Raros

Lu Cong

Pintura: My name is Tabitha, Lu Cong, 2010

Soraya era la niña más rara de la clase, en quinto be. Yo me partía por dentro con ella, pues no tenía ningún pudor en mostrarse como ella quería ser: la mejor entre las mejores. Alta, fuerte, con unos brazos que daban miedo de largos, y unos andares… madre mía, qué risa. Nunca acababa ningún ejercicio, esperaba con ansia esos minutos finales de cada clase en los que ya todos habían bajado la guardia. “Venga, Soraya, ¡pasarela!”, gritaba alguien y Soraya se plantaba en mitad del pasillo, tiraba la cabeza hacia atrás y comenzaba a caminar con pasos de gigante hacia la mesa de los profes y a mirar a un lado y a otro, como si de un partido de tenis se tratara, desafiante. Que los niños y niñas ya la teníamos muy vista, ella se levantaba la falda… Que nadie la miraba, ella cantaba bien fuerte. No era nada curricular, nada congénito, nada enfermizo, nada. Ella había nacido para ser Soraya, por encima de nuestras burlas, por encima de los castigos, por encima de lo convencional. Ahora que la recuerdo, me doy cuenta de que la admiraba pero me mantenía lejos: eso de sentarse a su lado era de niñas sufridoras. Y yo no era de esas.

Chicos y chicas raros. Recuerda, tienes alguno en tu vida… Extensión: unas 150 palabras

La otra ciudad

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[Foto: autor ninguneado]

Siempre hay otra ciudad a la que amamos. A la que volvemos casi disimulando, con excusas, pero solo para estar. El aire nos parece otro aire y proclamamos que nos encanta su luz, aunque sea un tópico o simple mentira. Y al estar, nos planteamos si será en verdad ese el lugar donde deberíamos vivir, quedarnos para siempre o para unos años, para no tener que volver ni buscar un motivo tonto para repetir. Pero a la vez nos entra el miedo y desconfiamos: “¿Y si viviendo allí, esa ciudad toma otro aire, nos hace menos curiosos, insensibles, solo figurantes?” Entonces pensamos si no será mejor solo volver. Sí, de verdad, solamente volver una y otra vez y soñar una nueva vida.

Otra ciudad, así, en general. Extensión libre.

Pero a ti…¿qué te pasa con Japón?


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[Foto: Samuele Schirò]

Me bajo del taxi, doy unos cuantos pasos. Todo marcha normal. Somos un grupo de amigos caminado por las calles de Kyoto tras un día de visitas a los sitios más emblemáticos de la ciudad. De pronto, entre risas, nos damos cuenta que nuestro taxista se gira, nos grita desde lejos y nos pide que nos detengamos, o al menos eso creemos, pues no entendemos lo que nos quiere decir. Parece apurado, así que nos miramos unos a otros, revisamos nuestros bolsillos verificando si habremos olvidado algún pasaporte, tarjeta de crédito u otro objeto de valor en el vehículo, pero no logramos identificar qué hemos perdido. Entre miradas cómplices, agradecemos el gesto de querernos devolver algo que aún no percibimos como pérdida o extravío. Por fin, llega a nuestro encuentro. Es un hombre mayor con una sonrisa cálida. Cuando estamos frente a frente nos entrega un paquete de kleenex que olvidamos en el asiento trasero. Sí, unos pañuelos desechables, que, como no eran suyos, el chofer de aquel taxi de Kyoto encontró imperativo regresarlos a su dueño. Sí, Japón es un país fascinante, y este es tan solo uno de los tantos ejemplos que puedo dar de por qué, sin quererlo, el país del sol naciente te recuerda que los valores son universales, y que a pesar de lo increíble que son los grandes avances tecnológicos, estos no son más importantes que aquello que nos pueden enseñar nuestros mayores.

Paulina Feltrin, en forbes.com.mx

Japón en tu cabeza: lo que sabes, lo que buscas, lo que te sugiere. Extensión libre.

Lo que (no) vi

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 [Foto de autor desconocido]

Fue en cinco minutos, quizás menos, en tres. El mes pasado, a mediados. La llamaré Ella, porque no supe su nombre, porque no me recordaba a nadie. Yo soy Luca y llevo seis meses pegado a la ventana de este nuevo apartamento, medicado y en paro, con mucho tiempo por delante. Sobre las ocho es cuando llegaba a su casa, y su salón y mi vida se iluminaban. Últimamente no venía sola: siempre con el mismo chico, rozando las nueve. Aquel día, me acuerdo, ella se movía deprisa por el salón, aparecía y desaparecía, a veces saltaba saltitos de cría. ¿Contenta? ¿Nerviosa? Vi solo las deportivas del chico, un modelo retro de Nike que me llamó la atención. Y luego, mucho tiempo nada. Solo el suelo claro y oscuro que reflejaba las imágenes del televisor y la luz de un pasillo al fondo, o de un cuarto pequeño fuera de mi alcance. De hecho, a ella ya no la vería nunca más. Ni salir, ni entrar. Algo me perdí. Algo que debió pasar y no vi. Quizás un beso y un abrazo, quizás un golpe seco, un disparo. ¿En qué me entretuve? Ahora es a él a quien veo. Llega solo, siempre un poco antes de las diez. No ha traído a nadie al piso hasta hoy, que yo sepa. Yo vi que saltaba, iba y venía, quizás contenta o asustada, y ya no la vi más.

Historias que se inventan al mirar por la ventana, extensión libre.

Gusanos

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de un fotógrafo anónimo

Sí que es verdad que me dio un poco de asco retirar los gusanitos del fondo de la alacena, pero todo es tan normal que visualicé ese mismo espacio reluciente, impoluto, aromatizado, y me olvidé de ello. Para qué contarlo. Pero no me gustó nada encontrarme uno de ellos en el fondo del bolsillo del pantalón limpio. ¡Joder! La habitación está en la otra punta del piso. Como quien ve crecer una peca y no se la mira así me tomé esa sorpresa. Sí que es verdad que recordé durante varias horas aquel cosquilleo blanduzco en mis dedos. Pensé que era el cuero del llavero y no. Eso sí, ahora abro y cierro el armario de la cocina unas cuantas veces al día: nada. Pero una cosa, dime, ¿no es posible no que alguien metiera un gusano idéntico en un sobre de mi buzón? Y que al abrirlo no hubiera nada, solo el vacío y el pobre asqueroso animal muerto, ¿verdad que no? Tío, tranquilo, tío. Anteayer, ¿por qué cayó uno al suelo de la bañera mientras me duchaba? ¿Acaso alguien pretende asustarme? Es verdad que estoy a punto de contárselo a mi hermano, es quien escucha impasible mis conclusiones sobre el mundo. Quedaremos en un bar del barrio, y hablaremos. No empezaré por lo del armario, haré que la conversación fluya, me quejaré de la limpieza y tal… Eso sí, espero que no me pase lo que me está pasando ahora. Ahora mismo, mientras escribo, ha caído uno muy cerca del teclado y se mueve, se retuerce. Tío, tranquilo, tío. Puedo cerrar la boca, apretar los dientes, mantener la respiración, cerrar los ojos. Es igual y ya van tres: tío, tío… están saliéndome por detrás, vienen de atrás, no sé de dónde. Tí…, t…

Relato con gusano (o con más de uno). Extensión libre.

En el tanatorio

 

baas

[BAAS Arquitectura, Tanatorio en León]

Mi abuelo fue un bromista. A nadie le gustaban sus bromas. Era un día muy lluvioso, pero acudimos todos al sepelio, ya que era uno de los requisitos para recibir la parte de la herencia. Durante las palabras del cura, desde el móvil de mi primo suena constantemente “El exorcista”. Yo me río y mi madre me da una colleja. Más tarde, mientras todos observábamos cómo bajaban el féretro, y a causa de la lluvia, a los trabajadores se les escapó de las manos la cuerda mojada que sostenían y el ataúd se soltó y el impacto contra el fondo ocasionó un tremendo ruido. Nos asomamos y pudimos ver que el cuerpo del abuelo había quedado fuera, a la altura de la cintura. Tras unos momentos de terror, empezó a sonar la música de “Psicosis”. En ese momento, un estremecedor trueno rompió el silencio y sobresaltados, los presentes huimos en estampida. Al día siguiente supimos que esta había sido la última voluntad del abuelo.

Patricia García, GS

Redacta un pequeño texto en el que describas una vivencia personal en un tanatorio o en un entierro. Si quieres, como en el modelo, puedes inventar un argumento.

ochocientos euros

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Ilustración: Fumi Koike

Ricardo sospechaba que a su vida le faltaba un ingrediente, el mismo que le impedía llamar hogar al piso por el que pagaba ochocientos euros al mes. Por eso le disgustaba llegar sobrio a esas cuatro paredes o a una hora temprana y sentirse amenazado por aficiones tan contrarias a su persona como la lectura o los programas del corazón. Ricardo se dejaba caer en un sofá y contemplaba las blancas paredes en silencio, sosteniendo lánguido una copa de vino o el cuello de una botella de cerveza. Ricardo estaba convencido de que el mismo dinero que había comprado los muebles de edición limitada podía adquirir la felicidad.

Bill Jiménez, Varón de multiforme ingenio

Redacta un texto de ficción de entre 100 y 125 palabras donde aparezcan las palabras “ochocientos euros”.

Armas de fuego

Polly S.

[de Polly S., en Béhance]

Cuando era pequeño, mi abuelo me dejó una pistola, descargada, claro, que fue utilizada -decía- en la Guerra Civil. Recuerdo que aquel año me dediqué, durante mis vacaciones, a apuntar a todo aquel que frecuentaba la portería donde mis hermanos y yo pasábamos el verano con los abuelos. A más de uno se le paró el corazón al observar a un niño de seis años empuñando un revólver de verdad. La abuela me lo requisó y de aquella pequeña arma jamás volvimos a saber.

Alejandro-José Vázquez, GS

Relato, microrrelato, experiencia o anécdota con armas de fuego.

Mi cuadro favorito

ABS

David Hockney es uno de los mitos vivos de la pintura pop. Británico de nacimiento, se traslada pronto a California, donde enseguida se siente identificado con la luz, la cultura y el paisaje urbano de la región. “A bigger splash” es posiblemente su obra más conocida, y –aunque la sencillez de la composición pudiese hacer creer lo contrario- más valientes en cuanto a la dificultad de plasmar en una composición de tal tamaño un evento de vida tan corta como un zambullido. El propio Hockney lo explicó así: “Me llevó dos semanas pintar un evento que dura dos segundos”.

“A bigger splash” nos traslada a un tranquilo día soleado en California, con un soberbio manejo de la luz que parece hacer recomendable ver la pintura con unas buenas gafas de sol. Hockney nos sitúa al borde de una piscina, en medio de una serena composición conseguida mediante líneas únicamente horizontales y verticales, a excepción de la diagonal formada por el trampolín. El artista ha captado el momento exacto en el que un personaje, al que ya no podemos ver, se ha lanzado al agua, formando un gran splash que rompe momentáneamente la calma casi sagrada de la escena. Casi podemos escuchar el exuberante sonido del chapuzón mientras la suave y fresca brisa marina corre por nuestra espalda.                                                                                                       Texto: G. Fernández

Tu cuadro favorito y por qué siempre lo ha sido. Extensión libre.