EL CAMINO DEL EXILIO…

 EL CAMINO DEL EXILIO…

 Después de la caída de Barcelona, el 22 de enero de 1936 salimos caminando mis padres, mi hermano, mis abuelos y yo. Teníamos los aviones por arriba, los barcos por la costa y los alemanes atrás, ¡echándonos! Antes de salir de casa habíamos hecho una maleta grande llena de cosas para todos, sobretodo con provisiones. Pesaba mucho y mi madre la llevaba. Mi hermano pequeño me daba la mano aterrorizado, y yo recuerdo que intentaba mantenerme bien para darle ánimos. Como bien decía mi abuelo: ”Si muero será delante del enemigo, pero no cobardemente”. Salimos desde Barcelona, la ciudad natal de mi hermano, mi padre y mía. Mi madre y mis abuelos eran de Córdoba, pero habían venido a Barcelona hacía ya un par de años, porque mi abuelo se puso a trabajar en una fábrica en la que necesitaban personal.

Teníamos un largo camino hasta llegar a la frontera con Francia, que era donde nos exiliaríamos. Los caminos estaban muy llenos de gente. Unos lloraban, otros gritaban de la rabia porque su bando estaba perdiendo ante los fascistas. Era insoportable pensar que Europa se estaba llenando de fascistas, como los nazis. Mi padre se quejaba de que los franceses no quisieron ayudarnos, ni tampoco los rusos, y que pasaron a formar parte de la no-intervención. Cualquiera que no ocultase ir en contra del General era fusilado. Se veía sobre todo a gente mayor, mujeres y niños, que eran los más indefensos, que también huían a Francia. Aún así, no todos huíamos al mismo lugar; algunos fueron a países de América, como México; otros hicieron exilio interior y algunos se quedaron donde estaban (muchos sin defender lo que pensaban con tal de salvar sus vidas. Esto mis padres no lo hubieran permitido). Mi padre, que se había alistado en el ejército, llevaba una metralleta pesada en el hombro; le dije que la dejara y siguiera con nosotros, a nuestro ritmo, pero él siempre decía que no. Hasta que un día paró y dijo una gran verdad: “¡un día quizás os hará falta a vosotros y yo no estaré!”. Así que decidí callar y admirarle, porque sé que papá daría la vida por nosotros, al igual que mamá. Él sabía lo que hacía y por qué lo hacía.

Recuerdo que miraba a cada lado de los caminos y veía maletas y objetos que la gente iba dejando atrás porque ya no les quedaba fuerza para llevarlas. Preferían sus vidas que las cosas. Era terrorífico porque también se veía gente muerta a causa de las bombas; que los fascistas tiraban por los caminos más poblados. Otras morían de cansancio; a muchas ya no les quedaba nadie de sus seres queridos y ya no tenían fuerzas para seguir ni esperanza en alcanzar un lugar seguro. Una de las anécdotas que recuerdo de este camino, fue cuando mi mamá nos acompañó a mí y a mi hermano a hacer nuestras necesidades al lado de unos arbustos, que se alejaban un poco del camino. Mi hermano corrió unos metros más que nosotras, y mi mamá le gritaba que volviese rápidamente. Se agachó, cogió algo del suelo y vino otra vez hacia mí. Me puso en la mano una pulsera con unos brillantes. Dijo que me la regalaba para que me acordase siempre de él. Aún la conservo y recuerdo sus palabras como si me las repitiese ahora mismo en el oído…

 

Después de bastantes días, que se hicieron eternos para todos, llegamos a la Jonquera, un pueblo cerca de Francia. Se empezaba a notar mucho más el frío y chispeaba. Mis abuelos estaban cansados. La edad y la salud ya no les dejaban avanzar. Fuimos a pedir, al teatro del pueblo, leche para mi hermano, que estaba empezando a enfermar. Las casas eran de piedra, muy bonitas, con pequeños balcones. Cuando los veía, cerraba los ojos y me imaginaba allí, señalando hacia los Pirineos nevados con cara de alegría. Pero la realidad era muy diferente. Las calles estaban llenas de gente. Gente con hambre y con pocas fuerzas para seguir. Pasó por allí un poeta en ambulancia. Mi abuela me contaba que él era Antonio Machado, un escritor muy conocido que también huía, como nosotros. ”Caminante no hay camino se hace camino al andar…” Recitaba mi madre mientras mi abuela me lo explicaba. Unos metros más adelante del teatro, había una pequeña plaza muy bonita donde se encontraba, a la derecha, la Casa de la Vila, el ayuntamiento; a la izquierda un pequeño bar, que había sido saqueado (como lo eran las iglesias y las cárceles del país); y hacia adelante, debajo de un edificio, una entrada en forma de medio arco, donde se podía ver a la gente por el camino, en dirección a Francia.

Al irnos, mis abuelos decidieron quedarse en la Jonquera un poco más. Mi abuela tenía los pies muy hinchados y mi abuelo permanecería con ella en todo momento. Mi padre les dejó la metralleta. Pensó que, quizás, no le dejarían pasarla al llegar a Francia. Así que, muy tristemente, nos despedimos con lágrimas en los ojos y marchamos para la frontera. Por el camino dejamos muchas cosas de la maleta Se veían de lejos los Pirineos con los que tanto soñaba. A verlos, veía libertad; pero la niebla, cada vez más, me los tapaba. Parecía una señal de que algo malo pasaría. Y efectivamente. Viví lo más doloroso que jamás he vivido hasta ahora, más que el propio exilio. Mi madre sujetaba en brazos a mi hermano que dormía de lo indefenso que estaba. Y pasó lo peor. Cayó una bomba al llegar a la frontera con Francia que separó a mi mamá y a mi hermano, tirándolo a la carretera, y llegó el camión que rodó sobre mi hermano. Fuera el avión o el camión, mi hermano estaba muerto. Mi madre se arrodilló a su lado. Yo no podía articular palabra. Mi padre gritó de la rabia y se puso a llorar desesperadamente. Tuvimos que seguir porque la gente nos empujaba y no podíamos parar.

¡Allez, allez! ¿Qué era eso? iba a sonreír irónicamente, pero mi mamá decía que esas personas no lo merecían. Nos trataban como si fuésemos animales.

A partir de ahí todos los días se me hicieron más eternos aún. Mi mamá ya no quería seguir. Quería morir y yo la abrazaba fuertemente. Al menos, estábamos los tres. A cada momento miraba la pulsera y me salía una sonrisa en medio de las lágrimas. Recordaba cómo mi hermano me decía que nunca me olvidara de él. Me dio muchas fuerzas para seguir. Si mi hermano había muerto en el intento de buscar la felicidad lejos de aquí, yo tenía que conseguirlo. No he tenido posibilidad de poder vivir la juventud que quise y que merecía, al igual que mi hermano. Él no ha podido ni disfrutar de su niñez. Pero bueno, nadie sabía cuál era su destino ni lo que podría pasar. Pero en estas condiciones ya daba todo igual; la cuestión era salir de todo este mundo tan negro que se veía.

El primer pueblo por el que pasamos fue Collioure. Allí es donde iban a parar los republicanos más peligrosos. Empezó a llover. Llegamos a la orilla del mar, la peor que había visto hasta el momento. Intentaba mirar hacia el horizonte, pero era imposible. A un lado se encontraba un Castillo que hacía unos mil años que permanecía allí. Era de unos antiguos reyes españoles. Cuando España perdió esas tierras, también perdió el castillo. Desde la orilla se podía escuchar como torturaban a españoles. Se nos ponía la piel de gallina. La gente que vivía allí salía de sus casas, algunos miraban con mala cara, y otros quedaban perplejos de tantos que éramos. Hablaban, pero no les entendíamos. Di una vuelta de 360 grados para mirar el pueblo. Parecía ser tranquilo en un día normal. Era muy acogedor pero la situación lo empeoraba. Una de las casas era como la que mis abuelos me contaban que era la que tenían en el pueblo. Pequeña, pero con dos pisos. Desde fuera se podían ver dos ventanas alargadas y cada una de ellas con una especie de balcón para asomarse. Extrañaba mucho a mis abuelos. Papá nos dijo que teníamos que seguir hacia otro lado porque allí no podíamos quedarnos. No teníamos dónde ir.

Llegamos a otra playa. La diferencia es que ésta estaba desierta. La gente se instalaba en ella. Pirineos a un lado, playa al  otro, y el cielo como techo. Dormir ahí era insoportable. Había alambradas que nos daban miedo. La playa se convirtió en un campo de refugiados. Teníamos piojos, que nos pasábamos unos a otros, ya que nos acercábamos mucho por el frío que hacía, sobre todo en por las noches. Hacíamos nuestras necesidades a la orilla del mar. Estaba llena de pertenencias de la gente, de excrementos y hasta de gente muerta que intentaba huir. Mamá empeoraba y papá no hacía más que pensar en cómo poder protegernos y salvarnos de ese infierno.

Un día pensé que sería buen momento para tener la metralleta de papá. Me acerqué a un camión que entraba con comida, a ver si tenía la suerte de coger algo sin que me vieran. Nos moríamos de hambre. Pero a mitad de camino, oí a una mujer gritar. Un hombre intentaba violarla. No pude hacer nada. Quisiera haberlo matado. A partir de ese día intentaba no alejarme mucho ni moverme porque no quería que me pasara nada. Estaba en plena pubertad y me daba miedo de que algún inhumano se aprovechase de eso. Pasamos allí mucho tiempo. No lo quiero ni recordar.

Una mañana, después de avisarnos que la guerra había acabado, llegaron unos hombres trajeados que pedían voluntarios para trabajar en la obra. Mi padre lo que quería era volver a España, pero como el General Franco dijo que a los que habíamos huido de allí ya no nos consideraba españoles, y tampoco teníamos recursos para hacerlo, vio en esa propuesta la libertad. Todo era mejor que estar en el campo. Así que pudimos salir de ahí.

   Judith Cordón Ruiz

IIB