Caminos

Caminos (Campos de Castilla)
De la ciudad moruna

tras las ventanas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como un alfanje roto

y disperso, reluce y espejea

Lejos, los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos…

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!
COMENTARIO

IDEA PRINCIPAL

El poema es la visión que Machado tiene de Baeza, una vez muerta su mujer, a la que añora, con su pena y melancolía. Él ve todo muy triste, sin sentido, aunque en otro momento, en otro estado de ánimo, viera exactamente lo mismo y lo considerara maravilloso.

IDEAS SECUNDARIAS

Machado observa el paisaje desde su casa (“tras las ventanas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa a solas con mi sombra y con mi pena”), lo que explica más su estado anímico. Está triste, deprimido, pues a perdido a su mujer, con la que había sido realmente feliz.

Además, es un momento del día propicio para una posible depresión, la caída de la noche. A través del poema, se nota el paso del tiempo, de la noche que cae, pues empieza diciendo “yo contemplo la tarde silenciosa” y termina con “La luna está subiendo”.

A lo largo del poema, sobre todo en la descripción del paisaje, se ve un continuo contraste entre características positivas y negativas del mismo. Así en El río va corriendo, entre sombrías huertas y grises olivares, por los alegres campos de Baeza”, hay un gran contraste entre las sombrías huertas y los grises olivares con los alegres campos. Otro ejemplo es “Guadalquivir, como un alfanje roto y disperso, reluce y espejea”, en donde lo feo del alfanje roto y disperso contrasta con lo bello del relucir y espejear de las aguas del río.

El último verso del poema, con en ese desgarrador grito, muestra clarísimamente cómo se siente el autor: el quiere pasear con su esposa por los caminos de los campos, pero ella ya no está con él: “Caminos de los campos… ¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”.

MÉTRICA Y FIGURAS LITERARIAS

El poema tiene la misma estructura que el anterior, es decir, el esquema es, en principio, de la silva (versos en decasílabos y heptasílabos), pero en este poema la rima es asonante en los versos pares y no existe en los impares.

Hay una bonita prosopopeya o personificación cuando dice: “Lejos, los montes duermen envueltos en la niebla, niebla de otoño, maternal; descansan las rudas moles de su ser de piedra”. En realidad hay dos personificaciones, la que atribuye a los montes la capacidad de dormir, y la que dice que las rudas moles de los mismos descansan.

Hay un símil que compara el Guadalquivir con un alfanje roto: “Guadalquivir, como un alfanje roto y disperso, reluce y espejea”.

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