Pensamientos

Cuando me entere de la noticia no me lo podía creer. Eran las seis de la mañana de un día especial, venía el obispo. Pero eso no era la noticia principal del pueblo. No. La gente solo hablaba de que a Santiago Nasar lo buscaban para matarlo.    ¡A mi prometido lo buscaban por haber manchado el honor de Ángela Vicario! No podía ser. ¿Qué pasaría con todos los planes para la boda? Estaba ya tan cerca. La próxima Navidad me casaba. Y… ¿Qué pasaría ahora? ¿Casarían a Santiago con esa pendeja? ¿Y a mí qué? ¿Me quedaría sin marido, antes de haberlo poseído?

Yo ya me veía como una mujer casada. Quizás mi marido no me querría, viendo como es seguro que no. Pero…que más daba eso, si que tendría una casa y una vida propia, sin las exigencias y normas de mi padre. Y ese tonto lo ha fastidiado todo. ¡Maldito mujeriego! ¡Ha arruinado mi suerte! ¿Qué será ahora de mí? Nadie en este pueblo querrá casarse conmigo. Es más, ¿Quien me iba a querer después de esto? Qué sensación de abandono más dolorosa. ¿Qué tendrá esa pendeja que no tenga yo? No puede ser…Esto no me puede estar sucediendo. Tengo todas las cartas en mis manos. No me lo puedo creer, se pasó años enviándome cartas de amor. Igual no eran exageradamente románticas, pero tampoco tuvimos la ocasión de enamorarnos. Y ahora me lo han arrebatado. No puedo parar de llorar… ¡No!

¡No quiero llorar por él! Pero la rabia me puede. Rabia por no poder hacer nada. Me acaban de fastidiar todos mis planes, mi vida y solo puedo quedarme llorando como una tonta. ¡Pues no! Esto va a cambiar. No pienso quedarme en este pueblo para ser la desdichada… Yo tengo que huir de aquí. No podré soportar las miradas juiciosas y los comentarios malintencionados durante toda mi vida.

Raquel García Giménez (EV)

La casa de la colina

Yo estaba esa noche en el club social, jugando una partida al dominó, cuando entro Bayardo San Román y se sentó en la misma mesa, también a jugar. Entonces me dijo que quería comprar mi casa, yo le dije que mi casa no estaba en venta, el insistió, le dije que en esa casa estaban todos mis recuerdos, todo lo que en ella había lo compró mi esposa, y eso mantenía vivo su recuerdo.

Al cabo de unos días, volvió por el club, me ofreció mucho dinero pero yo lo rechace, el me halaba de dinero, y mi motivo eran los sentimientos, pero era mucho lo que me ofrecía, nadie en su sano juicio se hubiera negado y de la misma rabia, no pude contener las lagrimas. Salio del club y a los cinco minutos regresó, con las alforjas cargadas de plata, las puso sobre la mesa, eran diez gavillas de billetes de mil, estaba todo dicho lo acepte, con una enorme pena interior.

 Joana Saez Lopez (BE)

¿Quién cerró esa maldita puerta?

(En el momento antes de que los hermanos Vicario mataran a Santiago Nasar)

¿Qué les ocurre? ¿Por qué vienen hacia a mí de esta manera?. Debo controlarme y no perder los nervios. Debemos hablar los tres y aclarar de qué se me acusa. Deben estar hartos de vino, después de la borrachera que nos pegamos ayer no deben estar en sano juicio. Se acercan demasiado. Parece que no tienen ganas de hablar. Debo entrar en casa y desde allí intentaré apaciguarlos y hablaremos. ¿Quién cerró esta maldita puerta?. No abre. OH.. AH¡ qué dolor, me acuchillado, no puedo, me duele, me duele, muero…

Oscar Gonzalez Juarez (PE)

Y no podías tú faltar

Te fuiste de nuestro lado
y nadie te quiso avisar
que la muerte te esperaba
y no podias tú faltar.
Si a tu lado hubiese estado
o pudiese el tiempo parar
y detenerlo a mi antojo
para buscar por cielo y mar.
Tan mezquino es el destino
y nadie te quiso avisar
que la muerte te esperaba
y no podias tú faltar.

Vanesa Cervera Molina (VV)

Soy la madre de Santiago

Dicen que esos dos infelices han matado a mi hijo para “lavar la honra de su hermana” Creo que para lavar la honra de su hermana (que tampoco sabían seguro si había sido Santiago) habría bastado con darle una buena paliza, no cometer un asesinato. Por mucho que digan “que lo volverían hacer” lo llevaran consigo el resto de sus días. Eso es lo que mas deseo, que se vuelvan locos de arrepentimiento por quitar la vida a una persona inocente. ¡Porque Santiago era inocente!!

¡A pesar de ser ellos los asesinos yo me siento tan culpable como ellos… ¿De que me han servido mis dotes adivinatorias? Tenia que haber presentido la tragedia que se avecinaba.

¡No pude salvar a mi hijo! Sino todo lo contrario, le cerré la puerta por la que si hubiese salvado. Esta es la cruz que tendré que llevar hasta mi muerte.

M. Àngels Cama Torra (BCN)

El fajo de billetes

Vi el fajo de billetes
no me pude detener
vendí la casa que guardaba
los secretos de mi mujer

A veces me pregunto
si aquella mano que apretó
los diez billetes juntos
era realmente yo

Si las paredes hablásen
me tildarían de postizo
más culpable fué Bayardo
por la ofrenda que me hizo

Ya no tengo perdón
he sido avaricioso
perdí toda la razón
y ahora bajo el rostro

Voy muriendo lentamente
me consumo poco a poco
será seguramente
por aquel acto de loco.

Javier Novella Moreno (BCN)

Nadie supo por mí a quién me había entregado por primera vez

Nadie supo por mí a quién me había entregado por primera vez. Me dolió mucho que me impusieran un novio al que ni siquiera conocía, sin preguntarme si me parecía bien o mal, aunque con los años terminé enamorada hasta lo más profundo de mi ser, siendo correspondida cuando ya nos había pasado gran parte de la vida. Pero por aquella imposición pagué muy caro, fuí devuelta a casa sin contemplación alguna, teniendo que aguantar con el peso de todo lo que pasó durante toda la vida.

Maria Jesus Rodriguez Claraco (SO)

Soy Cristóbal Bedoya

Soy Cristóbal Bedoya, amigo de la infancia de Santiago Nasar y tristemente protagonista, a mi pesar, junto con todo el pueblo, de la gran tragedia que ha supuesto el asesinato de mi querido amigo Santiago.

Ha sido vilmente asesinado por los hermanos Vicario en nombre del honor mancillado de su hermana Angela.

No sé si fué cierto o no el asunto del honor pero sí puedo decir que él no tenía ningún secreto para sus amigos, y que todo el tiempo que duró la ceremonia, la fiesta y demás parrandas, él seguia siendo el mismo, sin atisbos de mala conciencia.

Cantamos y bebimos todos juntos, incluídos los Vicario, en casa de Mª Alejandrina; después yo y otros dos amigos fuimos a tirar cohetes a la finca de los novios, sin sospechar lo que se cocía dentro.

Más tarde dejé a Santiago en su casa, pero por el camino ya me dí cuenta que la gente nos miraba de forma extraña.

Cuando Yamil Shaium me explicó que los Vicario lo iban a matar, salí corriendo horrorizado hacia su casa pero no estaba, sólo su madre dormía en la habitación contigua; cogí un revolver que sabía estaba guardado en la mesita de noche y salí apresurado.

Me encontré con Pedro Vicario y me dijo que iban a matar a Santiago, pero en ese momento me fué imposible usar el revolver, sinceramente creo que no nací para quitar la vida a nadie ni siquiera a un asesino.

Pero siempre me quedará la amargura de pensar que podría haber sido más contundente, no entretenerme con el padre de Próspera Arango, correr, correr tan aprisa como si de mi vida propia se tratara, remover cielo y tierra, buscar ayuda para poder encontrar a Santiago o entre todos arremeter contra los hermanos vengativos del desdichado honor.

Quizás así mi amigo no habría muerto y aún estaría entre nosotros.

Marta Escosa Gomez (BCN)

Loca, loca, loca me siento, loca, señor.

Que regalo, señor me otorgaste
cuando aun en flor me sentía
mi vientre, se llenaba
de la mejor, de la mejores alegrias
una vida albergaba en mis entrañas
que alegría e ilusión, cuando
por fin pude tenerte
trozo de mi corazón
mi vida, toda mi dedicación para ti
para cuidarte,para quererte,para adorarte
hasta que ese día, maldito,
sin presentarse irrumpió
y por cosas del destino
a mi hijo me quitó
y me dejo sin aliento
sin esperanza, ni razón
que sentimiento tan malo
hasta mi fe me arranco
yo, que por tus ojos veía
y con mirarte existía
ya no veo ,ya no pienso ya no vivo
sentido de mi vida, alegre mi caminar
que ilusión conocerte, y poderte disfrutar
te quiero, te quiero y sin ti no soy nada
dios envidioso,¿para ti lo deseabas?
te lo llevaste contigo
a tu lado¿que quieres?ya lo tienes
si, a mi me has condenado
y contigo te has llevado
lo que yo mas apreciaba
mi tesoro mas preciado
por quien mis ojos miraban
no podía, yo imaginar,
tan doloroso sentir
que el alma, se me moria
i se me muere por ti
cuando comienzo a pensar…
loca ,loca,loca me siento, loca señor
no!,no me hables, no quiero tu consuelo
no!,no me digas que me calme,
dime, que lo veré en el cielo
toda mi vida para quererte, mi niño
toda mi vida para llorarte, hijo mio
toda mi alma para amarte, mi cielo
y toda mi pena para recordarte,te quiero.

Maria del Pilar López Fernández (VV)

Anémonas moradas

Yo vivía bien en el pueblo hasta que llegó Bayardo San Román.

Tenía una quinta -la más bonita del pueblo a decir de algunos vecinos- situada en una colina barrida por los vientos, desde la terraza se veía el paraiso sin límite de las ciénagas cubiertas de anémonas moradas, y en los días claros de verano se alcanzaba a ver el horizonte nítido del Caribe.

Junto a mi esposa Yolanda, y a lo largo de toda una vida llena de sacrificios, habíamos construido la casa, llenado de objetos, durante treinta años fuimos felices disfrutando de ella.

Mi esposa ya no estaba, murió, pero entraba en mi casa y sentía como si ella todavía estuviera conmigo, entre los objetos, por las habitaciones. Eso me calmaba la tristeza por su pérdida y hacía que la vida no me fuera difícil.

Hasta que ha llegado Bayardo San Román y se ha encaprichado de mi casa. Le dije de buenas maneras que no, que no se la vendía, le expliqué las razones, hasta que parece que le convencí, pero no. Ha vuelto. Una y otra vez. Me ha ofrecido más dinero del que nunca yo podría tener. Hasta que ha llegado el momento que la avaricia ha podido conmigo, y he puesto precio a lo que no debía de haber vendido.

Me he quedado sin casa. Sin el consuelo del recuerdo de mi esposa. Sin nada, ni tan solo la dignidad, también la he perdido al venderle la casa. Solo me queda la rabia que me consume, y el arrepentimiento por un momento de debilidad.

 Catalina Fernández Martínez (BA)