Category Archives: Poesía

Arco iris

A veces
por supuesto
usted sonríe
y no importa lo linda
o lo fea
lo vieja
o lo joven
lo mucho
o lo poco
que usted realmente
sea

sonríe
cual si fuese
una revelación
y su sonrisa anula
todas las anteriores
caducan al instante
sus rostros como máscaras
sus ojos duros
frágiles
como espejos en óvalo
su boca de morder
su mentón de capricho
sus pómulos fragantes
sus párpados
su miedo

sonríe
y usted nace
asume el mundo
mira
sin mirar
indefensa
desnuda
transparente

y a lo mejor
si la sonrisa viene
de muy
de muy adentro
usted puede llorar
sencillamente
sin desgarrarse
sin desesperarse
sin convocar la muerte
ni sentirse vacía

llorar
sólo llorar entonces su sonrisa
si todavía existe
se vuelve un arco iris.

Icono Mario Benedetti Mario Benedetti

Tu risa

Quítame el pan si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí
todas las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría. 

  Pablo Neruda, 1952

Artritis metafísica

Siempre alguna mujer me llevó de la nariz
(para no hacer mención de otros apéndices)

Anillado
como un mono doméstico,
salté de cama en cama.

¡Cuánta zalema alegre,
qué equilibrios tan altos y difíciles,
qué acrobacias tan ágiles,
qué risa!

Aunque era un espectáculo hilarante,
hubo quien se dolió de mis piruetas,
lo cual no es nada extraño:
en semejante trance
yo mismo
me rompí el alma en más de una ocasión.

Es una pena que esos golpes
que, entregados al júbilo del vuelo,
entonces casi no sentimos,
algunas tardes ahora,
en el otoño,
cuando amenaza lluvia
y viene el frío,
nos vuelvan a doler tanto en el alma;
renovado dolor que no permite
reconciliar el sueño interrumpido.

En esas condiciones no hay alivio posible:
ni el bálsamo falaz de la nostalgia,
ni el más firme consuelo del olvido. 

 Ángel González

No duele

Podría admitir en voz baja
mi pánico frente al fallo.
Que la variable no exacta
sea también la que llegue
a desequilibrar el sistema.

Y entonces…
entonces estoy yo.
Quieta y asustada en una esquina,
como siempre.
Con diez años todavía,
el pecho hinchado,
los ojos rojos,
poniendo cara de fuerte:
“No duele, Ama.
No duele”.
Y al final casi me creo
que deja de doler.

 Ane Santiago, 2016

Hiberno

Siempre que dormíamos era invierno,                    
     y en el frío me enseñabas a volar                     
y yo te echaba de menos.                    
Entonces despertaba.                    
Y te echaba                    
de menos.                    

La primavera no quiere
que los amores de invierno terminen,

                                  pero el verano ha llegado

                                  y ha arrasado con todo.

Ahora tú solo sabes hablar del sol,
te haces un moño despeinado mientras bostezas,
te pintas las uñas de los pies,
te ríes mucho más que antes,
y, mientras,
me dejas de querer.

Ahora yo me vuelvo a refugiar en los poemas
y escribo sobre febrero,
echo de menos la lluvia
y el sabor de tu jersey,

                                                        y, mientras,

                                   te quiero más que ayer.

 Elvira Sastre, 2014

Para alguien desde París

Todo aquello que eres,
y todo aquello que no,
vas a encontrarlo.

Donde sea que busques
o esperes
que te hallen,
no ceses.

Y ve y sángralo todo
cuando quiera sangrar,
y empieza a mirar
cuando todos se vuelvan ciegos.
Y déjalo salir,
deja que te ahogue.
Y deja que tu ser
encuentre a tu ser
en su esencia.

Desángrate,
mi amor.
Consúmete
hasta que no seas
nada más
que eso.

 Ane Santiago, 2016

Por mucho que lo intentes

No vas a verme mirar
con los mismos ojos
lo que me duele
y lo que me sana,
ni me verás querer
con la misma alma
lo que se debe quedar
y lo que se marcha.

Por mucho que lo intentes
no vas a verme gritar
igual de conformismo
que de rabia,
ni me verás callarme
cuando algo sea injusto
o así lo crea.

Por mucho que lo intentes
no soy correcta.
Ni adecuada,
ni ideal,
ni llevo la etiqueta de «sueño».
No soy tranquila,
ni dócil,
no me ciño
ni me tuerzo.
A veces me ahogo
y algo me arde por dentro,
los domingos no me entiendo
y en medio del caos
supongo que el dolor de ser real
siempre será mejor
que el dolor de ser perfecta.

 Ane Santiago, 2016

Apoyas la mano

Apoyas la mano
en un árbol. Las hormigas
tropiezan con ella y de detienen,
dan la vuelta, vacilan.
Es dulce tu mano. La corteza
del abedul también es dulce: dulcísimo.
Una agridulce plata otoñal sube
desde su raíz honda hasta ti misma.
Mojada por la luz sucia y filtrada,
peinada fríamente por la brisa,
te estás quedando así: cada momento
más sola, más pura, más concisa.

 Ángel González, 1956

Así nunca volvió a ser

Como llevaba trenza
la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca volveríamos.

Porque es casi imposible abandonar
aquel olor a tierra de su cabello sucio,
sus ásperas rodillas todavía con polvo
y con sangre de la última caída
y, sobre todo,
la nacarada nuca donde se demoraban
unas gotas de luz cuando ya luz no había.

Allí me dejó un día de verano
y jamás regresó
a recoger mi insomne pensamiento
que desde entonces vaga por sus brazos
corrigiendo su ruta, terco y contradictorio,
lo mismo que una hormiga que no sabe salir
de la rama de un árbol en el que se ha perdido.

Ángel González, 1971