Miguel de Cervantes al seu cautiveri d`Argel

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Pues bien, el hecho ocurrió así: estando los cautivos inmersos en ese insondable mar que constituye el aburrimiento, llegó el morisco que todos los días les traía el miserable rancho. Se trataba de un pequeño cuenco de madera que contenía una insuficiente ración de un guiso francamente nauseabundo, de ésos que hacen pensar que están envenenados. Sobre su superficie grasa flotaban tropezones de una dudosa carne que seguramente era de perro o de rata, y algunos raquíticos tallos verdes que eran las fuentes de vitaminas que tenían. Esta escasa alimentación era la causa de tal debilidad en los soldados, acostumbrados a la buena comida española, y cuyo mayor martirio era el pensar que las magníficas viandas que en el barco se llevaban serían manjar para infieles. Cada uno de los presos cogió un cacito. Dos de los compañeros, un antiguo zapatero y un pescador gallego, musitaron ciertas quejas que no llegaron a entenderse. Al ver el terrible aspecto de aquel almuerzo, el introvertido Rodrigo habló, diciéndole a su hermano:

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes

 

-¿Recuerdas, Miguel, la comida que madre nos hacía, y lo caprichosa que era Andrea para comer, y los bollos que vendía Francisco, el panadero, en la plaza? Desde luego, como en Valladolid no se vive en ningún lado…

Íñigo interrumpió rápidamente su monótono comer y miró intrigado a los dos hermanos, que le devolvieron una mirada no menos interrogante, pero sí más molesta. En su cerebro se había dibujado la silueta redonda y dorada del bollo típico, el que vendía Francisco en la plaza, y su olor a calor, a horno y a trigo, y su sabor dulce, que transportó durante años al paraíso del azúcar a los niños de Valladolid. Así que se le ocurrió hacer alusión al sabor que tomaba si se le mojaba en vino, y lo rico que estaba con fruta, y de poco el gallego le tira el cuenco a la cabeza, por tentador. La cara de los dos hermanos presentaba un aspecto entre curioso y sorprendido.

 

Ballester, Blanca: Dos gramos de plomo, León, Everest, 2001. (IV Premio Leer es Vivir), pp. 85-86.

 

El Quijote en la Literatura Juvenil Espanyola

 

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Un esmorzar a “la fonda” al S. XVI

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huevo-frito

 

Al bajar a la sala donde se centraba la vida en esas horas, el estudiante encontró a varios hombres que desayunaban lo que la patrona había preparado para todo aquél que había pagado también una razón de algo caliente. Algunos de los que allí se sentaban eran verdaderos especímenes dignos de estudio individual y personalizado: estaba aquel clérigo recién llegado de las Indias que parecía que comía con la barbilla, tan corta era la distancia que separaba la boca del mentón. Siempre estaba leyendo, siempre rutando las palabras latinas que sus cansados ojos desvelaban, siempre intentando memorizar lo que en el libro ponía. Un poco más lejos se encontraba aquel noble caballero venido a menos que seguía portando capa y espada, mientras que a aquélla se la comían las ratas de su cuartucho y éste se cubría de la herrumbre imperdonable que supone la falta de uso. El estudiante estaba convencido de que, por esta misma razón, su estómago estaría también oxidado. El caballero intentaba ganarse el favor de una de las camareras por medio de piropos y, cuando ella se acercaba, el pícaro aprovechaba y le robaba hábilmente algunos de los trozos de pan que llevaba en la bandeja la pobre incauta. En una mesa del fondo unos cuantos estudiantes como él mascaban unos trozos de pan y, seguidamente, cortaban más trozos para mojarlos en el huevo frito que les había servido. El estudiante decidió no pararse a observar ya que era tarde, tenía que descubrir lo que todavía era extraño para él en la ciudad y además necesitaba urgentemente dinero.

 

 Ballester, Blanca: Dos gramos de plomo, León, Everest, 2001. (IV Premio Leer es Vivir), pp. 10-11.