¡Aquí mando yo!

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La sociedad actual se pregunta adónde ha ido a parar aquella autoridad que hace algunos años nadie se atrevía a negar a padres y a profesores. Nadie cuestionaba años atrás ese estatus perpetuo, ese privilegio social indiscutible. Unos en casa y otros en el aula controlaban la situación, un simple “¡Aquí mando yo!” bastaba como argumento, pero ya no ocurre lo mismo en la actualidad y a menudo es difícil saber quién manda realmente en casa o en clase. Parece ser, por lo tanto, que la autoridad de padres y profesores, tal como la veníamos entendiendo hasta hace relativamente poco, está en crisis. Y parece ser también que hay una preocupación general por ver de qué modo se puede recuperar.

En este artículo el profesor José Antonio Marina reflexiona sobre este tema y señala algunos caminos para avanzar en la recuperación de la autoridad.

Es vuestra tarea, después de leerlo, redactar un  texto argumentativo en el que deberéis presentar y defender con argumentos razonados una determinada estrategia para que padres y profesores recuperen su autoridad. O sea, en tu opinión qué habría que hacer, cambiar, prohibir… para que fuera posible la recuperación de aquella autoridad perdida. Valoraré muy especialmente:

a) que la estructura del texto sea la adecuada
b) que empleéis distintos tipos de argumentos
c) que las ideas estén bien ordenadas, estructuradas y relacionadas entre sí
d) que el léxico, la sintaxis y las formas verbales sean apropiadas

Aquí tenéis un esquema que os servirá de ayuda.

Os recomiendo que echéis un vistazo a este vídeo. Es el principio de la película Masala (2006), dirigida por Salvador Calvo. Ved también la segunda parte (podréis enlazar con ella al acabar la primera).

El último abrazo

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Aquí tenéis un esquema sobre las propiedades textuales. Y para trabajar el tema de la cohesión, un ejercicio: marcad en este texto los procedimientos gramaticales de referencia (deixis, anáforas, catáforas y elipsis) que encontréis e indicad a qué elemento se refieren:

Un último abrazo

Fuimos a dar una vuelta. Adela necesitaba hablar conmigo, me lo había pedido una y otra vez y ya no podía darle más largas. Aquella tarde no tenía mucho trabajo del instituto y pensé que era la ocasión ideal para dejar las cosas claras. Ella se sentía mal por todo lo ocurrido, yo le había insistido que lo olvidara pero no parecía superarlo. Estuvimos varias horas juntos, concediéndonos entre los breves diálogos largos momentos de silencio, que a mí se me hicieron eternos. Me rogó un último abrazo y al despedirnos no pude evitar decírselo, la había querido mucho, pero no podía perdonarla. Ya había oscurecido cuando me fui calle abajo, bajo los balcones porque había empezado a llover, y ella se quedó allí, inmóvil, llorando. No me giré y eso debió de dolerle. Pero no había en mí despecho, ni odio. Lo hice porque no quería que ella viera que yo también lloraba.