El pensamiento de Antonio Machado

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Antonio Machado (Soledades, de 1902; ampliado en 1907 bajo el título Soledades. Galerías. Otros poemas),

importa ya sobre todo el primero de esos dos elementos: la pretensión de

expresar —como dirá en una antología de 1917— «…lo que pone el alma, si es

que algo pone, o lo que dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto

del mundo».

En esa exploración hacia dentro, intentando captar la voz más espontánea y

sincera del alma individual, el poeta estaba especialmente atento a las figuras de

los sueños, que aluden vagamente a promesas luminosas de felicidad amorosa

no sólo humana:

Desde el umbral de un sueño me llamaron.

—Dime, ¿vendrás conmigo a ver el alma?—

Llegó a mi corazón una caricia…

Pero es notable que ya en ese mismo arranque, en 1902, Antonio Machado

se dé cuenta de los límites de la pretensión de buscar «la verdad del alma»:

más aún, de la imposibilidad de conocerse uno a sí mismo —y, en grave consecuencia

literaria, de ser sincero. Aquí aparece, más intensamente que en

ningún otro autor español de ese momento, ese vasto proceso, dentro de la filosofía

y la cultura de los últimos cien años en Occidente, que se ha designado

como «crisis del Yo» o, «crisis del sujeto», o incluso «muerte del Yo»

—desde Nietzsche a ciertos recientes franceses. Ello se ejemplifica especialmente

en un poema (que empieza «Oh dime, noche amiga, amada vieja…») en

que el poeta pregunta a la Noche dónde está su más genuina verdad interior:

en la soledad nocturna, al menos cuando llora, al menos cuando reza, ¿podrá

ser él de veras auténtico; podrá hablar y clamar desde su Yo sin falsear? La

Noche, respondiendo al poeta, insiste en que no sabe dónde puede estar y en

qué puede consistir esa verdad de su alma, ni aun en lo más hondo de sus

llantos y rezos. Y acaba:

Para escuchar tu queja de tus labios

yo te busqué en tu sueño,

y allí te vi vagando en un borroso

laberinto de espejos.

«Un borroso laberinto de espejos»: en eso se desintegra el Yo cuando se quiere

captarlo en su autenticidad. Entonces, si la apelación romántica al Yo resulta

imposible y sin sentido, ¿por dónde ir, cómo tomar un punto de referencia para

vivir? Por lo pronto, el poeta, en su búsqueda, a modo de consuelo o de preparación

para algo mejor, apela a la poesía misma en cuanto que, por su carácter de

canción, va más allá, por una parte, de la referencia al Yo individual, valiendo

como expresión de un «nosotros», y aún de «todos»: y, por otra parte, y complementariamente,

supera el sentido lógico y conceptual que podría dar a la poesía

una sombra de verdad no poética, al valer como intuición única, irrepetible,

existencial, dentro del tiempo de la vida personal. Es lo que expresa Anto’nio

Machado en el poema que originalmente se tituló Los cantos de los niños, y que

empieza «Yo escucho los cantos…», para terminar:

Seguía su cuento

la fuente serena:

borrada la historia,

contaba la pena.

Pero esto es sólo el arranque de un camino que Antonio Machado volverá a tomar

después: ahora hace un intento más directo y frontal de liberarse del laberinto

del subjetivismo, del Yo, queriendo salir en busca de «lo Otro» —las cosas,

el mundo, los otros y acaso Dios. Y al llegar aquí, se empieza a observar en

Antonio Machado una curiosa conexión simbólica entre las etapas de su vida

anímica y literaria, y los episodios y anécdotas de su biografía, incluso cuando

no dependían de su voluntad. Así, en 1907, recién publicado Soledades. Galerías.

Otros poemas, el poeta es destinado a Soria para ser profesor de francés

del Instituto —aunque todavía no tenía título universitario. El paisaje de Castilla

—por lo demás, emblema común para todo el grupo literario que pronto se

llamaría «generación de 1898»— le sirve como lección de realidad, de objetividad,

frente a ese subjetivismo romántico de que se había mostrado desengañado

casi desde el principio. El siguiente libro de Antonio Machado se titulará, precisamente,

Campos de Castilla (1912): en él, el paisaje le servirá no sólo como

aprendizaje de objetividad, sino también como punto de partida para reflexionar

sobre la situación de España. Pero también aparece algo más íntimo y profundo:

en la búsqueda de «lo Otro» y de «los otros», nada podía ser tan importante como

el encuentro y unión del «Uno» con «la Otra», con la mujer. Más adelante,

en uno de sus aforismos en forma de canción popular, uno de sus filósofos apócrifos

dirá esta especie de piropo metafísico:

La mujer

es el anverso del Ser.

En efecto, Antonio Machado, serio profesor de treinta y cuatro años, se casa

con una sencilla muchachita de quince años, Leonor, a la vez realidad y símbolo

de su vida y en su reflexión.

Esa reflexión, la marcha de su pensamiento, se va haciendo mientras tanto

cada vez más profunda —y, en su sentido peculiar, más filosófica—, especialmente

en los aforismos en verso que empiezan a aparecer bajo el título Proverbios

y cantares, ya en la primera edición de Campos de Castilla, y que el poeta

no dejará de cultivar toda su vida. Por ejemplo, su lucha con el subjetivismo

queda condensada en esta simple copla:

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

Aquí, en este pequeño género lírico se verá crecer más la ironía que también habrá

en su obra en prosa: una ironía que es parte esencial de su modo de pensar.

En el camino reflexivo de Antonio Machado, fue importante que, en el curso

académico 1910-1911, estuviera en París con una beca para ampliar estudios de

francés y decidiera seguir el curso de Bergson en el College de France. El pensamiento

de este filósofo le ayudó a desarrollar la idea de la temporalidad de la

lírica que ya había esbozado en el mencionado poema Los cantos de los niños.

La lírica, arte del tiempo —dirá luego Antonio Machado—, trata de hacer perenne

una experiencia temporal, individual, irrepetible, sólo conservada en el

recuerdo. Unos quince años después, Antonio Machado, por boca de su ficticio

personaje Juan de Mairena, contrapondría este sentido temporalista de la poesía

al sentido conceptual —o conceptista—, más abstracto y lógico, un tanto neooarroco,

que aparece, más o menos, en la generación de 1927.

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