Un té… sobre un árbol

Aventures, Humor, Lindgren, Astrid No hi ha comentaris

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Pippi preparó el té rápidamente. Precisamente el día anterior había hecho unos bollos. En pie junto al tronco del roble. Empezó a lanzar tazas a Tommy y Annika. De vez en cuando era el tronco del roble el que las recibía, y las tazas se hacían añicos; pero Pippi iba corriendo a buscar otras. Luego le llegó el turno a los bollos; durante un buen rato, una verdadera nube de bollos flotó en el aire.

Pero los bollos tenían la ventaja de que no se rompían. Al fin subió Pippi al árbol con la tetera en la mano. Llevaba la leche en una botella, y la botella en el bolsillo; el azúcar, en una cajita.

Annika y Tommy convinieron en que jamás habían tomado un té tan rico. No lo tomaban todos los días, sino sólo cuando tenían invitados. Al fin y al cabo, también ahora había invitados, aunque fuesen ellos mismos. A Annika le cayó un poco de té en la falda. Al principio notó algo caliente y húmedo; después, una humedad fría. Pero dijo que la cosa no tenía importancia.

 

LINDGREN, Astrid (2010): Pippi Calzaslargas, Barcelona, Ed. Juventud, Il. Richard Kennedy, p. 58-59.

 

 

Bunyols i llet amb galetes

Diéguez, Miguel Ángel, General, Gènere, Novel·la realista, Viatge iniciàtic No hi ha comentaris

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Como casi siempre, nos detuvimos en la pastelería de la esquina y nos compramos un bollo. A Carlos nunca le bastaba un simple bollo, compraba dos y, cuando disponía de dinero y tiempo, prefería entrar en un burguer para comerse una gran hamburguesa y patatas fritas. Decía que mantener en forma su vigoroso cuerpo exigía esos “sacrificios”. Lo de vigoroso, a juzgar por cómo se había comportado aquella tarde, era desde luego una broma”. (pág. 27).

 

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Me dirigí al cuarto de baño. Después, me encaminé a la cocina y me preparé un vaso de leche caliente. Estaba mojando unas galletas en la leche cuando entró mi madre en la cocina. Las madres tienen sin duda un sentido especial para conocer el estado de ánimo de sus hijos, y tampoco creo que en mi caso fuera necesario poseer la sensibilidad de una madre, ya que debía llevar escrita en mi cara la preocupación.

-¿Te ocurre algo, Juanito? –mi madre era la única persona que aún me llamaba con el diminutivo. Para ella, yo continuaba siendo un niño, su pequeño hijo al que, imagino, consideraba que no prestaba últimamente la atención adecuada como consecuencia de las especiales circunstancias que vivía la familia.

 

DIÉGUEZ, Miguel Ángel (1999): El portal chino, Barcelona, Alba, 1999. (Alba Joven, 27), pág. 65.

 

 

Una tassa de xocolata amb Diderot

Autors Literatura Juvenil, General, Savater, Fernando, Viatge iniciàtic No hi ha comentaris

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Su protector era un hombre cuarentón, bastante corpulento y de simpática sonrisa. Vestía de modo algo desastrado y su raída levita estaba decorada con lamparones y manchas de tinta. Se había quitado la peluca, que tenía depositada a su lado, y se rascaba frecuentemente la cabeza en la que le quedaba poco pelo, mientras intentaba concentrarse en la partida de ajedrez que estaba jugando.

Diderot

Diderot

 

-Sentaros por aquí, muchachos. ¿Os gusta el chocolate? A mí me encanta. ¡A ver, Gaston, trae tres tazas de chocolate y unos bollos para estos jóvenes! Tendréis que esperar un poco hasta que acabe esta partida.

Savater, Fernando: El gran laberinto, Ariel, Barcelona, 2005, p. 89.

 

 

 

 

 

 

 

Miguel de Cervantes al seu cautiveri d`Argel

Ballester, Blanca, Cervantes, Miguel, General, Novel·la històrica, Novel·la realista, Viatge iniciàtic No hi ha comentaris

Pues bien, el hecho ocurrió así: estando los cautivos inmersos en ese insondable mar que constituye el aburrimiento, llegó el morisco que todos los días les traía el miserable rancho. Se trataba de un pequeño cuenco de madera que contenía una insuficiente ración de un guiso francamente nauseabundo, de ésos que hacen pensar que están envenenados. Sobre su superficie grasa flotaban tropezones de una dudosa carne que seguramente era de perro o de rata, y algunos raquíticos tallos verdes que eran las fuentes de vitaminas que tenían. Esta escasa alimentación era la causa de tal debilidad en los soldados, acostumbrados a la buena comida española, y cuyo mayor martirio era el pensar que las magníficas viandas que en el barco se llevaban serían manjar para infieles. Cada uno de los presos cogió un cacito. Dos de los compañeros, un antiguo zapatero y un pescador gallego, musitaron ciertas quejas que no llegaron a entenderse. Al ver el terrible aspecto de aquel almuerzo, el introvertido Rodrigo habló, diciéndole a su hermano:

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes

 

-¿Recuerdas, Miguel, la comida que madre nos hacía, y lo caprichosa que era Andrea para comer, y los bollos que vendía Francisco, el panadero, en la plaza? Desde luego, como en Valladolid no se vive en ningún lado…

Íñigo interrumpió rápidamente su monótono comer y miró intrigado a los dos hermanos, que le devolvieron una mirada no menos interrogante, pero sí más molesta. En su cerebro se había dibujado la silueta redonda y dorada del bollo típico, el que vendía Francisco en la plaza, y su olor a calor, a horno y a trigo, y su sabor dulce, que transportó durante años al paraíso del azúcar a los niños de Valladolid. Así que se le ocurrió hacer alusión al sabor que tomaba si se le mojaba en vino, y lo rico que estaba con fruta, y de poco el gallego le tira el cuenco a la cabeza, por tentador. La cara de los dos hermanos presentaba un aspecto entre curioso y sorprendido.

 

Ballester, Blanca: Dos gramos de plomo, León, Everest, 2001. (IV Premio Leer es Vivir), pp. 85-86.

 

El Quijote en la Literatura Juvenil Espanyola

 

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El somni de la Carlota

Adopcions, López, Susana No hi ha comentaris

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Esa noche, Carlota no podía dormir de los nervios y pensó en cómo sería la familia perfecta. Imaginó que la adoptaba…¡una familia de pasteleros!

Si la adoptaba una familia de pasteleros, viviría en una pastelería. Podría pasar el día entre tartas, torteles, bollos y bombones; escribir mensajes de azúcar en las tartas y sorber el merengue de los pasteles de merengue. Tendría palmeras de chocolate para desayunar, comer, merendar y cenar. Sun duda, ¡una familia de pasteleros sería la mejor familia del mundo!

 

LÓPEZ, Susana (2008): La mejor familia del mundo. Madrid. SM. Ilustraciones de Ulises Wensell

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