Aún recuerdo esas calurosas noches de verano con mi padre. Esa tumbona blanca que tanto me gustaba en la que se sentaba cada noche después de cenar para tomar el fresco. Y luego, mientras mi madre recogía la mesa y terminaba de limpiar la cocina, yo iba a sentarme con él. Como cada noche, me hacía cantarle las tablas de multiplicar sentada sobre sus piernas. Mientras él corregía todos y cada uno de mis errores aún recuerdo el ruido de los cubiertos y de los platos que sonaban desde la cocina, donde mi madre aún estaba limpiando.
Recuerdo que, poco a poco, insistiendo más y más cada día, allí, bajo la parra de la cual colgaban los racimos, como cada verano, y bajo esa luz tenue que salía de cada uno de los focos instalados en las paredes de la terraza, mi padre consiguió hacer que me aprendiera todas las tablas de multiplicar. Y hoy, 9 años después, ese recuerdo aún sigue en mi cabeza, como la mayoría de las tablas que me aprendí durante ese verano del 2000.
Ariadna Domingo, 3r ESO