Category Archives: Poesía

No duele

Podría admitir en voz baja
mi pánico frente al fallo.
Que la variable no exacta
sea también la que llegue
a desequilibrar el sistema.

Y entonces…
entonces estoy yo.
Quieta y asustada en una esquina,
como siempre.
Con diez años todavía,
el pecho hinchado,
los ojos rojos,
poniendo cara de fuerte:
“No duele, Ama.
No duele”.
Y al final casi me creo
que deja de doler.

 Ane Santiago, 2016

Hiberno

Siempre que dormíamos era invierno,                    
     y en el frío me enseñabas a volar                     
y yo te echaba de menos.                    
Entonces despertaba.                    
Y te echaba                    
de menos.                    

La primavera no quiere
que los amores de invierno terminen,

                                  pero el verano ha llegado

                                  y ha arrasado con todo.

Ahora tú solo sabes hablar del sol,
te haces un moño despeinado mientras bostezas,
te pintas las uñas de los pies,
te ríes mucho más que antes,
y, mientras,
me dejas de querer.

Ahora yo me vuelvo a refugiar en los poemas
y escribo sobre febrero,
echo de menos la lluvia
y el sabor de tu jersey,

                                                        y, mientras,

                                   te quiero más que ayer.

 Elvira Sastre, 2014

Para alguien desde París

Todo aquello que eres,
y todo aquello que no,
vas a encontrarlo.

Donde sea que busques
o esperes
que te hallen,
no ceses.

Y ve y sángralo todo
cuando quiera sangrar,
y empieza a mirar
cuando todos se vuelvan ciegos.
Y déjalo salir,
deja que te ahogue.
Y deja que tu ser
encuentre a tu ser
en su esencia.

Desángrate,
mi amor.
Consúmete
hasta que no seas
nada más
que eso.

 Ane Santiago, 2016

Por mucho que lo intentes

No vas a verme mirar
con los mismos ojos
lo que me duele
y lo que me sana,
ni me verás querer
con la misma alma
lo que se debe quedar
y lo que se marcha.

Por mucho que lo intentes
no vas a verme gritar
igual de conformismo
que de rabia,
ni me verás callarme
cuando algo sea injusto
o así lo crea.

Por mucho que lo intentes
no soy correcta.
Ni adecuada,
ni ideal,
ni llevo la etiqueta de «sueño».
No soy tranquila,
ni dócil,
no me ciño
ni me tuerzo.
A veces me ahogo
y algo me arde por dentro,
los domingos no me entiendo
y en medio del caos
supongo que el dolor de ser real
siempre será mejor
que el dolor de ser perfecta.

 Ane Santiago, 2016

Apoyas la mano
en un árbol. Las hormigas
tropiezan con ella y de detienen,
dan la vuelta, vacilan.
Es dulce tu mano. La corteza
del abedul también es dulce: dulcísimo.
Una agridulce plata otoñal sube
desde su raíz honda hasta ti misma.
Mojada por la luz sucia y filtrada,
peinada fríamente por la brisa,
te estás quedando así: cada momento
más sola, más pura, más concisa.

 Ángel González, 1956

Así nunca volvió a ser

Como llevaba trenza
la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca volveríamos.

Porque es casi imposible abandonar
aquel olor a tierra de su cabello sucio,
sus ásperas rodillas todavía con polvo
y con sangre de la última caída
y, sobre todo,
la nacarada nuca donde se demoraban
unas gotas de luz cuando ya luz no había.

Allí me dejó un día de verano
y jamás regresó
a recoger mi insomne pensamiento
que desde entonces vaga por sus brazos
corrigiendo su ruta, terco y contradictorio,
lo mismo que una hormiga que no sabe salir
de la rama de un árbol en el que se ha perdido.

Ángel González, 1971

La pregunta que termina con todo

Me dijiste que debía
olvidar todo lo que me habías hecho
para que esto pudiera funcionar.

Y lo hice, amor, lo hice,
Y olvidé también y sin querer
Tu manera de acariciarme,
Tu facilidad de hacerme reír,
Tu esmero al limpiarme,
El amor al cuidarme,
Y te olvidé a ti entre un daño
Y otro,
Olvidé sin querer.

Esa pregunta que termina
con todo:
¿puedes seguir enamorada de alguien que has dejado de querer?

icono-sastre Elvira Sastre, 2015

Amarrada

No es el frío,
ni la lluvia,
ni el invierno colándose por la ventana,
ni las calles desiertas,
ni el viento barriendo lo que queda de mí
una madrugada cualquiera.

No es esta ciudad descolocada,
ni un grito a destiempo,
no es que la soledad me obligue a extrañarme
y no sepa qué hacer con estas manos vacías,
con esta nube que amenaza mi puerta.

No es que tema estar perdiendo mi horizonte,
reducirme en otro cuerpo
incapaz de ser mi océano,
desconocerte por momentos
y reconocerme en ellos.

Es, simplemente,
el espejo,
el silencio,
la cama vacía.

La
pregunta
que
solo
es
pregunta.

icono-sastre Elvira Sastre, 2015

Los brazos abiertos

Podrías habérmelo dicho antes:
dejando salir mis miedos,
entrabas tú.

Llegas a mis manos vestido de casualidad
y terminas convirtiéndote en un nuevo principio.
Usas mi nombre para ser valiente,
atraviesas lo que parecía imposible
en un segundo,
como quien se cuela en el hueco
que hay entre dos canciones
y se queda a dormir.

Empujas los árboles, regalas camino,
paseas a mi lado con esa pintura en las manos
que respeta las humedades de mi piel.
Rompes a pedradas el invierno 
y liberas un enjambre de abrazos
a la reconstrucción de mis éxitos.

Entras en mi pecho sin dejarte
las uñas en la puerta,
entiendes que no la había y que por eso
hay lugares de los que nunca salimos.
Me sacas del pozo posando tus dedos
de luz sobre muros muertos de frío,
y todo se ha vuelto cielo estrellado
y me has devuelto la capacidad
de soñar con el miedo
de volver a perder a alguien.

Nadie ofrece tanto como quien
nos descubre algo diferente,
y esto es tan cierto como tú:
por cada persona que dice haberte visto,
a seis mil, les encanta la poesía.

Donde hubo fuego,
soplas;
donde quedan accidentes,
acaricias
con la fuerza de quien trata de olvidar a alguien
y lo recuerda para siempre.

Nos atrapas en la cámara frontal
—juraría haber visto el futuro—
Qué importa lo que escriba.
Sobre ti
se arrodillan todas mis letras.
Recuerdo tu risa y conjuro un patronus,
encontramos el anillo único
y desaparecemos de ese trozo de mundo que dijo:
«No lo conseguirán».

Yo,
que nunca creí en la buena suerte,
te vuelves amuleto coronando mi pecho.

Te das la vuelta
y miras al suelo
y entiendo tus alas.
Tu amor
es un obstáculo a la tristeza,
es la belleza de persistir en mi pena
antes
de reconquistar
los cielos.

Decidle, si veis su estela,
que me tiene borracho de ganas.
Contadle, si reconocéis sus pasos,
que me enseñó el camino de vuelta,
que su silencio vació mi cuerpo de desamor
para llenarlo de intimidades imperfectas,
que miró con la paciencia del crecimiento
cómo mis heridas dejaban de ser cicatrices
cuando volvía a hincarles el bolígrafo
y
nos
derramamos.

Después de tanto –y tantos-,
has colocado el otoño de tus ojos
justo delante de mi cara
y se me está olvidando eso
de tenerle miedo a la belleza.

Te quedaste donde nadie supo hacerlo:
cuando me descubro,
tumbando de un solo golpe
las paredes de mis laberintos.


que me miras con buenos ojos
—decías— ,
pero incluso para el rey de los ciegos
el atardecer se anaranja.

Yo
que guardo para ti todo lo que aún no he escrito
que miras mi cuerpo pintando la noche
que jamás imaginó Van Gogh,
que te veo dormir, me pellizco
y no despierto,
que mirarte
es soñar
con
los
brazos
abiertos.

 Chris Pueyo, 2017