Dieta para la retinosis pigmentaria

Compromís social, General, Sierra i Fabra,Jordi, Viatge iniciàtic No hi ha comentaris

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Espera a los postres. La cena ha sido como la de cualquier noche, mitad amena mitad callada. Su dieta es espartana, y dura. Eso cuando puede comer y su estómago le acepta los alimentos. Un vaso de agua caliente con el zumo de un limón, fruta fresca del tiempo –dos kiwis, por ejemplo- y un yogur natural sin azúcar con cereales tipo muesli para desayunar; un vaso de zumo de frutas o uno de zumo de remolacha y zanahoria o tomate antes de la comida; ensalada, legumbres dos días a la semana o arroz, también dos o tres días a la semana, con verduras o solo, y como alternativa pollo, pavo o pescado –preferiblemente azul-, con un vaso de leche de soja con achicoria soluble o cereales solubles de postre para la comida; una manzana de merienda; un vaso de zumo de fruta fresca o uno de zumo de zanahoria y remolacha fresca para antes de cenar; y, finalmente, un caldo de verduras o una ensalada de verduras, una tortilla si no ha comido huevo durante el día o pescado al vapor o a la plancha para la cena. A veces piensa que no haría una dieta así ni para perder diez kilos si estuviera gorda. Ahora tiene que hacerla para mantener sus ojos con vida. Y debe ingerir la comida despacio, masticar bien ensalivar bien, visualizar el efecto beneficiosa de la comida en el cuerpo para que el cerebro lo acepte mejor, sin olvidar beber a pequeños sorbos. Hay más, sólo puede tomar un yogur al día, y un huevo máximo al día, y el agua fuera de las comidas, mineral sin gas y baja en sodio, y si come legumbres y arroz nunca carne, ave o pescado en la misma comida… Las delicias de su dieta son el arroz integral cocido, la coliflor cruda, las algas Agar-Agar, Wakame o Kombu, el aceite de oliva virgen crudo… La guinda es la prohibición de tomar chocolate, café, alcohol, bebidas carbónicas, patatas fritas y nada de alimentos industrializados, enlatados con conservantes, colorantes o aromatizantes. Todo debe estar hecho en la cocina para el consumo inmediato.

Todo para ver un poco más, unos pocos días más…

A veces quiere hartarse de chocolate y patatas fritas, sus vicios, para reventar de una vez.

La lista de lo que puede y no puede hacer, lo que puede y no puede comer es tan larga como una novela-río.

 

SIERRA I FABRA, Jordi (2008): Los ojos del alma, Madrid, Pearson Educación, pp. 69-70.

 

 

Dinar de casament

Alacant, Vara, Mariano No hi ha comentaris

Miguel Hernández y Josefina Manresa

Miguel Hernández y Josefina Manresa

 

Recibí el correspondiente permiso y el día nueve de marzo de mil novecientos treinta y siete, a las doce del mediodía, en el Juzgado Civil de Orihuela, teniendo como testigos a mis mejores amigos de la tahona de Carlitos Fenoll, el alcalde del pueblo nos declaró marido y mujer. Fue un día feliz. Después de la ceremonia nos trasladamos a la calle de Arriba, donde mi querida madre, Concheta, preparó para todos los invitados un arroz estupendo, regado con excelente vino. Fue una comida muy animada, en cuya sobremesa cantamos y bailamos en el patio, en el corral, sin que a los animales pareciera importarles demasiado. Me sentía feliz, y seguro que se me notaba a la legua. También lo parecía Josefina, que no cesaba de regalar grandes sonrisas y pequeñas lágrimas que desaparecían en su traje de novia negro.

 

VARA, Mariano (2010): Tren de ida y vuelta, Alzira, Algar, Algar Joven, 44, pág. 146.

 

 

Un dinar a Metròpoli

Adopcions, Ciència ficció, França, Sautereau, François No hi ha comentaris

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Desde luego, esto no se parecía en nada al café de la Clique. Además, los niños se dieron cuenta de que las mismas palabras no significaban las mismas cosas en el País Elevado o en Metrópoli. En Courquetaines, un coche era un carro tirado por uno o varios caballos. Aquí, era un automóvil. Lo mismo ocurría con el restaurante: aquí consistía en una inmensa sala con columnas por todas partes y con grandes ventanales que daban a unas terrazas repletas de jardincillos.

-Esto es maravilloso –dijo Grisón en la cola de espera.

-Sí, todo está nuevo –añadió Prune.

A cada comensal le daban una bandeja en la que había cinco paquetitos envueltos en papel de aluminio. Parecían tabletas de chocolate desprovistos de su primera envoltura, pero más pequeñas y más gruesas. Además de eso, una especie de jarrita de agua con tres botones.

-Cuidado, es frágil –dijo Saura.

Se instalaron en una mesa verde en la que hubieran cabido holgadamente seis.

-Voy a enseñaros cómo se usa esto –dijo la madre-. Es fácil. Le dais al botón rojo de la botella –así llamaba a la jarra, aunque no se parecía en nada a las botellas que había en los Ultramarinos Reunidos- y ¡cuidado!, que el agua empieza a calentarse.

Mientras esperaban, quitaron los envoltorios de aluminio y los tiraron en una papelera. Cuando el agua estuvo caliente, Saura echó el contenido del primer paquete en una de las cavidades de la fuente, que estaba llena de hondos y elevaciones. Era el primer plato. Grisón y Prune hacían lo mismo, procurando no parecer demasiado ignorantes.

-Lo que estáis comiendo es una Tortilla Barnabé.

Era inútil buscar los huevos en aquel plato. Lo mismo ocurría con el pollo en el plato siguiente, aunque se llamaba Pollo al arroz. En realidad, todo era como una pasta parecida a la papilla de los bebés. Lo único que variaba era el color y el sabor.

Arròs amb pollastre

Arròs amb pollastre

Acabaron la comida con un helado que, éste sí, justo es reconocerlo, se parecía a un helado.

 pp. 162-163.

SAUTEREAU, François (2005): Un agujero en la alambrada, Madrid, SM, El Barco de Vapor, 12,

 

Fam a la Xina de Mao

Compromís social, Li, Moying, Novel·la realista, Xina No hi ha comentaris

arros

 

 

Però l`any següent [1959], igualment van morir hectàrees i hectàrees de camps d`arròs i blat, aquest cop destruïts pels insectes, que s`havien multiplicat amb rapidesa perquè els seus predadors naturals, els pardals, no havien tornat.

Allò només va ser el començament. Durant els tres anys següents, la Xina va patir un desastre rere l`altre. A més de la plaga d`insectes, hi va haver una sequera molt forta, seguida d`una gana generalitzada. Milions de persones van morir de fam. A la ciutat, teníem el menjar estrictament racionat. Teníem uns cupons petits per tot: blat, arròs, oli per cuinar i carn. La Lao Lao mirava d`anar sovint a la botiga, però la majoria de vegades les provisions ja s`havien acabat. Jo, que feia primer, dinava a l`escola. Ens va, passar setmanes menjant arròs i melmelada de fruita cada dia. Ben aviat, l`estómac se`m regirava només de veure l`arròs amb melmelada.

-No suporto l`arròs fastigós de l`escola –li vaig dir rondinant a la Lao Lao un dia- puc venir a dinar a casa?

Amb una mirada trista, es va ajupir i em va abraçar:

-Tots ho passem malament –em va dir. No vaig trigar gaire a entendre que era una bestiesa queixar-se.

Com que la majoria d`adults de la família treballaven fora de la ciutat durant la setmana, ara la Lao Lao només cuinava per al Lao Ye, el Di Di i jo. Em vaig començar a fixar que feia el sopar per al Di Di i jo, ens mirava mentre menjàvem i després ens enviava a jugar al pati abans de fer el sopar per a ella i el Lao Ye. Al començament no hi vaig donar gaire importància, però un dia em vaig adonar de la diferència. L`olor que feia el seu menjar era molt estranya. Aprofitant que la Lao Lao estava distreta, vaig aixecar la tapa del wok i vaig veure una aigua grisosa amb unes quantes fulles que hi flotaven. Aquell mateix vespre, el meu germà i jo havíem menjat arròs i col fregida, amb una cullerada de carn i tot. Vaig córrer a compartir el meu descobriment amb el Di Di. L`endemà, vam amenaçar de fer vaga de fam si la Lao Lao no ens donava per menjar el mateix que ells.

-Però esteu en ple creixement i necessiteu aliment –va dir amb un sospir-. Nosaltres ja som molt grans i en podem passar.

No! Aquest cop vam ser el Di Di i jo, els que vam defensar la nostra posició. 

 pp. 30-31.

LI, Moying (2009): Neu de primavera. Créixer a la Xina de Mao, Bambú, Barcelona,

 

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La historia de Ernesto

Barcelona, Company, Mercè, Premi Literari No hi ha comentaris

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Para el almuerzo su madre ha preparado los platos preferidos del chico: arroz con huevo y lomo empanado. ¿Y para beber, naranjada!

A la hora de la tarta, una gran tarta de chocolate, y antes de soplar las cinco velas, el padre descorcha una botella de champán.

-Papá, ¡que haga pum!

Y el tapón de corcho sale con la fuerza de una minúscula bala de cañón, dejando tras de sí un bordado de espuma.

El chico aplaude y ríe:

-¡Yo quiero, yo quiero!

Su madre escancia unas gotas en la copa fina y estrecha y la acerca al niño:

-Sólo un poquito, aún eres pequeño, Ernesto. ¡Y deja la gata en el capazo que tenemos que brindar!

La gata, que ronroneaba feliz en el regazo del niño, protesta débilmente al verse en el cesto.

El padre y la madre, con los ojos brillantes, levantan sus copas. Sonríen, miran al niño y exclaman:

-¡Por el DÍA DE LA LLEGADA!, Ernesto. Hoy hace cinco años que llegaste a casa. ¡Por ti, hijo!

Las copas tintinean, y el chico brinda con tanto ímpetu que casi derrama la de su padre. Los tres ríen y beben.

Luego, Ernesto coge un trozo de tarta y, con la boca llena, pide:

-Venga, mamá, cuéntame ya mi historia.

-Más tarde, hijo, siempre lo hacemos después de comer, ¿no te acuerdas?

Ya es hora del café. El padre y la madre toman asiento en los cómodos sillones del comedor.

Cada año, desde que adoptaron a Ernesto celebran por todo lo alto el aniversario del día en que lo fueron a buscar.

 

 COMPANY, Mercè ( 1986): La historia de Ernesto, Madrid, SM,  (El Barco de Vapor, 10. Primeros lectores),  pp.   23-29

 

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El Congri a Cuba

Baell,Gustavo, Cuba No hi ha comentaris

congri

“Por la puerta de entrada a la casa de Juana se accedía directamente a una pequeña habitación cuadrada donde estaba el comedor y la cocina separados por un fino y pequeño tabique que no llegaba al techo.

Había una mesa redonda cubierta con un mantel de plástico y con sillas de hierro a medio pintar. Un pequeño sofá azul y un gran ventilador para refrescar el fuerte calor llenaba una de las paredes. Bajo la ventana, desde la cual se podía observar la bonita e iluminada plaza de la Catedral tenían una vieja televisión que funcionaba como si fuera su primer día.

Juana y su hija Luret les prepararon un delicioso plato “congri” que era una mezcla de pequeñas alubias negras con arroz, acompañado por una fresca cerveza cubana. Después, le siguió un sabroso filete de carne que lo habían ido a comprar para esa ocasión. Sólo comían Sara y Varinia pues Juana y su familia no podían permitirse comer ese tipo de carne. Su marido se encontraba sin trabajo desde que la URSS dejó de ayudar a Cuba tras el fin de la guerra fría y la caída del muro de Berlín. Sólo vivían del dinero que sacaban vendiendo las figuritas de yeso, y de las comidas que hacían en casa para los turistas.

 

BAELL, Gustavo (2001): La niña colombiana. Buenos Aires: Laertes, pág. 67

 

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Situacions límits: Palabras envenenadas

Barcelona, Compromís social, Continents, Premi Literari No hi ha comentaris

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Bárbara Molina 

Abro la nevera y curioseo los tupperwares donde guardo la comida de días anteriores hasta que se pudre. Tengo prohibido tocarlos. Es una costumbre que me impuse hace años, después de vivir hambrienta. No sirve de mucho pero me da tranquilidad. Me dije nunca más volveré a pasar hambre, como Escarlata O`hara en aquella escena en la que levanta la cabeza y toma un puñado de tierra roja de Tara. Pero yo no fui tan fotogénica ni tan heroica, simplemente me privaba de los restos de comida, los clasificaba en pequeñas raciones y las guardaba como un tesoro. Abro un tupperware con hojas de ensalada y tomate y me los meto en la boca a puñados, a continuación abro otro con un trozo de pollo frío y me lo trago sin masticar. Quiero aplacar la desazón, borrar la angustia, pero en vez de saciarme cada vez tengo más hambre.

Durante estos tres años me había conseguido adiestrar, como a los leones, a fuerza de escamotearme el alimento. Descubrió que era un arma poderosa y jugó con ella. Y lo que no habían podido los golpes lo pudo el hambre. Me tenía en ayunas, sufriendo, hasta que de pronto venía y me dejaba oler una comida apetitosa. Abría la puerta unos instantes y un aroma de pollo asado, insultante de tan deliciosa, se colaba en el sótano y  me daba en la nariz. Tener hambre y no poder comer es morir un poco cada minuto, cada segundo.  

CARRANZA, Maite: Palabras envenenadas. Barcelona. Edebé, 2010, Periscopio, 78, pp. 152-155 

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Web Maite Carranza