigado, y es por tanto subjetivo y completamente opinable. Quizá, y dada la urgencia y necesidad del momento, convendría más concentrar los esfuerzos en la transición inaplazable y si acaso señalar con el dedo no aquéllos que percibimos, y que son, los claramente beneficiados en el momento actual, sino a aquéllos que ponen trabas para efectuar esta transición.

Pero volviendo a la cuestión terminológica, hay gente que lleva muchos años en la brega del activismo social, ecológico o científico que mira con recelo la adopción de la terminología “postcapitalista” por su tibieza, y que con cierta razón señalan que tal término puede ser cooptado por los mismos de siempre y que su significado sea pervertido (análogamente a lo que pasó con el término “verde”, que dio origen al de “capitalismo verde”, o al de “sostenible”, que dio lugar a la aberración conceptual del “crecimiento sostenible” o del ligeramente menos aberrante “desarrollo sostenible”). Eso es cierto, y además es lógicamente esperable que cuando el duro choque contra los límites biofísicos del planeta vaya haciéndose más evidente e innegable veamos aparecer propuestas “postcapitalistas” emanadas de think tanks crecentistas: recuerden cómo el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy habló de “refundar el capitalismo”, aunque en realidad seguramente pensaba en hacer los cambios mínimos posibles para que la cosa continuase. Pero es que en realidad el postcapitalismo no es una ideología sino una categoría; no es un término para condensar todas las posibles corrientes de pensamiento económico-social, sino más bien un trazo descriptivo que las agruparía a todas, incluyendo a las más continuistas. Además, el postcapitalismo es un término transitorio, pues aunque no se posiciona contra el capitalismo se sitúa justamente después de él, y por tanto lo sigue tomando como referencia. Poscapitalismo sólo marca una dirección a seguir y que sólo vale ahora, mientras estemos donde estamos; pero una vez alejados de los arrabales del capitalismo conviene designar aquello de que se trate exclusivamente por un término propio, que le designe por sí mismo y no con respecto a otra cosa, ya sea ecosocialismo, ecofeminismo, decrecentismo, municipalismo radical o lo que se quiera. También, el término “postcapitalismo” debe entenderse como un rasgo de toda proposición constructiva para superar el capitalismo, que busca más dotarnos de herramientas para superar el actual reto histórico que no un ajuste de cuentas moral. Es, en ese sentido, que al discutir de los límites del crecimiento y al buscar nuestro camino incierto para la transición, todos deberíamos considerarnos con orgullo radicalmente postcapitalistas.

Salu2,
AMT

Apocalípticos, ateos y de izquierda: cambio climático, guerras nucleares y sexta extinción masiva
La izquierda diario
Reflexiones en torno al conocido libro bíblico a partir de las últimas elaboraciones de Naomi Klein, Noam Chomsky y Pedro Prieto y los límites ecológicos del planeta.

Cualquiera que haga una lectura crítica del capitalismo termina en algún momento en una visión catastrofista del futuro. En algún momento la avaricia del presente terminará estrellándose en una guerra mundial, en un colapso industrial sin precedentes, en la creación de un virus transgénico que dejará estéril a la humanidad o bien en una dictadura global del 1 %. Pero de catastrofista a apocalíptico hay una larga distancia. Veamos.

El adjetivo “apocalíptico” en general es usado en forma descalificativa. A diferencia del término “colapsista”, del que muchos se hacen cargo, el tilde de “apocalíptico” tiene un sentido peyorativo, destinado a los que ante un problema X perciben un desenlace más desastroso que las peores posibilidades que imagina la media, algo así como el escenario peor imposible. Tal vez el contrario de la utopía, seguramente mejor que el término “distopía”. Las distopías plantean que una espiral descendente de algún problema del presente nos lleva a un mundo catastrófico en términos de ficción. Pero el Apocalipsis que no es leído como ficción sino como profecía, como hecho que sí va a ocurrir plantea que todos los problemas se presentarán juntos, así como la utopía (comunista, anarquista, la que sea) nos lleva a un lugar ideal en todos los sentidos.

La palabra suena en todas las cabezas de una manera distinta. Vemos “imágenes apocalípticas” cuando un drone nos muestra la ciudad de Aleppo en Siria, después de un terremoto como el de Nepal, al pasar el tifón Hayan en Filipinas o el tsunami en las costas japonesas por señalar algunos eventos de esta década. Pero “El Apocalipsis” no es eso, quizás esos sean algunos “eventos apocalípticos”. El Apocalipsis, que no es otra cosa que un capítulo del Nuevo Testamento de La Santa Biblia, escrito por San Juan o alguno de sus seguidores, habla de una destrucción a nivel global.

Pero ¿Cómo sería este punto de contacto entre intelectuales ateos de izquierda y un concepto religioso, promocionado quizás para generar miedo y sumisión y respetar un orden moral? Dos escritores muy leídos por la izquierda sacaron sendos libros donde nos dan a entender que estamos próximos a algo semejante al Apocalipsis. Me refiero a Naomi Klein y Noam Chomsky.

Chomsky

Del estadounidense se acaba de publicar en castellano el libro ¿Quién domina el mundo? (Ediciones B, 2016), que nos trae un capítulo denominado “El reloj del Apocalipsis” donde nos apunta dos temores fundamentales: el cambio climático y el peligro de una guerra nuclear. Así comienza:

“En enero de 2015, el Bulletin of the Atomic Scientist avanzó su famoso Reloj del Apocalipsis y lo puso a tres minutos de la medianoche, un nivel de amenaza que no se había alcanzado en treinta años. La declaración del Bulletin justifica que adelantara el reloj hacia una catástrofe invocando las dos principales amenazas a la supervivencia: armas nucleares y “cambio climático descontrolado”. El llamamiento condenaba a los líderes mundiales que “no han sabido actuar con velocidad o en la escala requeridas para proteger a los ciudadanos de una potencial catástrofe”, poniendo en peligro a “todas las personas de la Tierra al no cumplir con su deber más importante: garantizar y preservar la salud y la vitalidad de la civilización humana”.

“Desde entonces, ha habido buenas razones para pensar en volver a adelantar el reloj y poner las manecillas más cerca del Apocalipsis”.

Cuando continuamos la lectura del capítulo encontramos una breve síntesis de los problemas climáticos pero sobre todo gran preocupación (e información) sobre la cuestión nuclear. El libro fue publicado antes de la asunción de Trump y, poco después de las elecciones, en una conferencia para el vigésimo aniversario de Democracy Now! El autor decía:

“Quiero dirigir unas palabras en especial a los jóvenes que se encuentran dentro del público: Ustedes enfrentarán problemas que no han surgido en más de 200.000 años de historia de la humanidad. Serán problemas difíciles y exigentes. Se trata de una carga que no se puede ignorar. Y todos nosotros, pero sobre todo ustedes en particular, tendrán que luchar fuertemente para salvar a la especie humana de un destino sombrío”.

Klein

La canadiense Naomi Klein publicó Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós, 2015). Ya no dedicando un capítulo sino todo un libro al problema que desde su introducción nos plantea la gran catástrofe que se avecina:

“Muchos de nosotros practicamos esta especie de negación del cambio climático. Nos fijamos por un instante y luego miramos para otro lado. O miramos, pero enseguida convertimos lo que vemos en un chiste (« ¡venga ya, más señales del Apocalipsis!»), lo que no deja de ser otro modo de mirar para otro lado.
(…) El objetivo de los 2° C se nos antoja actualmente un sueño utópico. Y no son sólo los ecologistas quienes están haciendo sonar la alarma. El Banco Mundial advirtió en el informe antes mencionado de que «avanzamos hacía un incremento de 4° C de la temperatura del planeta [antes de que termine el siglo], lo cual provocará olas de calor extremo, disminución de las existencias de alimentos a nivel mundial, pérdida de ecosistemas y biodiversidad, y una elevación potencialmente mortal del nivel de los océanos». Y alertaba de que «no hay, además, seguridad alguna de que sea posible la adaptación a un mundo 4° C más cálido». Kevin Anderson, antiguo director (y actual subdirector) del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático, que se ha afianzado en poco tiempo como una de las principales instituciones británicas dedicadas al estudio del clima, es más contundente todavía. Según él, un calentamiento de 4 °C (7,2 °F) es «incompatible con cualquier posible caracterización razonable de lo que actualmente entendemos por una comunidad mundial organizada, equitativa y civilizada».
(…) Un calentamiento de 4 °C podría significar una elevación del nivel global de la superficie oceánica de uno o, incluso, dos metros de aquí al año 2100 (y, de rebote, garantizaría unos cuantos metros adicionales como mínimo para los siglos siguientes). (…). Al mismo tiempo, las brutales olas de calor que pueden matar a decenas de miles de personas (incluso en los países ricos) terminarían convirtiéndose en incidentes veraniegos comunes y corrientes en todos los continentes a excepción de la Antártida. El calor haría también que se produjeran pérdidas espectaculares en las cosechas de cultivos básicos para la alimentación mundial (existe la posibilidad de que la producción de trigo indio y maíz estadounidense se desplomara hasta en un 60 %), justo en un momento en el que se dispararía su demanda debido al crecimiento de la población y al aumento de la demanda de carne. Y como los cultivos se enfrentarían no solo al estrés térmico, sino también a incidentes extremos como sequías, inundaciones o brotes de plagas de gran alcance, las pérdidas bien podrían terminar siendo más graves de lo predicho por los modelos. Si añadimos a tan funesta mezcla huracanes ruinosos, incendios descontrolados, pesquerías diezmadas, interrupciones generalizadas del suministro de agua, extinciones y enfermedades viajeras, cuesta ciertamente imaginar qué quedaría sobre lo que sustentar una sociedad pacífica y ordenada (suponiendo que tal cosa haya existido nunca).
Tampoco hay que olvidar que estos son los escenarios de futuro optimistas: aquellos en los que el calentamiento se estabiliza más o menos en torno a una subida de 4 °C y no alcanza puntos de inflexión más allá de los cuales podría desencadenarse un ascenso térmico descontrolado.
(…) En 2011, la (por lo general) sobria Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicó un informe con una serie de proyecciones que venían a indicar que nos encaminamos en realidad hacia un calentamiento global de unos 6 °C (…). (Los indicios señalan que un calentamiento de 6 °C hará probablemente que superemos varios puntos de inflexión en diversos procesos: no solo en aquellos de mayor lentitud, como el ya mencionado derretimiento de la capa de hielo de la Antártida occidental, sino muy posiblemente también en otros más bruscos, como las emisiones masivas de metano a la atmósfera procedentes del permafrost ártico)”.

Si bien estos dos miedos son los principales, también hay otros. Este año la Unión Europea se suma a los estadounidenses en que hay que empezar a tomar medidas de prevención ante una tormenta solar (Efecto Carrington) que, en principio, dejaría sin electricidad a este mundo hiperconectado como en 1859 dejó sin telégrafos por dos días a los países europeos. El efecto social podría desencadenar un evento catastrófico. Ni que hablar la posibilidad de una epidemia global o una plaga que afecte monocultivos de base para la alimentación o la muerte masiva de polinizadores. Los picoleros afirman que el pico de petróleo dará el punto de inflexión al colapso y mientras tanto en los países ricos la alarma más urgente de caos va por el lado de un crash bursátil, que muchos prevén de proporciones incalculables, superiores al del ´29 o del 2008. La pirámide Ponzi sobre la que se afirma el sistema financiero no parece tener ninguna posibilidad de supervivencia en el corto plazo, sea quien sea que pague por ello (capital o trabajo) el efecto salpicará para uno y otro lado.

Prieto

Pero si queremos ser metodológicamente correctos para introducir el término apocalíptico al futuro que se avecina, nada mejor que las observaciones de Pedro Prieto (miembro de ASPO –Asociation for the Study of Peak Oil) quien nos compara algunos párrafos del Apocalipsis con la realidad actual [1] y comprueba que en algunos ítems la realidad ya le está ganando por goleada al texto escrito.

“(…) En el caso del Apocalipsis de San Juan, las descripciones que da de las destrucciones que se suceden a cada toque de trompeta de los siete ángeles, son totalmente cuantificables, absolutamente objetivables y afectan a aspectos muy específicos de la vida en la Tierra. Y, lo que es peor, la mayoría de ellas ya ha sucedido y la inmensa mayoría de los que poblamos la Tierra, seguimos sin darnos por enterados.
Invitamos a los que siguen siendo negacionistas y cargan contra los que consideran apocalípticos por denunciar los destrozos y el agotamiento del planeta, pensando en que nos excedemos en la dimensión de los desastres existentes, a que tomen un Apocalipsis (es un libro muy corto, se lee en una hora) y cotejen algunos pasajes de los que les vamos a mostrar aquí, por si piensan que les engañamos:
(…)La visión de las siete trompetas tocadas sucesivamente por siete ángeles, anuncian, en general, cada una de ellas, la destrucción de un tercio de cosas vitales en el planeta Tierra. Por ejemplo”:

Trataré de actualizar los ejemplos que da Prieto con el Informe Planeta Vivo 2016 de la Fundación Vida Silvestre (WWF):

7. “Tocó, pues, el primer ángel la trompeta; y fueron hechos granizo y fuego, mezclados con sangre, y descargó sobre la tierra, con lo que la tercera parte de la tierra se abrasó, y con ella se quemó la tercera parte de los árboles, y toda la tierra verde”.

Si la historia de la deforestación por parte del ser humano tiene distintos momentos, se calcula que la mitad de la superficie boscosa del planeta desapareció con respecto a 1850, siendo los que menos sufrieron los bosques tropicales, que según el IPV 2016 desde 1700 hemos perdido el 25 % (faltarían 8 puntos porcentuales para los niveles apocalípticos).

8. “El segundo ángel tocó también la trompeta, y se vio caer en el mar como un grande monte todo de fuego, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre”.
9. “Y murió la tercera parte de las criaturas que vivían en el mar, y pereció la tercera parte de las naves”.

En el punto 8 Pedro Prieto lo relaciona con las plataformas de petróleo incendiándose en el medio del mar (la película Deepwater Horizon sobre la explosión de la plataforma petrolera seguro le hace honor a ese párrafo de San Juan) y el IPV 2016 nos da una pérdida bastante ajustada al Apocalipsis: declive del 36% de vertebrados marinos pero no desde 1700 sino entre 1970 y 2012. En cuanto a la tercera parte de las naves estamos lejos, aunque la fabricación de barcos está cayendo rápidamente, aún no ha empezado a bajar la cantidad.

10. “Y el tercer ángel tocó la trompeta; y cayó del cielo una grande estrella, ardiendo como una tea, y vino a caer en la tercera parte de los ríos y en los manantiales de las aguas”.
11. “Y el nombre de la estrella es Ajenjo, y así la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, con lo que muchos hombres murieron a causa de las aguas, porque se hicieron amargas”.

Me ahorro buscar metáforas a la “grande estrella” y vamos al grano: contaminación de ríos, lagos y acuíferos han tenido como resultado la muerte de muchos “hombres” (también mujeres claro). El IPV además nos da la visión hiperapocalítica (si se me permite la palabra): 81% de pérdida de vertebrados salvajes en aguas dulces entre 1970 y 2012. La responsabilidad de esa pérdida el IPV lo relaciona en parte con ese “ajenjo”: contaminación (12%), enfermedades (12%) y pérdida o degradación de hábitats (48%). En cuanto a la cantidad de seres humanos que no tienen acceso al agua potable en 2015 la OMS nos decía que la cosa estaba un poco mejor que en 1990, sólo el 9% no tienen acceso al agua contra el 24% de ese año pero sabemos que hay dos detalles que pueden complicar esa mejoría (ya la tenía que arruinar): estamos bombeando agua con petróleo en muchísimas zonas por un lado y, por otro, los glaciares que forman los ríos se están reduciendo en la mayoría de montañas. El caso de Yemen es clarísimo, al aumentar el precio del combustible los agricultores no podían pagar su insumo básico para regar (y beber) cuestión que a los pocos meses voltearon al gobierno y desde 2014 se encuentra en una espiral destructiva de su entramado socioeconómico muy difícil de resolver.

Luego el Apocalipsis se va poniendo menos técnico y más metafórico: “caballos y sus jinetes, que vestían corazas de fuego, y de color de jacinto y de azufre, y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de sus bocas salía fuego, humo y azufre”. A lo que Pedro Prieto encuentra asociaciones con tanques de guerra, ojivas nucleares y todo lo que tu imaginación pueda asociar.

Y qué dice el Papa progresista que ahora dirige la institución verticalista, misógina y antropocentrista con más adeptos en el mundo. No dice cosas muy distintas a Naomi Klein y Noam Chomsky. En su encíclica Laudato Si [3], si bien no aparece la palabra Apocalipsis, explica de forma sencilla lo básico del problema climático:

“24. A su vez, el calentamiento tiene efectos sobre el ciclo del carbono. Crea un círculo vicioso que agrava aún más la situación, y que afectará la disponibilidad de recursos imprescindibles como el agua potable, la energía y la producción agrícola de las zonas más cálidas, y provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. El derretimiento de los hielos polares y de planicies de altura amenaza con una liberación de alto riesgo de gas metano, y la descomposición de la materia orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de dióxido de carbono. A su vez, la pérdida de selvas tropicales empeora las cosas, ya que ayudan a mitigar el cambio climático. La contaminación que produce el dióxido de carbono aumenta la acidez de los océanos y compromete la cadena alimentaria marina. Si la actual tendencia continúa, este siglo podría ser testigo de cambios climáticos inauditos y de una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos nosotros”. (La negrita es mía)

También dedica extensos párrafos al potencial destructivo de los avances tecnológicos:

“104. Pero no podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo. Basta recordar las bombas atómicas lanzadas en pleno siglo XX, como el gran despliegue tecnológico ostentado por el nazismo, por el comunismo y por otros regímenes totalitarios al servicio de la matanza de millones de personas, sin olvidar que hoy la guerra posee un instrumental cada vez más mortífero. ¿En manos de quiénes está y puede llegar a estar tanto poder? Es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad”.

En conclusión, que los ateos (y supongo muchos cristianos) no podemos ser apocalípticos porque no creemos que ese texto sea la verdad pero sí lo podemos parecer. Por un lado porque usamos ese texto como metáfora y por otro porque las descripciones del futuro que damos a partir de la información que tenemos son semejantes a algunos de los datos concretos que predijo San Juan o el que se supone que escribió esto a fines del Siglo I o principios del II de la Era Común. Lo que hacemos es una especie de Apocalifting.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Apocalipticos-ateos-y-de-izquierda-cambio-climatico-guerras-nucleares-y-sexta-extincion-masiva

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