Abril es una isla, una puerta, una ventana abierta al verano que se ve en el horizonte. Con las vacaciones de Semana Santa a la espalda hemos dado el cierre al invierno, y las lluvias constantes a lo largo de estos últimos días parecen que quieran borrar de nuestra memoria los fríos, las fiebres, las ventoleras, las nieblas que siempre nos acompañan desde que alguien a finales de octubre aparece un día algo más abrigado de lo que es natural, y ya luego todos empiezan a cambiar las cazadoras por los anoracs, las bufandas, los guantes e incluso a veces algún gorrito gracioso, de los que se han puesto de moda recientemente.
Abril es una isla. Estás en medio de un desierto del que se observa ya el sol radiante y la alegría de la jornada Sant Jordi. Se esperan con impaciencia las primeras fiestas mayores, que no tardarán en sacar la cabeza durante las primeras fiestas de mayo, y de las que el día de la Mona es un anticipo.
Abril es una isla por todo lo que he dicho, pero también porque todo lo que he dicho me llena de esperanza y de ganas de vivir sabiendo lo que está por venir. Por todo eso y porque no me importaría quedarme a vivir en estos días permanentemente, Abril es una isla.