Canviar d’ulleres per mirar el món…

El títol correspon a un llibre editat per Ecologistes en Acció (http://www.ecologistasenaccion.org/IMG/pdf/libro_gafas_intro_y_cap-6.pdf). L’article publicat al diari “El Diario” (http://www.eldiario.es/ultima-llamada/Crisis_civilizacion-capitalismo-ecosocialismo_6_367173302.html), no ens parla d’aquest llibre, sinó de perquè acceptem – la majoria de nosaltres – l’actual model econòmic sense qüestionar-lo. Aquest mateix model que ens està portant a una triple crisis (ambiental, econòmica i de recursos) que pot comportar la fi de la nostra civilització (que no del món ni de la humanitat). L’autor de l’article té raó quan ens diu que el pitjor enemic no és el que sap amagar-se sinó el que ni tant sols es té en compte.

Hem de canviar de paradigma, de manera de mirar el món. Aquest canvi ja hem comentat que ha de ser d’actituds, de valors, de normes. Un canvi difícil, que no impossible. Ja no hi ha temps – com J. Riechmann ja ha comentat  (tratarde.org) – per evitar el col·lapse, però si per reduir els seus efectes.

Com diu una dita Irlandesa “El diable està en els detalls”. La part final de l’article que avui penjo diu: “Una tríada medieval irlandesa reza así: las tres cosas delgadas que mejor sirven de soporte al mundo: el delgado hilo de leche que cae en el balde desde la ubre de la vaca; la delgada espiga del trigo verde sobre la tierra; el ovillo delgado que maneja una mujer habilidosa”.  Detalls, si, però que quan són el teu referent canvien la forma de veure el món. Són poc però molt, i poden significar la diferència entre continuar fins arribar al col·lapse o reflexionar i canviar de camí i destí. Perquè com diu el poeta Martí i Pol …..”que tot està per fer i tot és possible”.

Última llamada

La naturalización del capitalismo

Nos dejamos llevar por la inercia dominante: el capitalismo de la acumulación y el crecimiento continuo.

El fin del capitalismo tendrá que ver con nuevos modelos de identificación y empatía emocional que despierten nuestra también natural pulsión por lo común y la vida buena.

Podríamos decir que el capitalismo se ha ido “naturalizando”, considerándose como la evolución normal y deseable de las sociedades tecnocientíficas; como si “el desarrollo” fuera necesariamente un camino unidireccional, y como si tuviera algún sentido y futuro un modelo que agranda la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos, siendo finalmente incompatible con los límites de la biosfera. Desde un más que cuestionable darwinismo cultural, se entiende que de entre todas las posibilidades de evolución de los modelos socioeconómicos, el capitalismo es el que “naturalmente” se ha impuesto. A partir de ahí, el fracaso a la hora de combatirlo está asegurado, porque ya no se concibe como una alternativa más, sino como la previsible evolución de las culturas desarrolladas. Y sin embargo esto es absolutamente falaz. No hay un determinismo estricto en los procesos socioculturales, ni es natural desde el punto de vista del funcionamiento de laphysis: todo en la naturaleza tiende a lo circular, no a la linealidad del crecimiento continuo. También nosotros como organismos somos circulares, no crecemos indefinidamente, ni vivimos eternamente. El capitalismo no es el télos inevitable de las culturas humanas, pero sí es cierto que ha sido el modelo que más ha triunfado de entre los posibles, y debemos ahondar en los motivos de su éxito.

¿Por qué se ha impuesto tanto a nivel cultural, económico y político? Porque deseamos sus imposibles promesas de riqueza fácil y bienestar creciente. Hay algo muy profundo en la pulsión de la acumulación –de poder, de dinero, de posesiones físicas- que tiene que ver precisamente con la conciencia de nuestra fragilidad y de la muerte, a la vez que con el culto impuesto a la individualidad y al ego. Como sabemos, la acumulación de dinero y la tendencia a acaparar poder y bienes materiales no se corresponde con nuestras necesidades reales, ni es directamente proporcional a la felicidad humana. Tiene que ver simbólicamente con nuestras carencias más profundas, esas que precisamente el dinero acumulado nunca resuelve.

El capitalismo omnímodo y omnívoro no le interesa a casi nadie, y sin embargo nos esforzamos denodadamente en sostenerlo, desde la más estricta sumisión a sus espejismos de felicidad. He ahí el difícil reto que Jorge Riechmann plantea con gran claridad en su reciente libro Moderar Extremistán. Pero si no hemos llegado a comprender a través de la razón que hay que rechazarlo, es evidente que el camino para combatirlo adecuadamente no va a ser principalmente racional. Ni tampoco será a través de los discursos anticapitalistas clásicos –que no han perdido, sin embargo, ni un ápice de su vigencia teórica. Tendrá que ver con nuevos modelos de identificación y empatía emocional que despierten nuestra también natural pulsión por lo común y la vida buena. Pero insisto, mal que me pese: de ser, no será sin líderes algo mesiánicos, y no será sin una nueva estética que aglutine y consiga crear la suficiente identificación colectiva. El espíritu del 15M y su ulterior expresión política con Podemos –y la recuperación de la figura del líder carismático, que faltaba en el 15M- serían buenos ejemplos.

Por otra parte, para intentar que la bestia retroceda algo, lo primero es darnos cuenta de que muchos formamos parte de ella, que no es algo ajeno a nosotros. Con nuestras libretas de ahorro en los bancos de toda la vida, con el endeudamiento particular, con los aparentemente inofensivos planes de pensiones -por si el neoliberalismo nos quita la jubilación-, con la compra de lo más barato en la competitiva cadena de supermercados… Muchos formamos parte inconscientemente del tejido de aquello que decimos combatir. Un contradicción difícil de resolver, pero posible de minimizar.

Cerraremos el artículo con una cita recogida en un gran libro que nos invita a la lucidez del conocimiento y del comedimiento: Cambiar las gafas para mirar el Mundo, editado por Ecologistas en Acción: (…) “Una tríada medieval irlandesa reza así: las tres cosas delgadas que mejor sirven de soporte al mundo: el delgado hilo de leche que cae en el balde desde la ubre de la vaca; la delgada espiga del trigo verde sobre la tierra; el ovillo delgado que maneja una mujer habilidosa”. Hermosa tríada, profundamente anticapitalista, cargada de razón y de esperanza.

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