La retòrica falsaria

En un interessant article publicat al diari “Rebelión” (veure http://www.rebelion.org/noticia.php?id=212989), Salvador Lopez Arnal (https://es.wikipedia.org/wiki/Salvador_Lopez_Arnal) ens parla de tot el que de fals hi ha darrera de determinats discursos sobre energia i armament nuclear. Seria el cas del president Obama que lluny de tractar de disminuir les armes nuclears el que fa es preparar plans per modernitzar l’armament nuclear dels USA. El mateix president que no va demanar perdó al Japó en la recent visita a Hiroshima. El mateix president que ha batut el rècord de venda d’armes en un any.

Però també ens parla del paper del responsable de l’àrea de seguretat de la OIEA, el Sr. Juan Carlos Lentijo. Si un llegeix les seves declaracions pot adonar-se que és un mestre de la retòrica falsaria. És a dir un mestre de tergiversar les coses.

I es que portem anys i anys en que els representants de la indústria nuclear barregen les seves il·lusions amb la realitat, en que s’inventen mons que són els seus però no els reals, en que s’inventen mentides i volen que la gent les cregui i pensen que a base de repetir-les al final faran que siguin veritat. Però la realitat és tossuda i ens indica que lluny de ser una solució la indústria nuclear és més que un problema.

La ideología nuclear dominante es la confiada, desmemoriada, falsaria e irresponsable ideología de la clase (atómica) dominante

Salvador López Arnal
Rebelión

Desde tierras devastadas por el Imperio, Barack Obama ha apelado a la obligación moral -no habló de obligación política- de luchar por un mundo sin armas nucleares. Lo hizo en Hiroshima, después de abrazar a Shigeaki Mori, uno de los supervivientes de aquella primera devastación nuclear atómica. Sin pedir perdón y sin ninguna mirada crítica y autocrítica sobre lo que significó -y sigue significando- el Proyecto Manhattan, aquel programa científico-militar que contó con la colaboración (con disidencias destacables que no deben ser olvidadas) de una gran parte de los mejores científicos naturales de los años treinta y cuarenta del pasado siglo.De hecho, ni obligación moral ni siquiera cuentos o narraciones morales escritas por asesores. Gestos vacíos de cara a la galería, a la opinión pública internacional cada vez menos crédula o, supuestamente, un mero bla-bla-bla para abonar su papel en la Historia con mayúsculas (la peor, siempre, de las historias posibles(.Empero, el marco general y real de la historia de la apuesta atómico-militar no es ése. Es éste, sigue siendo éste. Obama es el primer presidente estadounidense que ha visitado Hiroshima. Noam Chomsky, entrevistado por el canal Democracy Now, [1] habló del “día más siniestro que recuerdo”. El más siniestro, vale la pena insistir. Ante la negativa anunciada por Obama y su gobierno de pedir disculpas al pueblo japonés por la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, el gran lingüista norteamericano ha señalado que “aquellos eventos requieren reconsideración seria, sí, disculpas, y principalmente la reconsideración de qué somos capaces en este mundo”. Además, evaluando el papel de Obama en la continuación de la era nuclear, calificó su plan de modernizar el arsenal atómico (¿dónde está entonces la obligación moral de lucha antiatómica?) de un “paso muy malo”. Obama debería recordar que “tenemos una obligación legal de reducir y, finalmente, eliminar las armas nucleares. Pero además, esta intención de desarrollar pequeñas armas nucleares suena a algo ‘bueno’. Son pequeñas, no grandes”. Pero es más bien lo contrario, sostiene Chomsky. “Las armas pequeñas crean la tentación de usarlas, haciendo pensar pues, es un arma pequeña, no puede destruir una ciudad entera”. Esto significa, puede significar, que muy pronto “estaremos en una situación de un verdadero intercambio nuclear que llevaría a un invierno nuclear, que haría la vida efectivamente imposible”. Se ha anunciado muchas veces, pensarán, pero no es un imposible histórico ni antropológico.

Veamos otra derivada (volveremos al tema militar al final de la nota), volemos hacia temas “civiles”, en torno a los en su día llamado “átomos para la paz, moviéndonos, eso sí, en el interior del mismo libro atómico. La ópera sigue siendo trágica -y también alegre y supuestamente confiada- en este segundo acto.

Juan Carlos Lentijo [JCL] es -¡nada menos!- el responsable, desde 2012, del área de Seguridad de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Por si fuera poco, dentro de la OIEA, se ha encargado del análisis del seguimiento del accidente de la central de Fukushima de 2011, una gran hecatombe industrial, un Chernóbil a cámara lenta como señaló inmediatamente después del accidente el científico antinuclear franco-barcelonés Eduard Rodríguez Farré. Vale la pena recoger algunas de las recientes “reflexiones” de JCL sobre nudos básicos de la industria y apuesta nucleares (de una entrevista con Manuel Planelles [2]).

 Tiene sentido seguir utilizando la energía nuclear, se le preguntó inicialmente. ¿No hay un neto y excesivo factor de riesgo en la apuesta? Lo del factor de riesgo elevado, respondió JCL, “hay que ponerlo en comparación con otros riesgos”. Es opinable señaló. ¿Opinable? ¿Qué significa aquí opinable? ¿Hay muchas más industrias con el alto factor de riesgo de la industria atómica? Por ejemplo, señaló para argumentar su posición, “el cambio climático también comporta asumir unos riesgos globales. Los Gobiernos de cada país en el cóctel de información que tienen que analizar para tomar esa decisión tienen muchos elementos”. ¿Y? ¿Qué podemos inferir de esta comparación? ¿No sería, por ejemplo, que ni cambio climático ni alocadas apuestas atómicas, que el cuidado de nuestra Planeta y de nuestro existir sin hybris en este mundo, el nuestro, deben moverse en otras direcciones de prudencia y cuidados muy alejadas?

Además de los riesgos, añade JCL, “también están los beneficios. En cualquier actividad humana no existe el riesgo cero”. ¿Pero… no hay riesgos y riesgos?, ¿no habíamos alcanzado ya este punto en el debate desde hace décadas? Lo que sí tenemos, afirmó, “son mecanismos y metodologías suficientes como para asegurar que los usos de las técnicas nucleares se pueden desarrollar en condiciones de seguridad suficientes”. ¿Seguridad suficiente? ¿Cuándo es suficiente? ¿Quién establece esas seguridades? ¿Qué metodologías y mecanismos son esos? ¿Qué garantías tenemos de su eficacia? ¿No ha habido claras y prácticas falsaciones de esas seguridades, mecanismos y metodologías? ¿Es acaso Fukushima el primer accidente de la historia nuclear? ¿Nos queremos olvidar acaso de una larga historia?

 Qué se ha aprendido de Fukushima se le preguntó. El aprendizaje de JCL no tiene desperdicio: “Japón no había desarrollado un sistema en el que hubiera una percepción de que la seguridad era un proceso y que había que plantearse de forma continua qué se está haciendo”. Esto se llama cultura de seguridad, afirma. “En aquel momento, en Japón había una idea contraria, como se señala en el informe de la OIEA. Japón tenía una estructura en sus operadores, en el regulador y en la sociedad en la que se pensaba que las instalaciones nucleares eran tan robustas que era impensable un riesgo de esta naturaleza. Fue una equivocación”. ¿Equivocación… y ya está? ¿Una confianza a lo tonto y a lo loco? ¿Es eso y pasamos páginas?

¿Qué aprendizaje entonces? Ninguno como es evidente. Defensa cerrada de la infalible e incuestionable industria nuclear y sus prácticas. Japón, no se cita a TEPCO, la corporación propietaria de Fukushima por su nombre, tuvo la culpa. No hicieron bien sus deberes, se confiaron en exceso y ya está, que no vuelva a ocurrir. ¿Ya está y a seguir adelante, siempre adelante, mirando hacia nuevos horizontes atómicos? ¿No hay aquí necesidad de frenos de emergencia como apuntó Benjamin? Por lo demás, si Japón, como se afirma, no había desarrollado una adecuada cultura de seguridad, ¿qué hacía la OIEA sin ponerse manos en la obra? ¿No es la organización internacional de la energía atómica? ¿Es asunto de seguridad o es otra cosa? ¿No tendrá que ver esa cultura de la inseguridad con los balances y beneficios empresariales? ¡Todo ahorro en costes es poco, esa es la divisa! Sigue rigiendo, incluso en temas atómicos, el todo por la pasta. Axioma central.

  En la misma línea, c uando se le pregunta si se puede descartar otra catástrofe como Fukushima, JCL responde de nuevo con la misma idea: “La seguridad en todos los ámbitos y sectores humanos al 100% no existe”. ¿Quién ha afirmado o pensado lo contrario? Pero, ¿se trata de eso? “Lo que hay son unas previsiones que garanticen niveles de seguridad muy altos y que hacen muy improbable que un accidente así pueda ocurrir”. En la situación actual, añade confiado, “en la que todos los países han incorporado esa lección, no es probable que un accidente como el de Fukushima pueda volver a ocurrir”. ¿No es probable? ¿No es lo que pensó y publicitó cuando Chernóbil? ¿Publicidad, propaganda? ¿Nos lo creemos como palabra de experto informado y ya está?

Los residuos son una asignatura pendiente; ¿se está caminando hacia una solución definitiva? se le pregunta. Pueden imaginarse la respuesta: “Para los de alta actividad, los que se derivan del combustible nuclear gastado, hay soluciones transitorias para mantenerlos en situaciones de seguridad durante plazos cortos, medios e incluso largos”. Habla de piscinas abarrotadas, al límite. “Y se está trabajando en formular una solución definitiva, que pasa por el almacenamiento geológico profundo”. ¿Profundo? ¿Dónde, cuánto de profundo? ¿Y a olvidarnos de todo y para siempre? “Hay bastantes proyectos en el mundo iniciados hace varias décadas para analizar cuales son las mejores formaciones geológicas”. ¿Y cuáles son los ejemplos de estos proyectos? A partir de estos muchos proyectos, “por ejemplo en Europa o Estados Unidos, hay varios que están en proceso de licenciamiento y construcción”.

Hubo algún ejemplo previo que no explica, “en EE UU y ahí se aprendió mucho”. Pero hay tres países, asegura, con proyectos muy ambiciosos y sólidos: “Finlandia, Suecia y Francia”. En todos estos casos, por descontado, “se ha avanzado mucho desde el punto de vista tecnológico y en los aspectos políticos y sociales, que son esenciales en todo el uso de la energía nuclear”. El consenso social, asegura, es punto clave, es fundamental. ¡Este es el punto! “Y todavía más cuando se habla de almacenamientos definitivos de residuos radiactivos”. ¿Almacenes, ubicaciones definitivas? ¿Dónde esos almacenes definitivos? ¿Cuánto pueden ser de definitivos? ¿Y si pasa lo que ahora no nos parece probable o incluso posible? ¿Nuevos desastres nucleares que no podemos imaginarnos? ¿Este será nuestro legado a las futuras generaciones como ha comentado Henning Mankell?

¿Ha fallado el consenso en España en el almacén de residuos de Cuenca, que está paralizado?, en su opinión. Prefiere no opinar sobre casos particulares. “Pero, por mi experiencia, se lanzó un proyecto hace muchos años, que además no solo era técnico, sino que tenía una parte de interacción con las comunidades locales, y han pasado cosas y no me atrevo a opinar sobre las razones”. Hay un proyecto, afirma, “que todavía está ahí y supongo que las autoridades, teniendo en cuenta todos los elementos que condicionan la realización de este proyecto, llegarán a una solución”. Está entrenado, se ha preparado para esta retórica; es un ejecutivo-experto de la OIEA. Las “autoridades” de Castilla La Mancha ya han llegado a una posición: no quieren de ninguna de las maneras el almacén nuclear centralizado (y no definitivo, sería provisional por unos 60 o más años).

Hay más tesis en la misma línea. Qué le parece que en España se plantee ampliar más de 40 años la vida de las centrales se le pregunta. Nada nuevo bajo el sol, afirma. “No es un debate nuevo, quizás lo sea en España. En otros países hay muchas decenas de centrales que ya han sido autorizadas para ampliar su vida inicial de diseño de 40 a 60 años”. Uno de los referentes que utiliza España, apunta para convencernos, para crear consenso social, “es EE UU, donde hay más de 60 centrales que han recibido autorización del regulador para ampliar sus vidas más allá de lo que se había pensado”. Es una opción, sostiene, que al igual que cuando se decide utilizar la tecnología nuclear, “se debe tomar teniendo en cuenta la necesidad de esa energía, la seguridad y un licenciamiento con el regulador”. De nuevo el punto político: “Desde el punto de vista social, requiere de consolidación”. ¿Ampliar sus vidas más allá de lo que se había pensado no merece una profunda reflexión? ¿Qué pensaríamos si habláramos de cualquier otra tecnología? ¿De qué tipo de seguridad hablamos? ¿Necesidad de esa energía? ¿Qué necesidad en la España de 2016?

Pero, se le insiste, ¿es seguro llevar una central más allá de los 40 años?. “Es evidente que cuando muchos organismos reguladores en el mundo en países tan importantes como EE UU, el Reino Unido, Suecia o Francia han ampliado la vida de sus instalaciones es porque del análisis de sus reguladores han llegado a la conclusión de que las condiciones de seguridad se mantenían”. Luego por tanto… El objetivo, afirma, “es que estas condiciones de seguridad no se degraden. Un elemento fundamental para ampliar la vida es observar cómo se han comportado durante la fase operativa, cómo se han degradado algunos equipos y qué necesidad hay de reponer equipamiento”. Esto es un balance, concluye, “que solo se puede hacer de un estudio pormenorizado de los 40 años de operación”. Si es así, ¿cuál sería entonces la posición razonable en el caso de Garoña?, ¿qué comportamiento ha tenido durante su fase operativa?

El CSN es el nuevo tema de la entrevista. E stá siendo “muy cuestionado en España por asuntos como la ampliación de la vida de Garoña o el almacén nuclear de Cuenca”. ¿Le preocupa? Siempre es preocupante, claro, “que se cuestione, pero no sé hasta que punto lo está. Hay que diferenciar las situaciones de cuestionamiento, si es social, si es más político”. ¿No hay motivos para cuestionar numerosas actuaciones del CSN? ¿Más pruebas? Basta con preguntar a uno de sus miembros, a Cristina Narbona. Conoce la ceguera atómica del resto de componentes. A prueba de todo.

En el Congreso, se le recuerda, “una mayoría de partidos políticos han reprobado la acción del presidente y han pedido su salida”. El, por supuesto, no entra en el ámbito político, es un experto de la OIEA. “Pero sé que hay técnicos en el CSN que son muy competentes y además están muy orgullosos de serlo. Y estoy seguro de que van a seguir realizando su trabajo con honestidad, con solvencia y con independencia”. A partir de ahí, no tiene mayor preocupación, “eso no quiere decir que esté todo garantizado. Pero seguro que esto es un activo que sigue existiendo en el CSN”. Son redes, las suyas, que dan seguridad, poder y ayuda mutua. Es evidente.

¿Le preocupa que esa pata más política pueda perjudicar la labor técnica, que es lo que se está denunciando ahora mismo? Ha vivido casi 30 años de su vida laborar en España “y lo que puedo decir es que, más allá de los diferentes modelos de gestión que los directivos han tenido, el cuerpo técnico, que es la base, es muy solvente y creíble”. Hay, asegura, un reconocimiento internacional muy claro. “Yo no quiero ni puedo opinar sobre el modelo político de gestión del organismo, porque no me corresponde”. No le corresponde pero, como es obvio, sí que le corresponde y sí que opina. Por supuesto también, nadie está ubicado en una mera y excluyente perspectiva técnica. El funcionamiento servil de CSN, tan pegado a los intereses atómicos, ha sido criticado desde perspectivas alejadas.

Regresemos ahora a la arista militar. El mismo día de la entrevista con el ejecutivo de la OIEA, Marc Bassets [3] hablaba en el global-imperial sobre Uravan, el pueblo minero en Colorado que suministró uranio al ‘Proyecto Manhattan’, que es hoy un terreno vallado e invisible. Veamos el escenario atómico.

Los nombres en este rincón seco y montañoso del Estado de Colorado, en el Oeste de Estados Unidos, parecen sacados de una novela de ciencia ficción: Naturita, Nucla, Paradox. El más extraño es Uravan, “una contracción de uranio y vanadio: los metales que se extraían de las minas de este pueblo que floreció durante la Segunda Guerra Mundial y cerró a mediados de los años ochenta”. Uravan puede verse como “un pueblo manchado por su papel en la fabricación de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. O, al contrario, como el frente invisible: la trinchera en la que el esfuerzo de sus habitantes decidió la guerra. ¿Fueron héroes los mineros de Uravan? ¿O cómplices inconscientes de un crimen contra la humanidad?” ¿Héroes o cómplices? ¿De dónde esa disyuntiva excluyente y, en todo caso, limitada y simplificadora?

En 2013, recuerda MB, la documentalista Suzan Beraza relató en Uranium Drive-In el desgarro que causó el proyecto de una nueva planta de uranio entre ecologistas y mineros. Nadie vive hoy en Uravan. Como si hubiese caído una bomba atómica, en un pueblo de minas de uranio, “cualquier rastro de vida humana ha desparecido. Las casas, los muebles, los árboles se hicieron pedazos y quedaron sepultados paradescontaminar la zona”. Quien viaje por carretera, en un valle entre rocas escarpadas, “no se dará cuenta de que un día hubo un pueblo de 800 habitantes, con su escuela, sus calles arboladas y una piscina municipal”. Hiroshima y Uravan son dos reversos de la catástrofe, comenta algo literariamente MB. “Como un castigo divino, Uravan sólo pervive en la memoria de algunos desterrados. Un cartel, junto a la carretera, explica por qué este lugar remoto… fue central en la historia del siglo XX. De las minas de Uravan se extrajo parte del uranio de las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Japón”.

Uravan sólo pervive en la memoria de algunos desterrados. Jane Thompson creció en Uravan. Su padre y su suegro eran mineros. Su abuelo trabajó para el Proyecto Manhattan, aunque desconocía el uso que iba a darse al uranio que él extraía. “No iba explicándolo. Aquella generación no hablaba de estas cosas, ni sacaba pecho. Él no habría dañado a nadie y yo nunca me avergonzaría por lo que él hizo”. El abuelo de Thompson murió por cáncer de pulmón, pero ella no culpa al uranio. “Las condiciones en la mina y el hecho de que fumasen pudo contribuir”.

El pueblo, comenta MB, está rodeado por alambres de espinos y hay carteles que avisan, más de 70 años después, del peligro de radioactividad. Otra cara, otras caras igualmente siniestras de la industria y armamentos nucleares, que no se reducen, no debemos reducirlos, a los reactores atómicos y a las centrales. Hay un antes (minas, transporte, transformación, contaminación,…) y, sobre todo, un después. Y en este después, los residuos, los peligros permanentes de esta industria de la hybris del “gran mundo desarrollado”, y un planeta lleno hasta la locura de armas de destrucción masiva, siempre transitando por el lado oscuro, al borde del abismo. ¿Son estos, deben ser estos nuestros horizontes de grandeza?

No deberían serlo. David Brooks -”Paloma de guerra” [4]- ha recordado, como nos recordó Chomsky, que Estados Unidos, con el gobierno de Barack Obama, “rompió el récord de cualquier presidente desde finales de la Segunda Guerra Mundial en el volumen de ventas de armas y equipo militar al mundo”. En el año fiscal 2015, el total del programa de ventas de armas al extranjero, que no incluye todas las transferencias de armas a otros países, nos recuerda Brooks, “fue de 46,6 mil millones de dólares”, según cifras del propio Departamento de Defensa. Obama, en su reciente visita a Hiroshima donde, como recordamos, no ofreció ninguna disculpa, “declaró que se requiere un despertar moral alrededor del mundo para deshacerse de armas nucleares, y pidió tener la valentía de escapar de la lógica del temor y promover un mundo sin armas nucleares”. Lo que no dijo es que, en los hechos, su gobierno, como también ha señalado Chomsky, ha impulsado un ambicioso programa de “un billón de dólares para modernizar el arsenal nuclear estadunidenses en los próximos 30 años”.

El programa, lo hemos comentado, incluye el desarrollo de una nueva generación de bombas nucleares tácticas, o minibombas nucleares, para uso en campos de batalla. Pero, más aún, un informe del propio Pentágono, analizado por la Federación de Científicos Americanos, muestra que “el gobierno de Obama ha reducido el tamaño del arsenal nuclear estadunidenses menos que cualquier otro presidente de la post guerra fría”. O sea menos que George W. Bush, menos que Bill Clinton, menos que George Bush padre… Aunque podamos pensar lo contrario.

En 2015, Estados Unidos poseía 4.571 bombas nucleares, unas 702 menos bombas que en 2008. Las ahora existentes sonás que suficientes para destruir el mundo… ¿cuantas veces? Aunque Barack Obama asumió su presidencia con un fuerte compromiso de EE.UU. para reducir el número y el papel de las armas nucleares y dar pasos concretos hacia un mundo sin armas atómicas, su gobierno podría ser recordado más por su compromiso con modernizar el arsenal nuclear estadunidense que por sus bellas y vacías palabras. La retórica falsaria, no lo olvidemos, es otra arista destacada del complejo militar-industrial atómico.

Notas:

[1] https://actualidad.rt.com/actualidad/208574-chomsky-hiroshima-legado-obama

[2] http://economia.elpais.com/economia/2016/05/26/actualidad/1464280872_809422.html

[3] http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/26/estados_unidos/1464277338_697553.html

[4] http://www.jornada.unam.mx/2016/05/30/opinion/023o1mun