Llega el buen tiempo y no hacemos más que rascar las nubes. Los hay que las rascan para que les caiga del cielo algún deseo que ansían intensamente. Que pase el tiempo y los plante en medio de una piscina con toda la tarde y todo el mes de julio por delante. Los hay que rascan las nubes con la punta de sus dedos, puestos de puntillas, porque piensan que así es como se cumplen de verdad todos nuestros pensamientos.
Pero no hace falta tanto. Las nubes están dentro nuestro: en cada una de nuestras palabras se escapan restos de nubes que hemos atrapado en algún momento. Las nubes nos delatan como seres con los pies en la tierra o como seres con el casquete volador permanentemente conectado. Rascamos las nubes de la misma forma que nos rascamos la cabeza, o que nos rascamos la espalda o el codo: para sentirnos mejores de lo que somos, para exprimirnos como si fuéramos una fruta fresca en cuyo interior está lo mejor de nosotros aún por descubrir.
Rasco las nubes y cae un ligero polvillo de ideas. Las recojo y las transformo en palabras. Las ordeno y te las pongo una detrás de otra para que las leas. Aquí las tienes. Que te aprovechen.